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Domingo, 4 de marzo de 2007

RESCATES > LA REEDICIóN DE UNO DE LOS TRABAJOS MáS IMPORTANTES DE PIAZZOLLA

Romance del diablo

El mejor disco de Piazzolla es Concierto de tango en el Philharmonic Hall de Nueva York. Pero ni fue concierto ni fue en Nueva York: se grabó en un estudio montado en el Colegio Pestalozzi de Belgrano R en 1965. La flamante reedición del álbum por el sello Seminal de Gustavo Santaolalla incluye además, como bonus track, las dos canciones que quedaron como único testimonio de la tempestuosa relación de Piazzolla y Egle Martin, que culminó con el secuestro de la diva en una estancia correntina.

 Por Diego Fischerman

“Una historia de pasiones humanas”, era el título de la revista Gente. La cantante y actriz Egle Martin había anunciado que no participaría de la producción de la “operita” María de Buenos Aires, de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, una obra que, según se decía, había sido inspirada por ella. En ese número, publicado el 19 de abril de 1968, Gente se jactaba de haber enviado un fotógrafo y un cronista a una estancia en Santo Tomé, en Corrientes, donde “estaba secuestrada por su marido” para “averiguar la verdad” y, de paso, “participar de una confesión”. El 20 de junio, la revista se vio obligada a publicar una carta de Martin en la que ella decía estar en el campo por propia voluntad y haber dejado “mi papel en María de Buenos Aires, y con él mi vida artística para siempre, cuando comprendí que esa actividad entraba en colisión con mi vida privada y que podía proyectarse negativamente en mi hogar”.

Ese mismo año, el periodista Alberto Speratti escribía Con Piazzolla, a partir de conversaciones con el músico. Allí, el bandoneonista decía haberse separado de su esposa y dejado su casa “porque una mujer irrumpió en mi vida de una manera tan intensa, tan enloquecida, que me mató”, y, refiriéndose a Egle Martin precisaba: “Pertenece a ese tipo de personas que a mí me fastidian mucho; es una indecisa. Para mí, los indecisos no sirven para nada, porque tienen todas las condiciones para ir adelante y no se animan a hacerlo. Como esta chica, cuando llega el momento, zas, se vuelve atrás. Un poco que le echa la culpa al marido y otro poco que ella misma tiene miedo, lo cierto es que aflojó”. Parecía hablar de la “operita” pero hablaba de otra cosa. “Ella estaba conmigo, ¿no?”, contaba a Gente, que siempre estaba pronta a llenar alguna página con lo que Piazzolla decidiera decir, desde improperios contra músicos de tango hasta teorías acerca de la revolución musical que él encarnaba. “Mucho se rumoreó sobre un romance entre ella y yo, y su marido pareció creerlo. Vino una tarde a casa y se la llevó.” Lo cierto es que en esa historia había un eslabón perdido: la canción que Egle Martin había cantado con Piazzolla para la música de la película Extraña ternura, donde Daniel Tinayre adaptaba un texto de André Gide. Una canción maldita que el sello Polydor, con el que Piazzolla tenía contrato, no quiso editar en su momento y que fue publicada, para sorpresa de Egle Martin, en otro sello y en una versión cantada por Tita Merello, junto al grupo del pianista Carlos Figari. “Graciela oscura” tenía texto del poeta Ulises Petit de Murat —que se hizo famoso como jurado de concursos televisivos— y hablaba, como más tarde lo haría María de Buenos Aires, de una especie de encarnación femenina de la ciudad, en este caso recurriendo al tópico de la prostituta, en ese entonces popular entre algunos escritores.

“Yo soy Graciela oscura”, cantaba “la Negra” Egle Martin. Y continuaba: “Al mundo entré descalza, forzando la puerta falsa, con padres desconocidos. Yo soy un montón de trapos, acunada por los sapos, que croan en los baldíos”. Gente tampoco ahorraba poesía para describir el retiro provinciano de la cantante: “¿Por qué te secuestró tu marido? No me respondiste. Cruzaste la mirada sin decirme nada. Allí estabas vos, Egle Martin, detrás de un largo biombo y una pared donde permanecen varios rifles de tu esposo, Lalo Palacio. Sentada en un largo sillón de cuero (se ve que todo era largo en Corrientes) espiando casi las negras rejas enmarcadas en una pesada puerta que separa la estancia La Sirena, propiedad de Lalo en Santo Tomé, Corrientes, con el exterior. Allí estabas esa media mañana. Quieta, como si el sol en esos 32 grados de calor despidiese humo con tu tostado cuerpo cubierto por un conjunto rojo, de pantalones cortos, rodeando tu cuello curiosamente por un chato collar de bronce y llevando en tu muñeca una pulsera ancha rematada en el cierre por una argolla”. La prosa pertenecía a alguien que más tarde adquiriría fama por otros menesteres, José De Zer.

Pero Piazzolla conoció a Amelita Baltar. La escuchó cantar en una peña llamada Poncho Verde. Los maledicentes dicen que lo impresionaron sus piernas. María de Buenos Aires se estrenó con ella —y más adelante “Chiquilín de Bachín” y “Balada para un loco”— pero “Graciela oscura” quedó inédita hasta un año después. Finalmente se la publicó en un disco doble (algo así como un EP) que incluía también “Las rosas golondrinas” —-una milonga con letra de Homero Expósito—, el tema “Retrato de mí mismo” —-que Piazzolla retituló como “Retrato de Milton” cuando se deslumbró con Milton Nascimento y, con una nueva introducción de piano, “Luna”, en la época del último sexteto— y “Verano porteño”, que mucho antes de que hubiera otras tres estaciones había formado parte de la música de la pieza teatral Melenita de oro, de Alberto Rodríguez Muñoz, y que ya se había publicado antes en otro doble, junto a “Retrato de Alfredo Gobbi”, C’est l’amour” y “Tres Sargentos”.

Reaparición de un concierto perdido

El disco con “Graciela oscura” y “Las rosas golondrinas”, el único testimonio del tempestuoso proyecto conjunto de Egle Martin y Piazzolla, nunca más volvió a estar a la venta. Hasta ahora en que, como bonus track, aparece junto al Concierto de tango en el Philharmonic Hall de Nueva York, un registro imprescindible, también desaparecido durante mucho tiempo del mercado. El álbum, inaugurando la tradición según la cual los discos de Piazzolla raramente anuncian correctamente lo que contienen, no fue grabado ni en un concierto de tango ni en el ilustre Philharmonic Hall sino en el estudio que el sello discográfico montó en el Auditorio del Colegio Pestalozzi. Lo que no influye en el hecho de que se trata de uno de los mejores discos de la carrera de Piazzolla. Las particularidades de este falso concierto de tango son varias, empezando porque es el primer álbum del quinteto de Piazzolla dedicado exclusivamente a temas propios. El grupo, ya con Antonio Agri en el violín desde hacía tres años y en esta ocasión nuevamente con Jaime Gosis, suena como nunca. Ya desde el astringente comienzo de “Tango diablo”, el quinteto —y desde ya el propio Piazzolla como bandoneonista— está en estado de gracia. “Romance del diablo”, una milonga basada en un pie rítmico de habanera —un recurso que usaría también en la “Milonga del ángel” y en la muy posterior “Oblivion”—, es una verdadera lección de instrumentación y de utilización intensiva de los recursos que le brindaba el quinteto. La tercera pieza dedicada al diablo, “Vayamos al diablo”, es una especie de malambo à la Bartók —o a la Ginastera— que, escuchado a la luz del rock de comienzos de la década siguiente, suena como un insospechado anticipo de Emerson, Lake & Palmer y, también, como una explicitación de la dedicatoria del disco original, “a mis maestros Alberto Ginastera, Nadia Boulanger y la ciudad de Buenos Aires”.

“Canto de octubre”, “Mar del Plata 70” —que, misteriosamente, fija una fecha futura para la evocación tal como lo haría, en 1969, “Michelangelo 70”— y las geniales “Todo Buenos Aires” y “Millonga del ángel” llevan a un final “La mufa” que sella un álbum de homogeneidad notable. Todos los discos de Piazzolla, aun los menos logrados, tienen momentos extraordinarios (la sobregrabación de bandoneones en la versión de ‘Adiós Nonino’ incluida en Libertango, por ejemplo) pero, también, muchos de sus mejores trabajos tienen momentos desafortunados, como el forzadísimo arreglo de “Cafetín de Buenos Aires” en el fantástico Tango para una ciudad. Concierto de tango en el Philharmonic Hall es, en ese sentido, de una contundencia única. La reedición pertenece a una serie bautizada “Seminal” por su productor, Gustavo Santaolalla, y que incluye también otros títulos de Piazzolla (sus dos volúmenes de Historia del tango con los cuatro temas que llegó a grabar para un tercero inconcluso repartidos como bonus tracks), de Pugliese, Edmundo Rivero y del dúo de pianos conformado por Horacio Salgán y Dante Amicarelli. La decisión de incluir estas grabaciones de Piazzolla en una colección “de tango” revela, en todo caso, una mirada más atenta a las lecturas que del negocio pueden hacerse desde Los Angeles que a la posible puesta en valor de la obra de Piazzolla. Y, más allá de algún error de información (la incluida aquí no es la segunda versión de “Verano porteño” sino la primera), quedan pendientes de edición varias cosas grabadas para ese mismo sello: los otros tres temas del doble Melenita de oro y el disco de larga duración 20 años de vanguardia con el que, en 1964, Piazzolla se rindió homenaje a sí mismo volviendo a juntar su orquesta del ‘46, su grupo de cuerdas, bandoneón y piano del ‘56 y su octeto del ‘55.

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