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Domingo, 29 de octubre de 2006

CINE > EL DESPERTAR DEL CINE PARAGUAYO

Esperando el milagro

Paraguay pasó treinta años sin producción cinematográfica alguna. Y ahora la directora Paz Encina acaba de romper ese suspenso que amenazaba ser eterno con Hamaca paraguaya, una película hablada en guaraní, protagonizada por un matrimonio que no sabe cuándo volverá el hijo, soldado en la guerra del Chaco. Una espera que, de alguna manera, representa la constante incertidumbre de un país que no puede escapar de la zozobra.

 Por Mariano Kairuz

“Así somos.” Como un karma que se arrastra a lo largo de toda la vida, pero también con la satisfacción de haber sabido expresarlo a través del cine, Paz Encina cuenta que eso es lo que le decía la gente a la salida de las primeras proyecciones de su película en Asunción y en algunas ciudades del interior de Paraguay. El estreno paraguayo –y el argentino, desde el próximo jueves– de Hamaca paraguaya tiene un efecto paradójico: se trata de una película sobre la espera proveniente de un país que no produce cine desde hace más de tres décadas; sobre una espera que, dice su directora, es el centro del “alma paraguaya”. El estreno y su repercusión en la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes (donde este año se llevó el premio Fipresci), vienen a marcar un hito en una cinematografía condenada al suspenso eterno.

Paz y la guerra

Hamaca paraguaya narra, en unos pocos planos fijos, mostrando a sus personajes casi siempre a la distancia de planos generales, los días y los años de Cándida y Ramón, un matrimonio mayor, ante la incertidumbre sobre el destino de su hijo, que partió a la guerra del Chaco (con Bolivia, entre 1932 y 1935). Una disociación, un desfase a veces mínimo entre lo que se ve –imágenes quietas– y lo que se escucha –los diálogos del matrimonio; los ladridos incansables de un perro, las chicharras– profundizan la angustiante sensación de atemporalidad. “No hablan pero es como si estuvieran hablando, porque los diálogos son los que tuvieron todos los días desde que su hijo se marchó”, dice la directora. Los diálogos están en guaraní, aunque Encina no lo habla muy bien: “Pertenezco al 5 por ciento de la población que no habla bien guaraní. Hoy hay gente a la que le da vergüenza decir que lo habla, pero a mí me da vergüenza decir que no lo hablo. Creo que la gente que habla guaraní tiene un plus enorme, se piensa de una manera distinta”.

Y no hay marcas cronológicas en la película. “La gente del campo se sigue vistiendo como lo hacía 70 años atrás; el audio es de 1935, pero la imagen podría suceder ahora. Yo siento que Paraguay es eso: estamos constantemente esperando alguna bonanza que nunca va a llegar. Y por eso elegí la guerra del Chaco: al ganar la guerra subió la autoestima del paraguayo, que venía de la guerra de la Triple Alianza. Pero después sólo vino la dictadura, que duró 35 años”.

El origen de Hamaca (que contó con producción de, entre otros, Lita Stantic y un equipo con varios integrantes argentinos) fue el corto homónimo que Encina filmó durante unas vacaciones en el 2000, de vuelta en su casa, en la época en que estudiaba en la Universidad del Cine porteña. Había viajado a Buenos Aires con el apoyo de sus padres, aunque dice que fue un apoyo receloso, porque se estaba metiendo en algo que no tenía ninguna perspectiva en su país. La última película paraguaya que pudo verse con todas las ventajas de la exhibición comercial, recuerda Encina, fue Cerro Corá, un engendro de 1970 financiado por el gobierno de Stroessner. “Una película sobre la guerra de la Triple Alianza, que es muy mala, pero a la que todos queremos porque es la película de nuestra infancia. Es la última que se filmó en 35 mm, en Paraguay y con un director paraguayo. Actuaban los hijos de los funcionarios y estaba todo mal hecho. Después hubo intentos de largometrajes en video, pero nunca los pueden ampliar a 35 mm y entonces no se pueden estrenar.” Esa infancia bajo la dictadura le enseñó a Encina parte de las angustias de la espera inacabable. “Cuando Rockefeller fue a Paraguay, los estudiantes de Derecho le truncaron los caminos, con lo que casi no pudo llegar a Asunción. Entonces los encerraron a todos, y mi papá, que era profesor de Derecho y pertenecía al Movimiento Popular Colorado, la oposición, se ocupó de sacarlos de la cárcel. Fue entonces que Stroessner empezó a perseguirlo. Con mis hermanos fuimos a un colegio en el que estaban la mayoría de los hijos de los opositores: en esa época a nosotros no nos querían atender ni los pediatras. Uno vivía con una zozobra constante; y parecía que no iba a terminar nunca: Stroessner se fue cuando yo tenía 19 y ya parecía imposible. Pero después se cambió una bota por otra, y vinieron Rodríguez, Wasmosy, Cubas, Oviedo; es interminable. Cada vez que Cándida y Ramón se levantan de la hamaca y se van, entran en una especie de boca de lobo: ésa es mi sensación en Paraguay: que siempre estamos entrando en una boca de lobo.”

Paz y la religión

Encina planea filmar un guión llamado Como era en un principio, sobre dos hermanos, hijos de un represor, que se separan en la infancia y vuelven a encontrarse muchos años después, cuando la dictadura ya terminó. Es una historia sobre el dolor de la niñez y sobre el abandono –dice– pero también sobre la religión. “Paraguay es un pueblo muy católico. Yo soy católica. Pero según mis amigos no soy creyente. ‘A vos todo te turba, todo te espanta’, me dicen. Sí pienso que Ramón y Cándida están en una misa inútil, porque uno en la misa hace todos estos rituales, se arrodilla, se para, etcétera, y no se entrega nunca, está tenso, siempre pendiente de lo que tiene que hacer. Ellos se levantan, ponen la hamaca, se van, y llega un momento en que ella le propone rezar y él le dice no, para qué, ya no hay Dios. Es muy paraguayo, sí, pero también hay algo sobre la tristeza y sobre la muerte, y eso es algo a lo que nadie escapa.”

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Imagen: Pablo Mehanna
 
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