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Domingo, 17 de febrero de 2008

FAN > UN ESCRITOR ELIGE SU ESCENA DE PELICULA FAVORITA:

Unplugged

 Por Rodrigo Fresán

UNO Con el correr y el arrastrarse de los años me he resignado –primero en la carne de los demás y, progresivamente, en carne propia– a la inevitable decadencia de la materia. Pero a lo que nunca podré resignarme es a la ruina de la mente, a la pérdida de la memoria, a la desaparición de todos los recuerdos almacenados en un cerebro cuando una persona muere, a la imposibilidad de almacenar y preservar todo lo vivido y pensado en un nuevo y más resistente envase.

Tal vez por eso es que nunca puedo olvidarme de esa escena de 2001: A Space Odissey (1968) de Stanley Kubrick en la que, cerca del más definitivo y abierto de los finales, el astronauta David Bowman entra literalmente en la roja memoria de la supercomputadora HAL 9000 y procede a extirpar y borrar –uno a uno, con la ayuda de un destornillador, las placas saliendo de anaqueles con suave eficiencia– los infinitos recuerdos de la máquina conteniendo los archivos de todo lo pensado por el hombre. Memoricidio o algo así. La escena posee una rara intimidad, una casi sensualidad desesperada –de ahí que la haya robado para un encuentro sexual en un cuento llamado “Historia con monstruos”– y es entonces cuando descubrimos lo que veníamos sospechando desde hacía ya rato: HAL 9000 –rankeando en el puesto 13 de los más grandes villanos del celuloide según la AFI– es en verdad un artefacto sensible que pide disculpas, admite errores, dice tener miedo y se rinde, cantando una antigua y romántica y sencilla canción sobre una tal Daisy, al proceder implacable de un ser humano que no escucha sus ruegos porque de lo que se trata es de desenchufar o ser desactivado. Los roles se han invertido: la máquina es humana y el humano es una máquina. El astronauta es implacable y la computadora ha calculado mal o tal vez no: quizás HAL 9000 se haya sacrificado para que así Bowman se atreva a dar el último gran salto hacia los confines del universo y regrese a la Tierra transformado, evolucionado, listo para hacer todo lo que haga falta hacer.

O deshacer.

DOS “Dave... Dave... My mind is going... I can feel it... My mind is going... There is no question about it... I’m a... fraid...”, repite HAL 9000 desde hace cuatro décadas. El año 2001 –que llegó y pasó– resultó un tanto obsoleto desde un punto de vista espacial, pero todo lo contrario en lo que a los asuntos terrestres y terrenos se refiere. Y es ese número/fecha en el título lo único que –paradoja– ha envejecido en la que sigue siendo la película de ciencia-ficción más por siempre joven y eternamente moderna.

Un film que yo vi por primera vez a los, supongo, seis o siete años y que (encontrarlo sin buscarlo bailando el zapping equivale, automáticamente, a quedarme una vez más ahí, clavado hasta el THE END) no he dejado de ver desde entonces.

Una película que –en tándem con la repetida audición del “A Day in the Life” de The Beatles– me formó y me deformó como escritor. La súbita certeza de que las cosas podían contarse y cantarse de otra manera. En varias partes aparentemente inconexas, pero unidas para siempre. A la elíptica velocidad de la luz y del sonido. La voz de HAL 9000 en off y la voz de Lennon “I’d love to turn you on”. Sí: ON y OFF. Y muchos años después leí que la voz de HAL 9000 la había puesto Douglas Rain, un joven actor de shakespeareano, quien –con el paso del tiempo– se negó a hablar de su participación en 2001: A Space Odissey porque esa interpretación oral y perfecta como ojo rojo y sin párpado había marcado su carrera para siempre. Así Romeo y Hamlet y Henry V y Macbeth y Próspero y Lear... nadie ni nada importaba: el hombre abría la boca y –¿ser o no ser?: ser– siempre había alguien en el auditorio que exclamaba: “¡HAL 9000!”. Tal vez por eso Rain se dignó a ponerles voz a varios robots en Sleeper de Woody Allen y a, por fin, volver a casa en la innecesaria 2010.

TRES Y yo escribo todo esto –lo primero que escribo aquí– recién mudado, rodeado de cajas con libros. Nada que ver con la limpieza de esa suerte de hotel último y estelar al que accede Bowman, siguiendo la estela del monolito negro. Y ahora me doy cuenta: la ventana de mi nuevo estudio es circular, como la de los módulos espaciales de 2001: A Space Odissey.

Y todo es tan raro y el viaje continúa.

Y espero tener la suerte de no olvidarlo nunca.

Y, de ser posible, cuando llegue el breve y eterno momento unplugged, morir cantando. No aquello sobre Daisy sino eso de “I read the news today, oh boy...”, eso de “Having read the book...”

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