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Domingo, 9 de julio de 2006

ENTREVISTAS > EL MUNDO SEGúN MARLON BRANDO

Ultimo tango en Tahití

Durante años, la única entrevista sinceramente reveladora que se conocía de Marlon Brando era la realizada a fines de los ’50 por Truman Capote durante la filmación de Sayonara, y por la que el actor, dolido ante la indiscreción del escritor, no habló más con la prensa. Curiosamente, sólo volvió a hacerlo en su isla en Tahití con Lawrence Grobel, autor de Conversaciones íntimas con Truman Capote. La entrevista, la más extensa y profunda que se le haya hecho, apareció primero en la edición aniversario de Playboy 1979, y luego completa en un libro que ahora llega a las librerías argentinas. A continuación, algunos de sus grandes momentos.

Fama: “Lo que cree la gente se lo cree en grado sumo. Por ejemplo, tenemos enemigos predilectos, gente a la que adoramos odiar y a la que odiamos adorar. Si hacen algo bueno, no nos gusta. A mí me ha pasado con Ronald Reagan. Para mí es un anatema. Si él hace algo que es razonable, busco la manera de encontrar algo para interpretarlo de forma que no lo sea, y que de algún modo huele a extremismo patriotero. Lo mismo con quienes nos gustan. Pero son unidades fácilmente sustituibles, que las puedes sacar de un archivo. Johnnie Ray disfrutó de esa clase de fama y popularidad histérica, y luego, de repente, ya no se sabía nada de él. Hoy en día los Beatles no son nadie especial. Antaño tenían multitudes chillonas que les perseguían, temían por sus vidas, les hacían túneles especiales. Ahora pueden caminar casi por cualquier lugar. Porque la fantasía ha desaparecido. Elvis Presley –hinchado, viejo, un cantante adolescente que de repente atrae gente a Las Vegas– no tiene nada que ver con la excelencia, no es más que un mito. A la gente le conviene creer que algo es maravilloso, y por lo tanto, es maravilloso. Kafka y Kierkegaard son espíritus admirables, llegaron a parajes lejanos de la psique, a los que ningún otro escritor se había atrevido a ir antes; para algunas personas, es lo que cuenta; Franz Kafka, no Elvis Presley”.

Marilyn: “No quiero hablar sobre la muerte de Marilyn. No es más que parloteo, chismorreo mierdoso... es destripar un fantasma... la opinión de Marlon Brando sobre la muerte de Marilyn Monroe. Me horroriza. Lo que ella dijo sobre mí y lo que yo pueda decir sobre ella sólo conduce a la nada más absoluta”.

Soldados: “Siempre me he preguntado por qué la gente va a la guerra, por qué se destruyen a sí mismos. La guerra de Corea, la de Vietnam, ¿por qué lo hicieron? Por qué no decir: ‘Dios mío, iré a la cárcel durante cinco años, y valdrá la pena, pero no iré a que me vuelen la cabeza, eso es absurdo, no voy a ir’. Muchos lo hicieron. Aunque la cantidad de los que no fueron no fue tan impresionante como la de los que fueron”.

Mujeres: “Pienso que, en esencia, los hombres tienen miedo de las mujeres. Procede de un sentido de dependencia. Porque a los hombres los crían mujeres, dependen luego de ellas. En todas las sociedades, ellos tienen organizaciones que excluyen a las mujeres. La historia está llena de referencias sobre las mujeres y lo malas, lo peligrosas que son. Por toda la Biblia, hay referencias de desaprobación de las mujeres, incluso el hecho de que a la mujer se la construyó con la costilla de un hombre, como una especie de ocurrencia tardía. Y todos hemos sido culpables, la mayoría de los hombres, por ver a las mujeres a través de prejuicios. Siempre tuve la impresión de que yo no era una persona con prejuicios, pero me encontré, después de revisarlo, que lo fui”.

Indios: “Me gustaría ser capaz de aburrir a la gente con el tema de los indios... Ya que empiezo a creer que es verdad, que a todo el mundo le aburren estos temas. Nadie quiere pensar en temas sociales o en la justicia social. Y esos son los grandes temas a los que nos confrontamos. Ese es uno de los dilemas de mi vida. A la gente le importa un comino. Pregunte a la mayoría de jóvenes sobre lo que pasó en Auschwitz, o sobre la forma en que a los indios se los asesinó como pueblo y territorio, hasta más no poder, no saben nada sobre el tema. Y no quieren saber nada. La mayoría de la gente sólo quiere su cerveza o su culebrón o su canción de cuna”.

Unicef: “Estuve en el estado de Bihar en pleno programa de emergencia de alimentos. Estuve con un tipo llamado Satyajit Ray, un director indio. Caminamos, viendo el punto más bajo de la experiencia humana. Aquellos niños se reunían en derredor nuestro y, oh Dios mío, el horror... Y él caminaba como si lo hiciera a través de campos de trigo, apartando a los niños. Era una obscenidad humana. Me dijo: ‘No hagas caso, ignóralo o te volverás loco. No hay nada que hacer’. Yo quería filmarlo y mostrarlo a la gente de Estados Unidos. Hice una película entera, de unos cuarenta y cinco minutos. Mostraba a niños en las últimas etapas de la vida, de la inanición; sin higiene, suplicando cosas, cubiertos de llagas, sucios de la cabeza a los pies, haciendo cola para conseguir la comida que traía Unicef. Recuerdo a una niñita que no encontraba sitio en el sari para poner la comida sin que le cayera. Allí vi el escalón más bajo de la miseria humana. Pero nunca quisieron estrenar la película.”

Televisión: “Lo que ves en televisión es una proporción exacta de lo que la gente quiere. El instrumento de la televisión y su aplicación alterarán la historia, sin ninguna duda. Tiene muchos peligros. Ahora están experimentando cómo puedes comunicarte inmediatamente con el programa. La gente no tiene tiempo para la reflexión. Si usted me dice algo, mi primera reacción seguramente será emocional, y si yo tuviera la oportunidad de apretar un botón y que eso, de alguna manera, se tradujera en un voto o una opinión que pudiera influenciar a otra gente, podría ser muy destructivo, porque, después de un día o dos, yo podría haber madurado mis pensamientos reflexivamente y encontrarme con que había cometido algunos errores críticos y cambiar, por consiguiente, de opinión”.

Hollywood: “Me enfadaba con los judíos de la industria, porque ellos la fundaron. De los ejecutivos que no eran judíos ya dabas por sentado que explotarían a cualquier raza por un dólar. Siempre se ha visto el filipino taimado, el chino traicionero, el japonés diabólico, el destructor y fiero salvaje, ávido de sangre, el indio joven asesino y la india norteamericana que se enamora del sheriff o del soldado estadounidense. Se ha visto cómo se mancillaba a todas y cada una de las razas, pero nunca se ha visto una imagen despectiva hacia los judíos. Porque siempre se ocuparon de eso, y con razón. Nunca permitieron que se mostrara en pantalla. Pero los judíos han hecho tanto en favor del mundo que, supongo yo, quedas aún más decepcionado porque no han prestado atención al tema”.

Actuar: “Existe una gran preocupación por la interpretación, que para mí no tiene ningún sentido. Todos somos actores, nos pasamos el día entero interpretando. La única diferencia entre un actor profesional y un actor de la vida real es que el profesional conoce un poco mejor el tema –algunos de ellos– y cobran por hacerlo. Aunque, en realidad, la gente también cobra por interpretar. Si tienes una secretaria con un gran atractivo sexual y una buena dosis de encanto y ella lo sabe, ella cobrará por eso, tanto da si dispensa favores sexuales como si no. Un hombre joven atractivo y de buena apariencia, que refleja lo que dice el jefe, que es lo bastante inteligente para saber cómo siente, qué quiere y qué le gusta al jefe, y que sabe cómo buscarse el favor... está actuando. Llega por la mañana y le da un buen rato de conversación, le cuenta los chistes apropiados y hace que el jefe se sienta a gusto. Un día, el jefe dice: ‘Oye, Jim, ¿por qué no vas a Duluth y te haces cargo de nuestra sucursal? Creo que harías un trabajo fantástico’. Y entonces Jim clava el dedo del pie en la alfombra y dice: ‘Oh, Dios, nunca pensé que, J.B... bueno, no sé qué decir... claro, iré. ¿Cuándo?’. Y se sube al avión y hace un pequeño repaso de lo que ha estado intentando durante cuatro años: conseguir que J. B. lo mande a la oficina de Duluth. Bueno, ese tipo actúa para ganarse la vida, canta a cambio de la cena, y le pagan por ello”.

Escenas: “En una película en la que yo actuaba, llamada Nido de ratas, había una escena en un taxi, en la que me confieso con mi hermano, que va a entregarme a los gangsters, y yo me lamento de que nunca me cuidó, que nunca me dio una oportunidad, que yo podría haber sido un aspirante al título, podría haber sido alguien, en vez de un vagabundo... ‘Deberías haberte encargado de mí, Charley.’ Era muy emocionante. Y la gente, a menudo, hablaba sobre ella: ‘Oh, Dios mío, qué escena tan maravillosa, Marlon, bla bla bla bla bla’. No era maravillosa en absoluto. Lo que era maravilloso era la situación. Todo el mundo piensa que podría haber sido un aspirante al título, que podría haber sido alguien, todos piensan como si fueran vagabundos en parte. No vagabundos, pero no están satisfechos y podrían haberlo hecho mejor, podrían haber sido mejores. Todos notan una sensación de pérdida con respecto a algo. Así que eso fue lo que emocionó a la gente. No era la escena en sí. Hay otras escenas en las que encontrarás actores que lo hagan bien, pero desde el momento en que el público no se pueda identificar claramente con ellas, pasarán desapercibidas. Las escenas maravillosas nunca se mencionan, sólo las que afectan a la gente”.

Arte: “De algún modo, hemos sustituido el arte por la artesanía, y la artesanía por el ingenio. No hay artistas. Somos hombres de negocios. Somos comerciantes. No hay arte. Picasso fue el último a quien llamaría artista. Es cierto que si firmaba un cheque por menos de setenta y cinco dólares, valía más la pena vender el cheque por la firma que cobrarlo. Pero pienso que es un chiste muy bueno. Es de una inteligencia enorme. Porque hace un comentario sobre la obscenidad de nuestras normas. El sabía que era una porquería absoluta, una mierda, pero es como una etiqueta de Gucci. No más que una etiqueta: la etiqueta Picasso”.

Capote: “Tardé mucho en darme cuenta que el dinero es la motivación principal de cualquier entrevista. No necesariamente de manera directa, pero sí indirectamente. Somos personas ligadas al dinero y todo lo que hacemos tiene que ver con el dinero. Nuestros proyectos y actividades tienen que ver con el ingreso y el movimiento del dinero. Soy una mercancía aquí sentada. Usted gana dinero, su editor gana dinero, y supongo que yo, de alguna forma, gano dinero. Capote es un escritor demasiado bueno como para escribir charlatanerías sensacionalistas. Aunque él podría desviar o arreglar... todo el mundo editorializa. Es inevitable. Me gustó la crítica de Kenneth Tynan de A sangre fría, que tituló ‘A dinero frío’. Era un buen libro, pero, si Capote podía atraer a trescientas personas a una fiesta, ¿por qué no las convencía de luchar contra la pena de muerte? Porque habría arruinado cinco años de investigación y su libro”.

Vida: “Creo que me hubiera gustado ser un hombre de las cavernas, una persona del Neolítico. Habría estado bien ver cuál era el denominador común de la existencia humana antes de que empezara a juguetear con ella”.

Terrorismo: “Nunca he pensado que el terrorismo pudiera ser eficaz. No puedo imaginar que alguien pueda atrapar a otro, sin importar quién sea, y secuestrarlo, obligarlo a que escriba cartas conmovedoras a su familia, que implore por su vida, torturarlo así durante un mes y luego asesinarlo, y esperar obtener algún tipo de ventaja política de todo eso. No sé cómo funciona eso matemáticamente. ¿Qué se consiguió con eso? En Italia, descendió el voto comunista, y el demócrata-cristiano subió. No puedo imaginar algo menos provechoso”.

Toros: “En una corrida de toros, me gustaría ser el toro pero con mi cerebro. Primero, me enfrento al picador. Y luego persigo al matador. No, camino hacia él hasta que se cague en los pantalones. Después le clavo un cuerno en medio del culo y lo hago desfilar por todo el ruedo”.

Monstruo: “En mi casa he despedido a todo el mundo. Cocino yo y limpio yo. Estaba perdiendo el contacto con el estar vivo, yo pulsaba un botón y decía: ‘Esas uvas no son lo suficientemente grandes, me gustan del tamaño del puño y éstas sólo son grandes como el pulgar’. No hacía nada, sólo sentarme como una ballena varada. Había perdido el contacto con la realidad”.

Estos fragmentos pertenecen a Brando por sí mismo, el libro de Lawrence Grobel que la editorial Robin Book distribuye por estos días en Buenos Aires.

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