radar

Domingo, 17 de febrero de 2008

ALEJANDRO TANTANIAN SE CANTA TODO

Diva

Alejandro Tantanian tiene una reputación intachable como director y dramaturgo de obras serias, eruditas, repletas de referencias culturales y hasta de una solemnidad intencionada. Pero desde hace unos pocos años viene insinuando otra cara completamente distinta: la de alguien dispuesto a subirse al escenario para cantar con el corazón en la mano. Si no, ahí está De noche, su último espectáculo, que cierra a todo Gloria Trevi.

 Por Mercedes Halfon

Para explicar su intensa y tardía relación con la música, Alejandro Tantanian se remonta a sus raíces familiares, que se hunden bastante atrás en el tiempo. Se sitúa en el siglo XIX y habla de un lejano pariente por parte de padre, un hombre llamado Gomidas, que fue un prócer musical en Armenia por haber logrado devolver el folclore local a su origen después de las innumerables apropiaciones culturales y mixturas que había sufrido producto de la trágica vida política del país. A esta mítica figura se suman generaciones de tíos y primos cantantes de los coros –interpretaban unas especies de cantos gregorianos– propios de la liturgia armenia. Doble razón para que en su casa familiar, de procedencia armenia tanto paterna como materna, la música fuera tradición y sonara y sonara.

Esta historia es lo primero que menciona Tantanian para explicar su intensa y tardía relación con la música. O al menos darle un marco a cómo en los últimos años, el director de teatro y dramaturgo, el ocasional miembro de El Periférico de Objetos, el realizador de Un cuento alemán, de Unos viajeros se mueren, de Temperley, de Los mansos, entre muchas otras, de pronto se convirtió en un cantante de voz grave y poderosa, que podía verse cualquier fin de semana desgranando una canción de Marlene Dietrich en el Club del Vino o en el Faena Hotel. Exactamente igual a como se lo puede ver ahora en Clásica y Moderna, epicentro de espectáculos musicales de pequeño formato, con De noche, su último trabajo musical.

Tantanian cuenta que a pesar de sus arraigados antecedentes familiares musicales, en él se despertó muy joven la vocación por el teatro y a eso se abocó. Estudió con los grandes maestros: Laura Yusem, Juan Carlos Gené, Augusto Fernández, en una época donde las rarezas interdisciplinarias eran vistas con sospecha. El teatro era el teatro y la música era otra cosa: “Yo tuve maestros muy estrictos en lo teatral”, comenta. “Tengo 41 años, así eran los maestros de mi generación. Ellos tuvieron una manera de bajar la información que era muy verticalista; poder sacarse a esos maestros de encima, en el buen sentido, es bastante difícil. Yo quería encontrar mi propia expresión, vencer un montón de prejuicios acerca de qué son géneros menores o mayores, la alta o la baja cultura, cosas que uno mamó de muy chico y que fueron muy esquizofrenizantes, porque a la vez uno crecía atravesado por la cultura popular. Yo crecí con la tele.”

LA DIVA QUE LLEVAMOS DENTRO

Mucho antes de tener que sentarse a elegir un repertorio para cantar, Alejandro Tantanian ya se sentía por completo capturado por ciertas músicas: “Yo siempre tuve afinidades por las canciones que componían Brecht y Weill, por ejemplo, me fascinaron cantantes populares con perfume a diva como Edith Piaf o Marlene Dietrich. Había algo en ese mundo que me seducía. En la Argentina, me reconozco fanático de Nacha Guevara desde que la descubrí en el ’83. Además, me encantan los musicales. Y tengo que ser honesto: si yo veo un musical que está buenísimo, digo ‘Yo quiero hacer eso’. No tengo dudas. Me llama la atención, me conmueve, me gusta”. Muy a pesar de eso, cuando empezó a dirigir, su estética fue completamente por otros rumbos, construyendo la imagen más conocida de él, la de un de director híper erudito, de obras repletas de referencias cultas, híper serio, frío y hasta con ribetes de solemnidad.

El dice: “Yo siempre digo que necesité demostrar al medio que era un autor inteligente, culto, germanófilo, para después subirme al escenario a ser una diva decadente. Y divertirme con las cosas que también divierten. Pero no pude empezar por ahí”.

UN MONJE EN MAR DEL PLATA

Como todo relato del origen, siempre aparece primero uno falso. Aunque sea verdadera la historia de Gomidas y los antepasados cantarines de iglesia armenia, la verdadera piedra fundacional de la relación intensa y tardía con la música en realidad fue temprana y anterior a todo gesto de serio director teatral. En plena adolescencia Alejandro Tantanian entró en el elenco de un espectáculo llamado El loco de Asís, una taquillera obra musical dirigida por Manuel González Gil, con la que el joven Tantanian trabajó durante años, haciendo cientos de funciones en las que bailaba y cantaba vestido de monje franciscano. El recuerda de ese período: “Fue mi primera experiencia teatral de trabajo, absolutamente gozosa, durante casi cinco años viajamos por todo el país. Hacíamos temporada en Mar del Plata, por ejemplo, durante tres meses, y formábamos como una comunidad veraniega. Fue una beca para mí en cuanto aprendizaje, porque a veces me subía a escenarios de 200 metros cuadrados y otras hacíamos función sobre cajas de manzanas de veinte metros cuadrados. Con el mismo espectáculo. Es extraordinario que eso le pase a un chico de 16 años. Esas cosas fueron experiencias fundantes de lo que soy, pero que después quedaron en el pasado más renunciado. No como algo conscientemente negado sino más bien como minimizado: ‘Fue una cosa que hice cuando era chico’”.

LA ORQUESTA INVISIBLE

Tarde o temprano estos orígenes iban a reconocerse, él iba a asumirse como cantante y ese momento llegó. En el 2002 Alejandro Tantanian estrenó su primer trabajo musical como intérprete y director. Se trataba de De lágrimas, una obra que se dio originalmente en el Club del Vino y que intentaba hablar sobre el dolor y la dicha, emociones simples, expresadas por canciones plagadas de lágrimas. En el 2004 vino De protesta, estrenada en el Teatro San Martín, que daba cuenta de cómo el hombre encontró un modo de expresión y resistencia en la palabra y la música, el repertorio iba de Brecht a Spinetta, pasando por Silvio Rodríguez.

Ahora llegó De noche, cuya carta de presentación –flyer, gacetilla de prensa– es un poema de Robert Frost que proclama: “Yo he tenido intimidad con la noche”. Y así es el espectáculo: nocturno, íntimo e intimidante. Tantanian emerge desde el fondo de Clásica y Moderna como un fantasma que observa el comienzo de su propio espectáculo. El pianista Diego Penelas desarrolla una obertura extraña y extensa mientras Tantanian vuelve a esconderse, para ingresar luego, triunfal, y cantar la primera canción. La lógica de la obra es casi la de un café concert; el anfitrión comenta con el público las canciones que va interpretando, hace chistes, pide palmas, mira a los ojos. El primer tema es “Moon over Bourbon Street” de Sting, a eso se pega “Lágrima”, un precioso fado de Amalia Rodrigues y así va salticando por ritmos y emociones diversos, trayendo melodías rusas, tropicales, españolas y argentinas. De Cole Porter a Ricardo Arjona, de J. M. Contursi a Paz Martínez.

Por debajo pareciera esconderse una sutil historia, que a través del entramado de las letras evoca situaciones nocturnas de todo tipo: hay amor, hay afirmación personal, hay desdicha.

La narración debajo de la música le sugiere a Tantanian otra historia de su cosecha. En su época de estudiante de actuación con Laura Yusem el director había inventado un sofisticado ejercicio para memorizarse sus parlamentos: “Yo tomaba el texto y me lo aprendía haciendo como una partitura: a las tres primeras oraciones les ponía una canción, a las dos siguientes otra. Me armaba unos TDK copiando y grabando lo que para mí era una partitura interna del personaje. Ensayaba con esos casettes y así me aprendía la letra, pero a la vez esa música me permitía hacer unos cambios emocionales muy bruscos, empezaba con una canción muy tranquila, después un rock pesado y ese corrimiento expresivo estaba de un punto a la palabra siguiente. Yo pasaba en la clase y hacía unas cosas rarísimas. Laura me decía: ‘¿Qué hacés, Alejandro?’. Ahora pienso esas cosas y creo que era un sostén musical que estaba oculto; la música la tenía adentro cuando actuaba; la punta del iceberg era el texto pero lo que estaba por debajo era la musicalidad. Bueno, lo que hago como intérprete desde ese momento hasta hoy es eso. Pasa que ahora la música está afuera, también se escucha”.

TANTANIAN, AVIGNON Y EL RASTROJERO

Encontrar la síntesis. Entre lo musical y lo teatral, entre lo cerebral y lo emocional, entre lo complejo y lo simple. Eso es lo que Tantanian buscó en el último tiempo, motivado por una necesidad urgente de moverse. La capacidad de adaptación vino después, al haber podido correrse de un lugar para ir hacia otro lugar, que todavía no se sabe muy bien dónde es o será. El dice: “En la cuestión artística es así: si vos creíste que llegaste, te jodiste, si vos creés que sos Tantanian, cagaste. Eso que lo opine quien quiera opinarlo. El tema es que uno no se lo crea, ni se quede en ese lugar de cristalización. Si yo me hubiera creído que era el germanófilo, el europeizante, no hubiera podido seguir haciendo teatro. Y menos en este país”.

Tantanian cuenta una anécdota que ilustra muy bien qué significa esta urgencia por ser blando en un país donde hacer teatro resulta tan duro: “A mí me tocó trabajar con El Periférico de Objetos en un momento de enorme exposición del teatro argentino en el exterior. Entramos en festivales como el de Avignon, a los que llegan artistas después de 30 años de carrera. Eso hay que procesarlo y entender que era coyuntural, no podemos pretender ir todos los años a Avignon. Fuimos, por ejemplo, al Brooklyn Academy of Music, al festival Next Way, que es increíble, y estábamos en un hotel completamente lujoso. Después volvimos y cuando llegamos a Ezeiza nos vino a buscar lo que nos venía a buscar siempre, que era un rastrojero donde metíamos todos los baúles y nosotros viajábamos en la parte de atrás. Y no de excéntricos, es que era así. Por supuesto que preferimos el hotel al rastrojero, pero hay algo de esa ductilidad que es necesario tener, sobre todo siendo un artista en este país y en este momento”.

De noche
Clásica y moderna, Callao 892
Los sábados a las 0:30 hs.
Entrada: $ 25
Reservas: 4812-8707

Compartir: 

Twitter

Imagen: Nora Lezano
 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.