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Domingo, 2 de diciembre de 2007

CINE > EL DOCUMENTAL SOBRE EL POGROM EN LA SEMANA TRáGICA

Los abuelos del Falcon verde

Tras las primeras protestas frente a la fábrica Vasena e Hijos, comenzó lo que la historia argentina registra bajo el nombre de Semana Trágica: una feroz represión al movimiento obrero, por aquellos años de la revolución rusa identificado con la izquierda internacional. Pero la memoria y la historiografía han omitido uno de los episodios centrales de esa semana de enero de 1919: las brutales persecuciones, torturas, violaciones y asesinatos no reconocidos que sufrió la comunidad judía en el barrio del Once a manos de bandas de “niños bien” armados por la Policía. El documental Un pogrom en Buenos Aires, de Herman Szwarcbart, rastrea, desempolva y traduce la historia de esos hechos que durante años sobrevivieron escondidos en el idish.

 Por Mariano Kairuz

“Los niños bien salieron a la caza del ruso.” La salvaje resonancia de la frase, acompañada por la potencia expresiva de una imagen temible –un auto; adelante, los niños bien, “de canotié y gomina”, gesto serio; atrás, en el mismo auto, los policías con sus fusiles en alto–, condensa esa parte muy singular de la historia de la Semana Trágica que la historiografía dejó de lado, permitiendo que se sumiera en el olvido: la de la persecución de los judíos en Argentina. Es ese episodio de la historia elidida el que busca reconstruir Herman Szwarcbart en su documental Un pogrom en Buenos Aires, exhibido por primera vez en la competencia oficial argentina del último Bafici y a punto de estrenarse, el jueves que viene, en el Cosmos y el Malba.

Originado en un proyecto de cortometraje con el que Szwarcbart planeaba contar una anécdota de su abuelo inmigrante, su relato del primer pogrom porteño da cuenta no sólo de las dimensiones de aquella persecución (560 detenidos judíos y un número indeterminado de muertos que no fueron denunciados), sino que busca dar cuenta del marco social y político en el que tuvo lugar, y a la vez de la dificultad que entrañaba la investigación, el recorrido por documentos y testimonios que sí existen, pero que se encuentran dispersos, sin que nadie se haya encargado de reunirlos para preservar el relato de esta porción trágica de la historia de la comunidad judía argentina. Un pogrom en Buenos Aires es una película sobre la historia del pogrom de la Semana Trágica –que tuvo lugar entre el 6 y el 13 de enero de 1919, plena primera presidencia de Yrigoyen–, pero también un testimonio de que el relato de nuestra historia sigue lleno de agujeros negros.

El pogrom argentino fue contado algunas pocas veces: por ejemplo, el 6 de enero de 1999, en ocasión de cumplirse los 80 años de la Semana Trágica, Página/12 publicó una extensa nota de Herman Schiller que dio cuenta de este episodio, su contexto y sus continuaciones. “El proyecto empezó cuando estudiaba cine”, cuenta Swarcbart, que antes del cine completó estudios en Ciencias Exactas. “El guión para mi cortometraje trataba sobre la soledad y el desamparo del inmigrante. Mi abuelo vino porque le tocaba hacer el servicio militar en Polonia: era un tema muy duro y una razón muy común para que los jóvenes emigraran. El llegó solo con sus valijas; encontró a un paisano que era de cerca de su pueblo, se hospedó con él y la primera noche éste le robó sus pertenencias. Buscando información para reconstruir la historia, me encontré con un archivo del Centro Mark Turkow en la AMIA que estaba compuesto de testimonios orales de inmigrantes. Y ahí fue que encontré las memorias de Pinie Wald, redactor del diario Die Presse, que cuenta su propia experiencia vivida en la Semana Trágica. Me sorprendió la violencia que describía el libro, que se llama Koshmar (“Pesadilla”, en idish). Pero cuando les pregunté a las personas que tenía a mano sobre aquellos episodios, me encontré con que la mayoría los desconocía. Me extrañó de mi abuelo, que aunque llegó después de la Semana Trágica, a principios de los ’20, siempre estuvo activo dentro de la comunidad judía, hasta fue presidente de su farein, que era la cooperativa que nucleaba a las personas de un mismo pueblo. Me dieron ganas de contar más esta historia que la que me había planteado originalmente.”

¿Y por qué es que esta historia no se conoce lo suficiente?

–Hay varias razones. Una tiene que ver con la llamada desproletarización que se dio rápidamente a partir de los ’20. La inmigración judía en Argentina logró un ascenso social y un progreso bastante rápidos. Eso hizo que intentaran no ocultarse pero sí olvidarse hechos pasados que eran muy dolorosos. Otra cuestión es dónde quedaron registrados los hechos: la historiografía en general cuenta más lo sucedido en la Semana Trágica, y muchos que sí mencionan la persecución a los judíos dejan el tema resumido apenas en esa frase, “los niños bien salieron a la caza del ruso”, que aparece muy repetida en ensayos y notas. Y además, tiene que ver con quiénes fueron los que contaron la historia: algunos escritores de izquierda que sí lo hicieron no lo relataron como una persecución al colectivo judío, a la masa obrera judía, sino que individualizaron, marcaron casos puntuales. Tal vez porque para estos autores era más importante contar la lucha del movimiento obrero y no la persecución a un pequeño grupo, y la subsumieron en una lucha mayor, la del movimiento obrero más amplio.

EL PANICO ROJO

Para fines de la Primera Guerra se había consolidado un clima fuertemente combativo en la clase obrera argentina. Antes de la violenta represión que empezó por las manifestaciones que tuvieron lugar frente a la fábrica metalúrgica de Pedro Vasena e Hijos –el comienzo de la Semana Trágica–, ya habían tenido lugar innumerables huelgas, con lo que se había generado una paranoia entre la burguesía local, que en la proximidad de la Revolución Rusa creía distinguir un soviet en cada sindicato. Pero la estigmatización, la identificación directa entre el inmigrante judío y las ideas revolucionarias comunistas, se había ido construyendo en las décadas previas. “La inmigración judía en Argentina tiene dos momentos”, explica Swarcbart. “El primero es en 1880, con las colonias agrícolas que se asientan en Entre Ríos y Santa Fe. Y en 1905 hay una segunda ola, que es una inmigración urbana, diferente en cuanto a los lugares de donde proviene y las ideas que trae consigo. Algunos vienen con movimientos socialistas desde su Europa natal, tales como el bundismo, que es la social democracia judía, o el anarquismo. Este es un capítulo de la inmigración judía argentina que no está suficientemente investigado, pero se sabe que gran parte era una inmigración proletaria y que había una actividad muy importante en la comunidad judía local; incluso el diario anarquista La Protesta tenía una página en idish.”

¿El pogrom del ’19 tuvo algún antecedente?

–En 1909 se había producido un hecho que para algunos es en parte una explicación de lo del ’19, cuando el anarquista Simón Radowitsky atentó contra la vida del jefe de la policía Ramón L. Falcón, que había sido el comandante que dirigió la represión a los obreros en una manifestación del 1º de Mayo de ese año. Falcón murió días después. Y aunque Radowitsky defendía más sus ideas anarquistas que su herencia judía, poco tiempo después del atentado hubo varias manifestaciones en represalia, agresiones y ataques a instituciones judías, a la sede del Avangard (el órgano de prensa del Bund), y a la Biblioteca Rusa (con quema de sus libros en plaza Congreso). El antisemitismo tenía antecedentes en el país: en su libro Nacionalismo y antisemitismo en Argentina, Daniel Lvovich indica cómo en varios sectores de la Iglesia ya había desde antes de 1909 discursos antisemitas, curas que hacían arengas callejeras y artículos en La Voz de la Iglesia donde se sindicaba a los judíos como los banqueros y los financistas que intentan tomar el poder. También está la obra de Julián Martel, que los describe de la misma manera, lo cual generó lo que algunos historiadores ven como un monstruo de dos cabezas: el judío que fue visto como el agente del capitalismo que aspira al poder, pero también como el maximalista que intenta tomarlo; alguien que, de una manera u otra, por los bancos o por la revolución, intenta hacerse dueño de la Argentina. Y hay incluso textos anteriores: algunos de Sarmiento. Y está Gustavo Martínez Zuviría, que usó en los años ’30 el seudónimo claramente alemán de Hugo Wast, con el que publicó El Kahal y Oro; textos antisemitas de quien era en esa época director de la Biblioteca Nacional y uno de los autores más leídos.

UNA SEMANA DE HOLGORIO

Szwarcbart ilustra aquello de lo que no hay registro audiovisual con fotos, con imágenes de Juan sin ropa (obra del primer cine argentino sobre el activismo sindical estrenado a mediados del ’19); fragmentos de música tradicional, y algunas escenas “dramatizadas”. Por un lado, construyó un contrapunto entre las lecturas de dos textos centrados directamente en la descripción del pogrom: las memorias noveladas de Pinie Wald, y el relato irónico del escritor Arturo Cancela en “Una semana de holgorio”. “El texto de Cancela lo encontré en una novela de David Viñas, Prontuario”, cuenta Szwarcbart. “Me pareció interesante el punto de vista que usa Cancela para su personaje, y que usara ese título para referirse a la Semana Trágica. Su manera de denunciar lo sucedido –‘Una semana de holgorio’ es de febrero de 1919–, el uso de la ironía tan cercana a hechos de tanta violencia, era extraño, porque es un recurso que parece requerir un poco más de tiempo. Pero, citando a Viñas, puede que si Cancela se permitió hacerlo fue porque la suya era una mirada de arriba para abajo; era el punto de vista del niño bien. En cuanto a Wald, el suyo es un texto testimonial pero es una novela, no lo escribió como ensayo, es una especie de registro de real fiction, ese recurso que apareció posteriormente. La foto de Wald apareció en La Nación; la noticia era que habían detenido al futuro dictador del primer soviet de la república federal de los soviets argentinos. Es decir, se lo mencionaba como si hubiera formado parte de un complot para tomar el poder e instalar el soviet en el país.”

En la lectura de los textos de Wald, se le pregunta al actor que le presta la voz si fue visitado en la cárcel por representantes de la comunidad judía, a lo que el autor responde que no. La representación de algunas líneas de una obra de la época de Samuel Eichelbaum, El judío Aaron, le sirve a Szwarcbart para explicar la atomización ideológica de la comunidad judía en aquellos tiempos, y por lo tanto las distintas reacciones suscitadas dentro de la colectividad ante el pogrom de la Semana Trágica. “Yo cito dos obras de Eichelbaum que no casualmente escribió en ese mismo momento. En la primera, Nadie la conoció nunca, la protagonista es una chica prostituida que se enamora y es la pareja de un niño bien. Cuenta cómo en una reunión unos amigos de él recuerdan cómo habían denunciado judíos durante la Semana Trágica; ella los escucha y le da una cachetada a uno. Cuando su novio le pregunta por qué, ella cuenta que a su padre, que había escapado de un pogrom en Europa, lo mataron en Buenos Aires en la Semana Trágica, de la misma forma en que seguramente lo hubiesen matado en el viejo continente si se hubiese quedado. La otra obra, El judío Aaron, cuenta la discusión interna entre dos judíos enfrentados ideológicamente, y donde uno le termina diciendo al otro que, “si estás en mi contra, sos antisemita”. Es una obra que no se representó nunca, al menos no que yo haya podido comprobarlo, y que me costó mucho encontrar. Me pareció un hallazgo porque habla de la atomización de la comunidad judía argentina. Había sionistas, no sionistas, ortodoxos, socialistas, anarquistas, conservadores, y no había como hoy una institución que aglutinara a todo este arco –la DAIA se creó en los años ’30–. Las reacciones fueron muy distintas: algunos tuvieron la posibilidad de entrevistarse con Yrigoyen y con Luis Dellepiane (el jefe de la Segunda División del Ejército, responsable de la represión del 19); pero así como muchos sectores estaban comprometidos con la lucha obrera, otros eran comerciantes y tenían otra visión de los hechos. Incluso después, cuando se formó la Liga Patriótica, que siempre tuvo un tinte antisemita, aunque chiquita y por poco tiempo contó con una brigada israelita. Es que algunos judíos se quisieron despegar de quienes eran vistos como los maximalistas que querían tomar el poder, a los que separaban como grupos de “exaltados” que no forman parte de la comunidad”.

VAMOS DE PASEO

De todas las imágenes que presenta la película ninguna tiene la fuerza de aquella de los “niños bien”, asistentes voluntarios de la policía que fueron no sólo admitidos sino incluso armados por ésta, y se transformaron en antecesores directos de la Liga Patriótica. “Los reportes de todas las comisarías de la ciudad, que dicen que se acercaron vecinos, personas de bien, a colaborar con la policía, y que a algunos se les dieron armas, fueron publicados por Federico Rivanera Carlés, que durante la dictadura consiguió ingresar en los archivos de la Policía Federal, y contar cosas que hasta entonces no se habían publicado. Estos niños bien eran los hijos de las clases conservadoras, algunos formaban parte del Partido Radical. La imagen es elocuente, había una convicción en estas guardias civiles: en los testimonios del pogrom se habla de violaciones, de asesinatos, de gente arrastrada con cuerdas desde arriba de un caballo, un nivel de violencia que requiere de un convencimiento de que lo que se está haciendo de alguna manera obedece a un fin superior, de que esa gente merecía eso que se le estaba haciendo.”

La historia de Un pogrom en Buenos Aires tiene muchas ramificaciones. ¿Qué quedó afuera?

–Tratar de poder entender la represión, la historia del caso Radowitsky, que es muy interesante y da para todo un documental; la cuestión de cada uno de los distintos grupos que conformaban la comunidad judía argentina, quiénes eran y cómo estaban vistos cada uno desde las clases conservadoras; la descripción que hace el diario La Nación del pogrom como “una persecución de sospechosos”, en la que “claramente se identificaba a los sospechosos por sus rasgos inconfundibles”. Y la historia del teatro idish en Argentina, que es una historia muy rica, y es algo sobre lo que me gustaría hacer un próximo documental. Es material que está ahí: hay que salir a buscarlo. Para investigar esta historia no tuve trabas; por el contrario, recibí mucha ayuda. La información está ahí, un poco desperdigada. Mucha está en idish: el libro de Wald, por ejemplo, fue traducido recién en 1986. Eso explica en parte que haya toda una historia que no está oculta, pero que tenga un velo sobre todos estos testimonios.

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Aunque oficialmente solo se denunció un muerto, se cree que el pogrom de la semana tragica se cobro muchas otras victimas judías no declaradas.

Un auto de niños bien, los hijos de la oligarquia porteña, avalados, armados y hasta acompañados por la policia, “sale a la caza del ruso”.
 
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