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Domingo, 23 de marzo de 2008

CINE > LA PREMIèRE DE LA LEóN RíO ARRIBA

El Tigre y La León

Con actores profesionales, pero también con la incorporación fundamental de los isleños (no sólo en la actuación, como el notable José Muñoz, de 80 años, sino también aportando locaciones impensadas, detalles a las interpretaciones, saberes locales aplicados a una balsa sobre la que montar la cámara), el director Santiago Otheguy y el productor Pablo Salomón filmaron en el Tigre profundo La león, una ópera prima subyugante, en el que conviven un estilizado retrato en blanco y negro de ese universo y un poderoso relato que corroe el habitual costumbrismo argentino. A pocas semanas de su estreno, Radar fue invitado a la función especial que la producción organizó a cielo abierto para los isleños en la Tercera Sección del Delta.

 Por Hugo Salas

Cruzando el Paraná Miní, bastante más allá del Paraná de las Palmas, se encuentran silenciosas las islas de la Tercera Sección del Delta, a las que el Paraná Guazú separa de Entre Ríos. Son casi dos horas en lancha desde el Puerto de Frutos del Tigre, que en la colectiva pueden convertirse en cuatro o más; una distancia que la lluvia, las crecidas e incluso el hábito pueden volver infranqueable. A medida que avanza el trayecto, la abigarrada sucesión de casas de fin de semana y recreos turísticos va dejando lugar a riberas más despobladas, donde las viviendas aparecen sólo de manera esporádica entre extensas alineaciones de casuarinas, sauces y álamos de copa. El avance del agua, en más de un caso, inclina ejemplares, los vuelca entre los camalotes, marcando al visitante una geografía siempre cambiante que el mapa de las Islas, con la obstinación propia de la cartografía, pretende desconocer.

Justo allí, donde el río Barca Grande se encuentra con el arroyo Barquita, a pocos metros del Río de la Plata, se asienta la Posada de Ernesto Posadas y su familia, una hostería alejada que durante varios meses, hace ya dos años, fuera centro de operaciones del equipo de rodaje de La león, ópera prima de Santiago Otheguy. De presupuesto exiguo, la película se concretó, en realidad, en dos rodajes distintos: primero se filmó material para un cortometraje que nunca llegó a editarse pero que permitió atraer inversores para el largo, y recién allí, con diferencia de un año, se filmó el resto (vale indicar que el “salto”, a diferencia de lo que suele ocurrir en estos casos, no ha dejado huellas en la imagen ni en el ritmo de la película, en la que nadie distinguiría un corto “alargado”). En ambas instancias, la participación de buena parte de los isleños, detrás y delante de cámaras –actuando, preparando el catering, indicando locaciones, entrenando a los actores profesionales o improvisando, en base al saber acumulado, la balsa que sirvió de plataforma de cámara en todas las escenas de río– fue decisiva, y por ello el director, junto al productor Pablo Salomón, decidió proyectarla antes de su estreno en una pantalla al aire libre en la Posada Posadas.

Para Otheguy, la visita tenía varias motivaciones. Además del reencuentro y la voluntad de compartir el resultado final con quienes lo hicieron posible (muchos de los cuales nunca habían asistido antes a una proyección), le interesaba la reacción de los isleños frente a aquellas secciones de lo representado que suponen un registro de su cotidianidad, eso que él –al igual que varios de los directores del nuevo cine argentino– considera la parte documental de toda ficción: las costumbres, las rutinas laborales, los modos, los tiempos. Por su parte el público, reunido desde temprano, esperaba con ansiedad la caída del sol, condición inevitable para que comenzaran a tomar cuerpo frente a sus ojos los fantasmas de todo aquello que, tiempo atrás, había sido parte de sus vidas.

En líneas generales, La león cuenta la historia de Alvaro (Jorge Román), un junquero solitario cuya homosexualidad lo vuelve blanco de los ataques del Turu (Daniel Valenzuela), conductor de El león, la lancha colectiva que rige la comunicación de los habitantes entre sí y con el continente. Si al principio el Turu parece el compendio de la prepotencia, la xenofobia y la ambición de poder, no tardará en revelarse como la víctima silenciosa de su propia ideología, ante un Alvaro que triunfa –como ciertos personajes de Puig– en la desconcertante debilidad.

Entre risas y bromas, el equipo expresaba su intriga por la posible reacción de los isleños, muchos de los cuales ignoraban ciertos detalles de la trama (en particular, el “incómodo” detalle de la orientación sexual del protagonista). De hecho, Otheguy deja entrever por momentos su renuencia al encasillamiento de la película como una de temática gay-lésbica; tanto para él como para el equipo, la homosexualidad funciona a modo de metáfora de la diferencia y no como cuestión central. Durante la proyección, sin embargo, los isleños se muestran más atentos, en silenciosa concentración, a las cualidades visuales de la película. Al finalizar, los aplausos dan rápidamente paso a las felicitaciones, y muchos preguntan cuándo se filmará la próxima.

De la partida son también Román y Valenzuela, únicos actores profesionales del film, y Sergio Rud, quien además de ocuparse de la escenografía fue decisivo para la empresa. Ocurre que, hacia fines de 1978, el entonces militante Rud decide mudarse con su familia a la Tercera Sección, donde se desempeña como maestro, título con el que todavía lo distinguen varios de sus antiguos vecinos. Su conocimiento previo del lugar y sobre todo de los habitantes permitió que La león, más allá del argumento, fuera armándose a partir de historias, recuerdos y mitos que circulan entre los isleños. Como resultado, la película transcurre en una interesante tensión entre el costumbrismo de la propuesta de base (notorio en el desarrollo de la trama, la elección del espacio aislado como lugar librado a fuerzas atávicas y el estilizado trabajo de fotografía en blanco y negro de alta definición de Paula Grandío) y el realismo otorgado por la autorrepresentación de los isleños, intersección que Otheguy hace explícita en la escena de la biblioteca, donde una iluminación plana, de estilo documentalista, se conjuga con un ejemplar de Barranca abajo.

Entre Alvaro y el Turu, los dos polos de esta historia sostenidos con precisión minuciosa por Román y Valenzuela, un personaje fundamental oficia de vaso comunicante y, al mismo tiempo, objeto de disputa: el viejo Gadea, interpretado por el isleño José Muñoz. Con sus ochenta años, Muñoz, que nunca antes había estado frente a una cámara, resulta un hallazgo totalmente inusual. En efecto, al conocerlo, no cabe duda de que pertenece a la rara especie de los actores intuitivos: en pantalla no se representa a sí mismo; su carácter afable, risueño y entusiasta poco tiene que ver con el Gadea melancólico, taciturno y sombrío que compone en La león. Es más, no sólo ha sabido ser otro, sino también adaptarse al clima y al ritmo de la película (de seguro, mérito también de la dirección). Jorge Román, que comparte con él varias escenas, recuerda que Muñoz no perdía concentración ni intensidad incluso después de repetir varias veces la misma toma. Durante la proyección, el actor seguía en primera fila, con inocultable fascinación, la sucesión de imágenes, al igual que la familia Rivas, que compone a un grupo de trabajadores de la madera paraguayos (a los que el Turu, decidido a expulsarlos del lugar por ser “de afuera”, se obstina en llamar misioneros).

En pantalla es notorio el aporte de la intensa convivencia entre el equipo y los isleños. Del mismo modo que Román y Valenzuela saben dar lugar a sus colegas no profesionales, La león es una de las pocas películas del nuevo cine argentino que conjuga la “realidad” encontrada in situ con procedimientos estéticos altamente refinados sin que se advierta la costura ni renunciar a una minuciosidad prácticamente caligráfica. No hay, en la ópera prima de Otheguy, planos que no respondan a su propuesta estilística, pero ello no impide el encuentro y el hallazgo. Del mismo modo que el blanco y negro no niega la exuberancia del paisaje pero la subordina a la historia, el director supo encontrar, a lo largo del rodaje, el tono preciso para dar lugar a lo fortuito sin abandonar su primigenia visión del espacio como uno aislado, inaccesible, donde los hombres se ven librados a los impulsos de la naturaleza.

Lo quiera o no, por otra parte, la introducción de la diferencia sexual en su película supone una potente inversión del tradicional espacio costumbrista, signado por una férrea división del trabajo sexual y de las posiciones de género. Al transmutar El León en La león, Otheguy lleva la discusión sobre el poder y la autoridad que plantea el personaje del Turu a una sobre la manifestación del poder y la autoridad en ese discurso que, en gran medida, ha sido constitutivo del imaginario social argentino, evidenciando con ello la falta de inocencia de toda intervención estética, inclusive la propia. De esta forma su ópera prima, que según sus propias declaraciones buscó fluir como el río, al igual que los cursos de agua del Delta corroen lenta pero empecinadamente la geografía de un espacio social constituido sobre las metáforas, nada sutiles y bastante violentas, de lo masculino, lo femenino y lo inaceptable.

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