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Domingo, 16 de septiembre de 2007

NOTA DE TAPA

El mundo como vocación

Nacido en Viena y emigrado a la Argentina junto a sus padres, huyendo del fascismo, Enrique Raab fue una de las prosas más lúcidas del periodismo argentino durante aquellos años ’60 de ebullición donde convivían la vanguardia artística, la bohemia, la militancia, el peronismo y la izquierda. Su estilo era de precisión literaria. Su mirada le permitía diseccionar desde películas de Visconti a figuras como Juan José Camero. Y sus crónicas son verdaderamente ejemplares. Sin embargo, a 30 años de su desaparición a manos de la dictadura militar, la obra y figura de Enrique Raab apenas cuentan con el cerrado reconocimiento del secreto entre entendidos y memoriosos. Por eso, la publicación de Enrique Raab: claves para una biografía crítica (Prometeo), de Máximo Eseverri, podría funcionar como bienvenido rescate de una obra que debería ser antológica.

 Por María Moreno

“Era un periodista para periodistas con aire de chevalier servant, de palabras medidas y ordenadas, precisas, pero no alguien que genera anécdotas. Yo lo conocía a través de Luzbel Fernández Benegas, el amigo de Manucho. No supe del côté ERP, pero tampoco tenía el perfil del desaparecido. Pero no era un frívolo sino alguien que andaba por los reservados del show off para estar al tanto de todo”, dice por teléfono Felisa Pinto, quien a veces se define como cronista del café society, otras como cronista a secas. “A Raab lo recuerdo con un aspecto muy masculino, como de ser discreto sobre una pasión lacerante no correspondida. Para imaginárselo hay que tener en cuenta el entourage de Alberto Tabbia, Edgardo Cozarinsky, el mismo Luzbel. Eramos capaces de competir en quién se levantaba más temprano para ir a una disquería de Belgrano, adonde habían llegado unos pocos discos de Sarah Leander o de, a partir de leer ‘El perseguidor’ de Cortázar, escuchar todo Charly Parker. Ibamos a la librería de cine de Diagonal Norte a comprar el último libro sobre Bergman, al cineclub siempre. No era esnobismo, creo que éramos a más no dar consumidores de todo el arte del siglo XX”.

Felisa Pinto no hace más que decir que, en cierto modo, Enrique Raab era un síntoma de su época. Anfibio entre los cineclubistas fanáticos –formó parte de Gente de Cine, luego de Núcleo–, los militantes revolucionarios –fue militante del PRT– y los periodistas sindicalizados –integró la agrupación Emilio Jáuregui–, o la combinación de las tres cosas, Raab se hizo conocido en las redacciones de Jacobo Timerman, de esos magazines modernos que se caracterizaban por ser reaccionarios en sus primeras páginas, destinadas a la política, e impertinentes y contestatarios en las que el ambiente denomina periodismo hembra: artes y espectáculos, vida cotidiana, cultura. Pero Enrique Raab pareció haber pasado por todos los medios gráficos: Confirmado, Primera Plana, Análisis, Siete Días, La Razón...

En estos días, la editorial Prometeo acaba de publicar Enrique Raab, claves de una biografía crítica. Periodismo, cultura y militancia antes del golpe, de Máximo Eseverri. Luego de la edición de las crónicas de Raab que Ana Basualdo hiciera en 1999 para la editorial Perfil (Enrique Raab. Crónicas ejemplares, diez años de periodismo antes del horror, 1965-1975), éste es el primer libro que rompe el silencio sobre ese artista de la prosa de prensa al que poco conocen las nuevas generaciones. Tiene dos capítulos: el primero, “Enrique Raab: lo escrito y lo vivido”, omite casi la voz del autor y se arma con testimonios de amigos y familiares de Raab que a menudo son antagónicos, casi siempre ponderatorios. El segundo, más analítico, “Enrique Raab: lo bello y lo sublime”, constituye la verdadera biografía crítica.

El libro será presentado el 27 de abril en el Centro Cultural Ricardo Rojas. María Inés Aldaburu pondrá en escena la acción teatral Radio Varsovia: homenaje a Enrique Raab. Quizá sea el comienzo del mito.

Raab había nacido en Viena en 1932. Luego del Anschluss, sus padres emigraron con él a la Argentina. Fue, como tantos nativos notables, alumno del Nacional de Buenos Aires, en donde quedó debiendo una materia por diferencias con su profesor: Historia. Empleado en una agencia de viajes, aprovechó para volver varias veces a Europa hasta que se encontró con el periodismo, oficio en el que recaló por estar interesado en todo y no al revés; es decir que, a partir de ese trabajo, todo se vuelva transformable en información. Fuera de la redacciones tradicionales, Raab escribió en la revista Nuevo Hombre, fundada antes del gobierno de Cámpora y que, a partir de 1974, quedó en manos del PRT y a la que Manuel Gaggero llamaba “El Comba legal”, en alusión a El Combatiente, diario de la organización. Allí, Enrique Raab firmaba E.R., aunque era fácil, dicen, descubrir su estilo. También trabajó en Información de los Montoneros y en El Ciudadano, de la misma organización, que no pasó de sacar varios números cero y en el que participaba en el momento de su desaparición en 1977.

En 1974, Ediciones de la Flor le edita a Enrique Raab Cuba: vida cotidiana y revolución, libro ponderatorio, pero lejos de la complacencia partidaria, que no cayó bien en la isla: la ironía sería contrarrevolucionaria; ése y un trabajo sobre Luchino Visconti editado por Gente de Cine son sus únicos libros. También hizo un cortometraje, José, sobre texto de Ricardo Halac que, en 1962, ganó el primer premio del Concurso Anual de Cinematografía. Enrique, como dirían los españoles, era muy suyo.

“Fue un artista frustrado que llevó al periodismo la inteligencia y la sensibilidad que no logró encauzar en la creación”, dice Edgardo Cozarinsky. “Sus notas pertenecen a un periodismo difícil de concebir en los años del ‘retorno a la democracia’, con su conformismo bien pensante, y que sólo hoy asoma en el cultivo de la crónica. No pudo gozar de la independencia, y del consiguiente prestigio, de un Voltaire o un Karl Kraus, pensadores que incursionaron en una difusión de sus ideas emparentada con el periodismo. Pero en cualquier ocasión se las ingenió para deslizar una sospecha de disidencia, una iluminación tangencial del tema: todo lo que podía inquietar a los poderes de turno. Esa fue su verdadera práctica de la subversión.”

Lecciones

La comparación entre la cultura alta universal y de todos los tiempos con la popular nacional era uno de los procedimientos favoritos de Raab. No la utilizaba como Sarmiento para traducir maravillas del mundo a modestos patrimonios nacionales y así relativizar el poder de aquéllas: simplemente hacía que las dos culturas se contaminaran. La comparación era también una forma de pedagogía: al utilizarla deslizaba en cada crónica un plus de información, un trozo selecto de su enciclopedia personal. Así, las fans de Palito Ortega –a quien compara con un “sol obsesivo copernicano”– le evocarán a las mujeres que se desmayaban cuando, cien años antes, Franz Liszt se sentaba ante el piano; el Gordo Porcel, la suprarrealidad que reivindicaba André Breton; y Mirtha Legrand, como primera actriz de la obra Constancia de Somerset Maugham, a las mujeres del clan japonés de los Taira que luego del triunfo del clan Minamoto en la batalla de Dano se dedicaron, amén de la prostitución, a una forma de teatro gestual “sin más sentido racional que el mero ejercicio de la grafía física”. Mirtha ya había iniciado su costumbre de comer en público y de hablar zonceras alrededor de una mesa. Raab era capaz de endilgarle al instrumento populista por excelencia y por Tula, una descripción digna de un profesor del Collegium Musicum: “El golpe rítmico del bombo queda punteado con otros ritmos, binarios y ternarios, producidos por bombos más pequeños accionados alrededor del bombo gigante”. Esos procedimientos sólo eran posibles si para hacer asociaciones se contaba con un vasto archivo personal. Sin restarle méritos a Raab, algunos de sus dones sólo podían ser cultivados en una Buenos Aires que funcionaba como una gigantesca universidad laica, en donde durante una sesión de cineclub se podía disfrutar de La barquera María, película alemana de los años ’20, ir al Di Tella para embadurnarse de talco en la Menesunda de Marta Minujín, formarse en las ediciones del Centro Editor de América Latina, hacer un curso de marxismo con Raúl Schiarreta, ver o hacer teatro independiente de acuerdo o no con la interpelación de Alberto Ure “¿Usted dejaría que su hermana se casara con un brechtiano?”, asistir a una escuela de formación de cuadros en algún partido de izquierda y participar de hitos históricos como los que tan decisivamente enumera Ana Basualdo en Crónicas ejemplares y que hacen al contexto Raab: “La caída de Arturo Illia, hasta la caída de Isabel Perón, pasando por la dictadura de Onganía, la muerte del Che, la división ideológica del sindicalismo, el Cordobazo y el Rosariazo, el apogeo de la guerrilla, Lanusse, el cristianismo revolucionario, la peronización de la izquierda, la vuelta de Perón, el gobierno de Cámpora, la victoria electoral y la muerte de Perón, el gobierno de Isabel y López Rega y el surgimiento de la Triple A”.

“Le hablé de la originalidad de Raab a Erich Hackl –dice Máximo Eseverri–, un historiador que investiga a los vieneses en Latinoamérica. Y me dijo: ‘¿Originalidad? Para nada’. Enrique Raab sigue una tradición que se continúa en Latinoamérica, pero tiene origen en Viena. Hoy se estudia en Ciencias sociales la ciudad de los cafés, esa escena que se entronca con la escuela de Francfort, de cultura crítica centroeuropea de principios y mediados de siglo. Había tipos como Peter Altenberg y Alfred Polgar que eran verdaderos orfebres del texto corto y que tenían ese estilo incisivo. Altenberg, por ejemplo, que había registrado su mesa de café como dirección postal, escribía textos para el dorso de las tarjetas postales. Alban Berg, el autor de Wozzeck, a cuyo estreno en el Colón asistieron juntos Cozarinsky y Raab, hizo una pieza de teatro con esos textos. Hay una cierta empatía...”

¿Raab habría leído a Altenberg?

–Con su cultura era muy probable. Pero yo creo que las claves de la transmisión cultural pueden jugarse más allá del conocimiento explícito de la obra.

Hoy es urgente reeditar la obra de Raab, uno de los pocos materiales para aspirantes a periodistas que, siendo totalmente literario, es también increíblemente específico. Raab, por más galas retóricas que luciera, siempre estaba informando, cualquier cosa que esto signifique y, en la más simple enumeración, era capaz de contar el mito de una ciudad completa: “Nadie, excepto los portugueses, conoce Lisboa. Barquitos pintados, inmóviles en el estuario del río Tajo; gallos con ojos de amatista y colas multicolores; Amália Rodrigues, solemnemente drapeada en vestido soirée, el cuello modiglianesco parcamente adornado por una hilera de perlas, entonando un fado quejumbroso en medio de dos caballeros en smoking que tañen sus guitarras; entre el falso empaque de un Portugal, eternamente pintoresco, inconmovible y sólido como los peñones de Algarve y los quinientos años ilusorios que Salazar auguraba al Imperio Lusitano, la imagen para el turismo se diseñaba perfecta”.

Desde ahí, “Crónicas de Portugal, un país desconocido” partirá para contar La Revolución de los Claveles desde el detalle de las distintas sublevaciones organizadas contra la dictadura de Salazar, hasta las formas de pedir café en Lisboa: uma bica, uma chavena, um carioca o um garoto, segón salga con agua, se corte con leche... o los sinónimos. No hay especialización en Raab: de la casa de Bertrand Russell a Raviolandia, de la adaptación teatral de una puesta de Peer Gynt de Ibsen a Chúmbale de Oscar Viale.

Solía permitirse infracciones, sacarles el jugo. En una nota titulada “Juan José Camero” hace la crítica de la obra Arrorró mi hombre insertada en un paréntesis de 20 líneas en donde enumera lo que supuestamente le dijo al actor: “Todo lo que vos decís es verdad, dice Camero, después de escuchar, con esa mirada suspendida en algún lugar entre la introspección y el miedo, las opiniones de este periodista sobre el estreno de Arrorró mi hombre. (Noche de angustia, la del último sábado, en el Salón de las Américas del Provincial. Una obra de Don Appeli, un texto cuidadoso, bien escrito, con personajes claros y rotundos: nada de la verborragia demagógica archirreaccionaria de Abel Santa Cruz. Nada, en fin, que sea típico para el teatro de Mar del Plata. Pero sucede que Graciela Borges, una suerte de copera neoyorquina, sale vestida en Knak; y Rosa Rosen, una posesiva madre a punto de ingresar a un hospicio para ancianos del Bronx, aparece peinada por Miguelito Romano; y Camero, conductor de camiones y reprimido sexual, usa trajes de pana lustrosa de Pepe Orlando. Curiosa noche de estreno, en la que nadie se siente cómodo hasta que Rosen, para quien un tablado es como el piso de su casa, decide que la obra es suya y sale a matar. Error de cálculo, seguramente, porque nadie es definitivamente nadie en este proyecto equivocado cuyo texto interesante, agresivo, sutil, pasa como de costado, inaudible, enterrado entre las pelucas de Romano y los vestiditos de Knak)”.

Al igual que Rodolfo Walsh, que encontraba una historia político-social en el territorio en que estaba edificado un leprosario, Raab buscaba la base económica en los detalles. En su crónica “Isabel Perón” afirma que de los nueve hoteles ubicados en la Unidad Nacional Chapadmalal, sólo tres quedan en la llamada Zona de Seguridad, que muy cerca se está edificando un gran estadio para el Mundial del ’78, que la concesión gastronómica es de la misma empresa que sirve al Jockey Club y que Dazeo Inmobiliaria hizo las refacciones, luego de investigar a cada albañil, cada plomero. El dato, de apariencia menor, va trazando un retrato político del peronismo isabelino sin que ella otorgara ninguna entrevista.

Puede decirse que Raab, en su antipopulismo militante, quizás exageró al ver las señales fascistas en Nazareno Cruz y el lobo –no toda música fuerte cita al fascismo gritón–, y que los estudios culturales le hubieran hecho matices con la clave del melodrama: se ensañaba cuando escribía que en una plaza llena de peronistas la pancarta “perfumistas con hambre” era uno de los carteles más combativos de la movilización, o cuando le recordaba a Enrique Pavón Pereyra, secretario de Cultura de la Municipalidad de la ciudad, durante un cruce de cartas polémicas, que él no era el primer entrevistado de su carrera: antes había entrevistado a Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre y Alberto Moravia. Pero hay que reconocer que sus snobeos desde la cultura a sus enemigos políticos fueron mucho más sutiles que los desatados cuando Saúl Menem citó a Sócrates y Herminio Iglesias dijo “conmigo o sinmigo”. Y su crónica que denuncia la programación criollo-fascista de Radio Ciudad durante la gestión de un tal Baratini, a la que la consideraba la “garganta justicialista del pueblo”, es de un arte de la injuria rigurosamente combativo: “Tal como está LS1 Radio Ciudad constituye un hallazgo experimental involuntario: es el intento, bastante afortunado, de reproducir el ámbito y la terminología de una radio berlinesa, allá por 1937. Lo que no es poco mérito. Porque hay que ser francos: hace falta bastante inventiva y una dosis no menor de ingenuidad para ponerle el nombre de tranquera a los fríos portones de hormigón armado que dan acceso a sus estudios. O para sostener que ‘el pueblo, a esta altura de las cosas, sabe diferenciar entre olor de tinta honesta y el de la carroña corruptora’. LS1 no es exactamente una radio mala. Posiblemente sea la radio más original que funciona en estos momentos en la República Argentina. Pero es una radio de y para una elite, no la radio de y para el pueblo que, 50 veces por día, proclama ser. ¿Y es lícito, en estos momentos de urgentes necesidades populares, programar durante 24 horas por día una radio de elite? ¡Ah! Para la elite nazi”.

Gorila erudito o marxista aplicado, según quien lo mire, y como la vida tiene los argumentos más desopilantes, Raab, en su entrevista a Enrique Pavón Pereyra, le hace decir a éste que el perito Moreno escribió que Teodoro Roosevelt (Pavón lo llama Teddy) le había deslizado la siguiente profecía: “Porque si Perón no le da respuesta a este país, no sé quién le va dar respuesta. La solución tiene que venir del Sur. Ya se lo predijo Teddy Roosevelt al perito Moreno. El futuro de la Argentina nacerá del triángulo mágico: entre Puerto Camarones, Rawson y otra localidad más. Ahí se va a dar el hombre que salvará a la Argentina”. (El subrayado es mío.) ¿Un marxista permite que se deslice al augurio de un nuevo mesías peronista?

Militancia e intimidad

En el año ’73, Néstor Perlongher, poeta gay de origen trotskista, con ganas de integración popular, llevaba al FLN (Frente de Liberación Homosexual) a sumarse a las movilizaciones peronistas. Pero los peronistas, al parecer, se corrían y entre las masas promontoneras y el Frente siempre quedaba una franja enorme de asfalto. Luego vino eso de “No somos putos, no somos faloperos...”. Enrique Raab no se acercó a esos intentos de articular política y deseo por los que pasaron, en tiempos menos definidos, desde Manuel Puig hasta José Bianco.

Manuel Gaggero recuerda a Raab respondiendo a las noticias sobre el trato que en Cuba daban a los homosexuales con una fe que pedía tiempo para que la revolución encarara esas cuestiones, al igual que la violencia cotidiana contra las mujeres.

Edgardo Cozarinsky es más amargo, aun en su afecto incondicional: “Enrique no fue el único intelectual sensible a la politización integral de toda experiencia, espejismo de finales de los años ’60 que a principios de la década siguiente derivó en militancia armada”, dice y el tono es el de un epitafio. “Judío y homosexual, se acercó a grupos donde abundaba el antisemitismo y la homofobia. Su muerte lo ennoblece: significa que no delató, como tantos sobrevivientes hoy unidos por el pacto de silencio”.

Marcelo Moreno, que fue compañero de Raab en Confirmado, recuerda con estupor el entusiasmo con que Raab le contó su trabajo en Nuevo Hombre en tiempos en que “ya silbaban las balas de las Tres A”. “No era un gay público como Pedro Barraza, que era un verdadero referente del peronismo. Era un hombre muy discreto, aunque tuviera cosas increíbles. Me acuerdo de que una vez fuimos juntos a entrevistar a Juan José Camero –no se por qué razón lo acompañé, supongo que porque éramos compañeros y yo estaba también en Mar del Plata– y él estaba fascinado. Creo que era un periodista de una importancia clave en un momento clave, leído por la elite. Quiero decir que en ese momento Operación Masacre no tenía la importancia que tiene ahora. Era muy agudo, pero su agudeza no era brutal en el sentido de que él la utilizaba para derrotar al otro. Su tipo de inteligencia no era guerrera. A la argentina.”

Quizás el pasaje a la clandestinidad lo hubiera preservado, pero seguramente Raab sabía que eso significaba una invasión de su intimidad, quizá la renuncia al deseo que no osa decir su nombre y que ahora lo dice un poco más.

Máximo Eseverri es taxativo: “En el instante en que Enrique Raab guarda para sí o ignora sus diferencias con las vías revolucionarias, en el instante en que trueca mirada crítica y denuncias por tolerancia de situaciones que no comparte, funda la base de una asimetría que, a la larga, hará imposible tanto una separación definitiva como un vínculo más profundo y consistente con las organizaciones revolucionarias a las que buscó adscribir”.

El fin

Entre los amigos de Raab ajenos a la militancia política es común sumar a la pena por su final trágico, la idea de que éste había escapado a sus cálculos; ellos suelen repetir la palabra “ingenuidad”, ya que la palabra “perejil” les resultaría demasiado política.

Pero, ¿acaso la mayoría de los militantes no estaban lejos de ser orgánicos o cuadros militares y conservaban, en cambio, su enorme diversidad cultural? El Terror no se equivocó: Raab estaba, al parecer, lejos del momento de la desilusión, actuando. Su muerte irrumpe, sí, un proceso de crítica y disidencia que ya había comenzado antes de los sucesos de Monte Chingolo.

Hay una imagen de Enrique Raab participando de un paro gremial vestido como para ir al Colón... Otra en donde, por costumbre, suele entrar a la redacción de La Opinión por la puerta prohibida, la del taller; otra que guarda un mensaje de amenaza de las Tres A en donde se le dice: “Judío, rusito, estás muerto”. Era, eso es evidente, el hombre que está al tanto de la noticia última en cualquier área –incluso de las que tienen categoría de chisme– y por eso es bautizado como Radio Varsovia, aludiendo a una radio clandestina de la Segunda Guerra Mundial. A veces, los que lo lloran y buscan explicaciones no se atreven a pronunciar la palabra “mitómano”, pero parecen sopesarla, otros se conforman con aludir a confidencias que romperían las reglas de seguridad. Pero hay quienes están en desacuerdo.

“Teníamos la regla de no hablar de política y siempre la cumplimos”, dice Ernesto Schoó. “En ese sentido era muy discreto. Yo me acuerdo de que él recibió a una pareja de chilenos refugiados. Jamás me contó que tenía gente en su casa, a pesar de que yo lo veía porque nuestras ventanas se enfrentaban a través de un patio. Y eso que teníamos absoluta confianza”.

Quizá, para los que subestiman el alcance de la militancia de Raab, existe la necesidad de encontrar una causa que permita imaginar que existía un control posible en situaciones que, como se estableció a través del testimonio de los sobrevivientes, carecían de toda lógica que no fuera la del Terror. Pero amigos y compañeros de militancia coinciden que Raab estaba en peligro y que debió irse a partir del golpe del ’76. Raab no habría sopesado los riesgos de su trabajo en El Ciudadano, las visitas de advertencia donde le habían quemado suéteres y camisas con cigarrillos, las amenazas.

“Había ido con la persona que iba a poner el capital para El ciudadano a ver a un vocero de la Marina. Luego tuve una fuerte discusión con Enrique en un bar, a una cuadra del departamento en el que yo vivía, en Las Heras y Coronel Díaz. Nos habíamos juntado a desayunar. Yo había llevado a mi hijo en el cochecito. Enrique me comentó que haber estado con este capitán era para él una forma de ‘blanqueo’, que si lo recibía este tipo quería decir que no había nada contra él. Yo me enojé mucho, le dije que estaba cometiendo un error, que ser recibido por un oficial de una fuerza no quería decir nada, que la gente de la Marina podía saludarlo a la tarde y secuestrarlo a la noche”, le cuenta Susana Viau a Máximo Eseverri.

El 16 de abril de 1977 Enrique Raab fue secuestrado junto a su compañero Daniel Girón. Hoy integra la lista de 100 periodistas desaparecidos.

Edgardo Cozarinsky compartía con Raab una amistad donde la palabra “política” iba siempre acompañada de la palabra “cultural”: “Escribí un cuento, no sobre sino más bien alrededor de la muerte de Enrique: ‘El fantasma de la Plaza Roja’, en mi libro Tres fronteras. Es una serie de digresiones concéntricas, donde no hay nada inventado excepto la forma de abordar nombres, circunstancias, episodios que en superficie tienen poco en común. Lo menciono porque la persona de Enrique era elusiva, hecha de aparentes contradicciones, y está hecha de una superposición de afectos y lealtades que no se agotan en la circunstancia de su muerte trágica. En él, la pasión por todo un mundo cultural mitteleuropeo se mezclaba con una curiosidad apasionada por el presente que le tocó vivir. No te oculto que nuestra amistad se cimentó en aquellas afinidades culturales, no en el compromiso que Enrique se impuso a sí mismo con una actualidad que a mí me inspiraba desconfianza, cuando no rechazo. Su humor, sin embargo, minaba constantemente la rigidez ideológica que había elegido respetar sin someterse del todo a sus consignas”.

Ernesto Schoó, vecino de Raab, escuchó el operativo que se hizo con gran despliegue a la madrugada: “A eso de las tres de la mañana empecé a oír gritos y órdenes. ¡Apaguen las luces! ¡Cierren las ventanas! Vi una luz poderosísima que caía sobre el departamento de Enrique. Entonces oí también tiros. Al principio no le di importancia porque en esa época y en esa zona cercana al puerto sucedía a cada rato. Después olí la pólvora y me di cuenta de que algo había pasado. Oí los ladridos de las dos perritas de Enrique y después nada más. Y a la mañana siguiente, bajé temprano y la encontré a la mujer del portero que me contó que los habían metido en la pieza de ellos pero que ella había podido asomarse cuando se llevaban a Enrique y dejaba un reguero de sangre. Después a Daniel lo soltaron. Volví a verlo pero decidí no hacerle preguntas y él no me contó nada. Después que pasó todo esto la actividad de Daniel fue ser guía interno del Colón. Ahora creo que murió. A mí una de las cosas que más me han golpeado de la muerte de Enrique es pensar en esa mañana en que yo fui a ver qué había pasado después de todo aquello y estaba el padre. Este pobre hombre me conmovió hasta las lágrimas. Pensar que él había querido huir justamente de la garra del fascismo, había hecho esa dificilísima travesía huyendo de Europa a través de Grecia y acá lo vuelve a agarrar aquello de lo que había escapado. Hay allí un elemento trágico casi griego. El destino persiguiendo al héroe”.

Hacia el final de Enrique Raab: claves para una biografía crítica, Máximo Eseverri escribe: “Raab fue un hombre talentoso, inteligente, tierno, valiente, capaz de participar de grandes grupos humanos sin renunciar a su particular estilo, alguien que puso su vida en riesgo por la persona que amaba...” Raab habría argumentado que su persistencia en quedarse en el país se debía a su relación con Daniel Girón. Pero esta interpretación, como definitiva, ¿no lo deja del lado de la razón íntima atribuida a las mujeres y los homosexuales?

“A mí me cuesta tanto imaginarme a Enrique viejo”, dice Ernesto Schoó. “Creo que seguiría siendo igual.”

¿Se acercaría a los grupos de militancia gay?

–Es probable.

¿Viviendo con Daniel? ¿Asumiéndolo a la manera actual?

–Yo voy a decir algo que no sé si estoy autorizado a decir. El no se llevaba muy bien con Daniel. Las discordias comunes a las parejas... pero me dijo alguna vez que no era lo que él esperaba que fuera. Es cierto que casi siempre pasa eso...

La elección de Raab de no irse del país puede explicarse por un resabio vienés en donde la propia caballerosidad se da por descontada aun en los capos de la Marina o en el intendente Cacciatore, que durante una entrevista le aseguró: “A usted no lo van a tocar”. En el deseo de no volver a inscribirse en una diáspora y así desandar el camino que Salomón Raab había iniciado luego del Anschluss: un exiliado no es un nómade ni un apátrida. O en la voluntad de correr la suerte de un grupo de hombres y mujeres como uno más, no como el que porta un secreto que lo separa.

¿Por qué no hay un mito Enrique Raab? Siquiera un mayor reconocimiento. Quizás porque desconfiaba de las palabras sacralizadas que viven entre las solapas de los libros bajos la formas de la ficción, quizás aburridas de experimentar desde otro lado que no fuera el del lector. Quizás porque los cronistas populares suelen ser populistas. Y él no era ni una cosa ni la otra. Porque era algo más complicado que lo que Carlos Monsiváis definió como cronista: un miembro de las minorías que habla en nombre de las mayorías astrosas.

¿Raab vivo? ¿Qué sería? “Hubiera”, decía Sartre, es un verbo que no existe. Fue en cambio un periodista ejemplar y un militante del PRT: la síntesis, él lo sabía, prescinde de las metáforas.

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“Había ido con la persona que iba a poner el capital para El Ciudadano a ver a un vocero de la Marina. Me dijo que el encuentro con este capitán era una forma de ‘blanqueo’: si lo recibía este tipo quería decir que no había nada contra él. Yo me enojé mucho, le dije que estaba cometiendo un error, que ser recibido por un oficial de una fuerza no quería decir nada, que la gente de la Marina podía saludarlo a la tarde y secuestrarlo a la noche.”
Susana Viau
 
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