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Domingo, 21 de octubre de 2007

FOTOGRAFIA > UN ENSAYO SOBRE NIETOS RECUPERADOS

Herencia

En 2001, el fotógrafo Martín Acosta comenzó un proyecto fotográfico y documental llamado ADN. Son retratos de jóvenes recuperados por Abuelas de Plaza de Mayo, jóvenes que recuperaron su identidad. El título, dice el autor, se refiere al rol central que la ciencia ocupa en la determinación de la identidad y a la lucidez de las Abuelas, que supieron hacer de la genética un aliado. Pero sobre todo, esos rostros son los de la recuperación, una de las pocas victorias ciertas contra el olvido y la muerte.

 Por Hugo Salas

María Abinet, madre de Elena y hermana de Guillermo, secuestrada el 16 de septiembre de 1976. Continúa desaparecida. María Leiva junto a su hijo Gabriel, secuestrados el 11 de enero de 1977. Ella continúa desaparecida. Tatiana junto a su padre Oscar Ruarte, secuestrado el 17 de agosto de 1976. Tatiana fue secuestrada en octubre de 1977. Él continúa desaparecido. Alberto Jotar, su padre, secuestrado en noviembre de 1977. Continúa desaparecido.

Son doce retratos, tomados con desacostumbrada calma a lo largo de varios años de trabajo. Doce retratos de chicos y chicas que, en algún momento de sus vidas, supieron que eran "nietos", que había abuelos, tíos, hermanos que los buscaban, que tenían un pasado desconocido, papás que no iban a conocer y que su historia, además, constituía una de las páginas más negras de los azares políticos argentinos. Doce retratos en que cada uno de ellos aparece en imagen con una de las personas que fueron parte de su búsqueda, un miembro de esa familia que hoy saben propia. El resultado forma parte de ADN, un proyecto fotográfico-documental que Martín Acosta, reportero gráfico, emprendió en 2001.

Elena Gallinari y su tío Guillermo Abinet.

"En aquel momento, advertí la falta de una opinión fotográfica sobre el tema de la dictadura. Yo, al igual que otros miembros de mi generación – hoy tengo 47 años– lo había padecido en carne propia como una derrota. Con este trabajo, justamente, quise descubrir la única victoria que podíamos esgrimir de nuestro lado, sobre todo en un momento en que el indulto y las leyes de impunidad ofrecían un panorama de 'tema cerrado'. Desde esa perspectiva, la única victoria visible era la recuperación de estos chicos que habían padecido un proceso atroz: la alienación de sus hogares, la negación de su identidad y una puesta en custodia que se proponía 'reinsertarlos' en la sociedad siguiendo los moldes ideológicos dictados por las mismas personas que habían asesinado a sus padres".

Gabriel Cevasco y su tía Adriana Leiva.

El título, según su autor, alude al rol central que la ciencia ocupa en la determinación de la identidad, la lucidez con que las abuelas que buscaban supieron hacer de la genética no sólo un aliado en el presente sino también hacia el futuro: "Dentro de 70 años, por suerte, quienes tengan dudas sobre su identidad todavía van a poder encontrarse. Aunque no haya abuelas ya, ni tíos, aunque nadie se acuerde, cuando ya no sean nietos sino abuelos, todavía esa carta robada los va a estar esperando."

Laura Jotar, que al día de hoy mantiene su nombre adoptivo, Mara Sfiligoy, junto a su tía Susana Jotar.

Las doce historias que hoy forman parte de ADN –luego de un largo proceso en que la búsqueda, realizada con la colaboración de Paula Sanssone, de Abuelas, fue acomodándose a la disposición o no de los protagonistas– conforman un apretado mosaico que revela los distintos trayectos que se esconden tras la palabra "recuperación". Allí está Tatiana Ruarte, la primera nieta (encontrada, junto a su hermana, en 1980), hay chicos que fueron raptados junto a su familia y otros que nacieron en cautiverio, chicos que no se lo esperaban y otros que se buscaron a sí mismos, jóvenes que se muestran confiados, felices, y otros nerviosos, incómodos, apesadumbrados por la presión de un pasado que se debate entre lo personal y lo colectivo, fotos luminosas, brillantes, y otras oscuras. "Hubo algunos casos en que los chicos habían aceptado hacer las fotos, ya habíamos pasado la primera entrevista, y luego se arrepentían. Es totalmente entendible. Muchos han tenido demasiada exposición, están cansados de dar entrevistas, y yo quise respetar eso; de ahí que nos haya llevado tanto tiempo. Es más, ellos no sólo decidían si tenían o no ganas de hacer la foto, sino que me interesó, también, dejar que eligieran el espacio, el lugar donde íbamos a tomar las fotos, y yo adaptarme a ese deseo."

Tatiana Ruarte, que al día de hoy mantiene su nombre adoptivo, Tatiana Sfiligoy, junto a su abuela Amalia Pérez de Ruarte.

Los retratos muestran, en efecto, una gran variedad entre sí. No se trata de un proyecto en que las personas y las situaciones se adapten a un concepto fotográfico general, rector de todas las decisiones, sino de una aventura en que el dispositivo se rinde, en cada oportunidad, a los designios de sus propios materiales, a lo que el acto fotográfico ofrezca y demande. "El punto de partida era modificar un poco la estética en cada uno de los retratos, y también pesaba mucho mi formación dentro de la escuela del fotoperiodismo, que valora la improvisación y ante todo el uso de la oportunidad, lo que surja en el momento. Técnicamente, lo único predeterminado era el blanco y negro, que en ese momento me convencía más que ahora, tal vez, y la utilización de una cámara mediana, de 6 x 6, en vez de la que siempre uso, de 35 mm. La idea de echar mano a una cámara que no me resultase tan familiar tuvo que ver, básicamente, con imponerme un freno contra la ansiedad y el automatismo que uno desarrolla como parte de la profesión periodística. Tener entre manos una cámara que no es la de costumbre obliga a respetar otros tiempos, a manejarse de otro modo frente a la situación."

Gastón Goncalvez y Ana María del Carmen Granada. Él fue secuestrado el 24 de marzo de 1976; ella, el 11 de noviembre. Ambos continúan desaparecidos. Mirta Barragán junto a sus hermanas Blanca y Ana. Mirta, madre de María Eugenia y de Gustavo, fue secuestrada el 6 de diciembre de 1977 y continúa desaparecida.

Visto hoy, el resultado trasciende una búsqueda puramente formal de la variedad gráfica para permitir que cada foto, cada chico o chica y cada uno de los familiares encuentre sobre el papel algo más que una estética: su propia identidad fotográfica, casi a modo de puesta en acto de esa victoria contra el olvido y la muerte que constituye la recuperación. De este modo, los retratos de Acosta evitan el mayor peligro al que están expuestas este tipo de iniciativas, el de construir un museo hagiográfico que sepulte, bajo una pose heroica siempre igual a sí misma y un modo estandarizado de representar al otro como mero ejemplar de un caso, las sutiles diferencias que se agitan detrás de cada historia, lo que tiene de personal y único la experiencia de cada nieto o nieta, con toda su luz pero también todas sus sombras, todos sus miedos, con esa parte terrible que ellos llevarán siempre en el cuerpo a modo de fractura expuesta que, sin importar lo que hagamos, no tiene vuelta atrás ni costura.

Manuel Goncalvez junto a su hija Martina y su abuela Matilde de Goncalvez

Mañana 22 de octubre, fecha declarada Día Nacional al Derecho a la Identidad, las Abuelas de Plaza de Mayo cumplen 30 años. El ensayo de Martín Acosta es un work-in-progress que Radar publica a manera de homenaje.

María Eugenia Sampayo Barragán, su abuela Azucena Flora de Barragán y su hermano Gustavo Rojas.

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