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Domingo, 1 de julio de 2007

RESCATES

La resistencia del tango

 Por Diego Fischerman

La sindicalización por un lado y la llegada del rock’n’roll por el otro hicieron que, en la década de 1950, la mayoría de las orquestas de tango desapareciera. Horacio Salgán, que nunca había sido un preferido del mercado, encontró una solución: reducir la orquesta. Primero en dúo con Ubaldo De Lío y luego, siguiendo el formato del grupo de Piazzolla, con quien compartía escenario en Jamaica, con un quinteto, el pianista hizo de la limitación una virtud y logró que su Quinteto Real, en principio un proyecto comercial, tuviera una altura artística que hoy todavía asombra. Esa primera formación de 1960, con Enrique Mario Francini en el violín y Pedro Láurenz en bandoneón, más Rafael Ferro en el contrabajo y los infaltables Salgán y De Lío, comenzó su carrera con un disco que llevaba como título, simplemente, el nombre del grupo. La notable reedición de ese álbum, en formato “vinilito”, permite comprobar hasta dónde llegaba la calidad interpretativa del quinteto: la formidable flexibilidad rítmica del grupo, el rubato y el desplazamiento en las acentuaciones de Salgán y el virtuosismo de Láurenz y Francini.

La colección, publicada por Sony-BMG con el título general “La resistencia del tango”, rescata grabaciones de tango realizadas en las décadas de 1960 y 1970. Entre ellas se destaca Presentación del Sexteto Tango, el primer disco del fantástico grupo que los bandoneonistas Osvaldo Ruggiero y Víctor Lavallén, los violinistas Emilio Balcarce y Oscar Herrero, el pianista Julián Plaza y el contrabajista Alcides Rossi formaron, como desprendimiento de la orquesta de Pugliese, en 1968. Sobre todo en las piezas instrumentales —en cuatro temas canta Jorge Maciel—, el sexteto muestra una fuerza y una cohesión arrolladoras, además de un detalle en los arreglos y una sutileza en el fraseo impactantes. El primer disco de tango de Horacio Molina, Por los amigos, de 1976, el manierista pero impecable Su sonido del 70, de un sexteto de Francini arreglado por Néstor Marconi —tal vez demasiado deudor de los “shows de tango” de la época—, y tres buenas orquestas, la de Osvaldo Piro en Octubre, de 1979, la de Baffa-Berlingieri en For Export, de 1966, y la de Leopoldo Federico en Tango puro, de 1963, completan un panorama de lo interesante de esa época de “resistencia”, en las palabras de los directores de la colección, Andrés Casak y Mariano del Mazo. Menos atractivos son los álbumes de los cantantes Roberto Rufino (La verdad del tango) y Floreal Ruiz (Buenos Aires conoce a Floreal Ruiz), ambos ya muy lejos de sus períodos de esplendor. Y un renglón aparte merece Antonio Agri y su conjunto de arcos, un dechado de falsa cultura, falso clasicismo (y hasta falso enciclopedismo, en las notas originales de Emilio Stevanovich, que, en tren de alardear, menciona al compositor Max Bruck, cuando el verdadero se llamaba Bruch). Allí, como si los trinos y los plagios al barroco con que se licuan algunos tangos fuera poco, se convierte a “Yesterday”, de Los Beatles, en una grasosa mezcla de Vivaldi con danza gitana.

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