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Domingo, 3 de noviembre de 2002

ICONOS

Kahlomanía

Saltó al estrellato mundial a principios de los ‘80, cuando sus autorretratos sangrientos entraron en sincro con los ensayos sobre la autorrepresentación femenina de Madonna y Cindy Sherman. Veinte años después, Frida Kahlo vuelve con todo. Una novela alucinógena, una jugosa biografía y un largometraje dirigido por la controvertida Julie Taymor, con Salma Hayek en el pellejo de Frida, demuestran que la reina del dolor, emblema de la modernidad femenina latinoamericana, tiene más resto que su marido (Diego Rivera) o que el más célebre de sus amantes (Leon Trotsky).

por Joy Press
Cada época elige sus héroes, y Frida Kahlo fue la perfecta heroína feminista de los años ‘80. La Frida de Hayden Herrera, primera biografía de la entonces ignota artista mexicana, se publicó en 1983, cuando Madonna y Cindy Sherman transformaban sus experimentos sobre la autorrepresentación femenina en un espectáculo industrial y se incrementaba el interés por el realismo mágico latinoamericano. Gracias a sus audaces y fantásticos autorretratos, Kahlo quedó en la intersección de dos tendencias que de otro modo probablemente se habrían ignorado. Kahlo, que murió en 1954, fue una comunista inválida y bisexual que pintaba imágenes viscerales de abortos y menstruaciones y fue eclipsada por la fama de su marido, Diego Rivera. Sin embargo, en los últimos veinte años, su nombre ingresó a esa extraña categoría de artistas ubicuos que preside Picasso, cuyas obras aparecen hasta en los empapelados de las paredes. Más que un poster para adolescentes con vocación artística, más que un modelo de mujer latina, Kahlo es ahora una taza de café, un llavero, una estampilla.
Ahora, la feroz ola de Fridamanía que vuelve a levantarse convoca a una nueva Kahlo, formateada para encajar en las apetencias del siglo XXI. Hace poco apareció The Incantation of Frida K. (“El conjuro de F.K.”) de Kate Braverman, una provocativa novela basada en su vida, y se inauguró Frida Kahlo, Diego Rivera y el arte del siglo XX, una muestra en el Museo del Barrio de Brooklyn, Nueva York, con diez de sus cuadros. Y también está Frida, el film de Miramax protagonizado por Salma Hayek y dirigido por Julie Taymor.
La carrera para llevar la vida de Frida a la pantalla fue frenética. Admiradoras de Kahlo, Hayek, Madonna y Jennifer Lopez incubaron durante meses proyectos rivales. (Tanto la versión de Lopez, que hubiera sido producida por Coppola, como la de Madonna, en la que se decía que Marlon Brando haría de Rivera, quedaron por el momento fuera de carrera.) El estreno de la Frida de Miramax sufrió varias postergaciones en medio de una nube de rumores sobre supuestas peleas entre la directora y el jefe de Miramax, Harvey Weinstein, cuando la campaña publicitaria ya empezaba a ponerse en marcha. Un extraño aviso publicado en el New York Times decía: “Kahlo solía decorar su mesa con ramos de flores que incluían saludos especiales”. Por supuesto, en el caso de Kahlo uno de esos saludos podía ser ¡Viva Trotsky!, como rezaba el arreglo floral que diseñó en 1937 para agasajar a su comunista favorito.
Si la historia de Kahlo lleva “naturalmente” al marketing masivo es porque Frida forjó a conciencia su propia “marca”, pintándose a sí misma una y otra vez con la monoceja que fue su sello de fábrica y las tradicionales ropas de Tijuana que vestía para reivindicar su herencia indígena. Los melodramas y tragedias que atiborraron su vida también son dignos de una película. Ahí está el accidente de trolley que destrozó su joven columna vertebral y le incrustó un pasamanos en la pelvis dejándola estéril; su tempestuoso matrimonio con Diego Rivera, artista de fama mundial y adúltero compulsivo; sus propios (y numerosos) affairs, el más notorio de los cuales la unió a Leon Trotsky. Frida tradujo toda esa materia prima en cuadros que vibran de excentricidad y voluptuosa agonía. “La soledad es la clave de su temática”, escribe Herrera en su biografía. “Toda su obra está atravesada por una sensación de abandono, separación y aislamiento.”
Alguna vez Frida fue celebrada como la reina del dolor. Pero como el sufrimiento femenino ya no está de moda, desalojado del horizonte junto con el “victimismo feminista”, la actual resurrección de Frida Kahlo parece una reacción contra la blandura del posfeminismo. Iconos femeninos como Madonna y Courtney Love canjearon la transgresión por el yoga cuando empezaron a ser reemplazadas por nínfulas del estilo de Britney Spears y Cristina Aguilera o estrellitas expertas como Reese Witherspoon y CameronDíaz. Si Frida ha vuelto al ruedo, pues, es quizá para incitar otra vez a alguna clase de rebelión.
Julie Taymor, la directora de Frida, sostiene que hay que actualizar la reputación de Kahlo. “La gente siempre se la imagina como una artista torturada, al estilo de San Sebastián atravesado por todas esas flechas”, dice. “Creo que lo que nos entusiasma a todos es su humor, su boca sucia y su libertad sexual. Eso es lo que hace que su vida sea interesante para el cine.”
“Frida pide a gritos que la liberen del cepo de la biografía”, explica Kate Braverman. Eso es exactamente lo que hace ella en su libro, una novela alucinatoria, basada libremente en la vida de la artista, en la que Frida, cara a cara con la muerte, completamente dopada por la morfina, termina siendo una narradora ácida, trascendente pero bastante poco confiable.
Entre los varios escritores que ficcionalizaron la vida de Frida, una de las más recientes es Barbara Mujica, cuya novela Frida está narrada desde la perspectiva de una hermana, Cristina, que tuvo su propia aventura con Diego Rivera (y que en el film de Taymor es interpretada por la argentina Mia Maestro), Mujica es bastante fiel a los hechos, mientras que las licencias que se toma el desgarrador libro de Braverman son tan fantasiosas que más de un fan de Frida se sentirá ultrajado. The Incantation of F.K. embellece la historia de Frida con un poco de cleptomanía, otro de opio, otro de sexo sórdido con marineros y toneladas de aventuras lesbianas. Luego de sufrir numerosos abortos, Kahlo elabora el duelo transportando a una hija imaginaria dentro de un alhajero: “La dejo gatear por las estrías de mis manos y deslizarse por la línea de la vida y la de la salud. La pongo en un cenicero para que pueda verme trabajar”.
Braverman afirma que eligió a Kahlo como protagonista porque “fue pintora, morfinómana y la primera mujer mexicana que se psicoanalizó; es decir: un prototipo de la modernidad femenina. El truco consistió en inventarle una voz a una Frida interna y encontrar un estilo literario tan poético y peligroso y profético como sus cuadros. Me sentí como una antropóloga que descubre una Frida subterránea”.
Tal vez el elemento más polémico de The Incantation of Frida K. sea su versión de Diego Rivera, retratado como una figura monstruosa con “el corazón de un carnicero”. Braverman, de todos modos, insiste en que su Frida y su Diego no están en guerra. Están enredados en una relación simbiótica. “Él la azuza y la mantiene viva”, dice. “En un momento del libro le dice: ‘Yo le doy foco a tu agonía’.”
Como Sylvia Plath, otra diosa de la adolescencia angustiada, a Frida suelen llorarla como a un genio femenino eclipsado por un marido adúltero y represivo. Pero Taymor concibe su película como una historia de amor, y no simpatiza en absoluto con los detractores de Diego. “Si la gente critica la película diciendo que nuestro Diego es demasiado bueno, yo no vacilaría en disentir”, dice con ardor: “Nadie que admire a Frida podría presentarla simplemente como a una víctima de abuso. Rivera era un hombre gigantesco y feo, así que debe haber tenido lo suyo para que Frida quisiera estar a su lado durante todos esos años”.
“Frida aceptó casarse sabiendo que la capacidad de su marido para la fidelidad era muy exigua”, sigue Taymor. “Pero lo fenomenal es el modo en que ella resolvió esa frustración. No se quedó sentada en un rincón, abatida; asumió su propia vida sexual. Para mí, lo más fabuloso y perturbador es que, con todo lo que vivieron, nunca dejaron de amarse. Sobre el final, cuando ella estaba en el fondo del abismo, mal de salud, alcohólica y adicta a las drogas por el dolor, Diego volvió a su lado.”
Taymor, conocida por sus títeres de vanguardia, su versión teatral de El Rey León y la película Titus, parece la directora ideal para llevar a Frida a la pantalla. Ambas artistas comparten una sensibilidad visual que combina las imaginerías fantástica y folklórica con un realismo casitáctil. “Me atraía mucho el desafío de plasmar sus cuadros de un modo surrealista”, dice Taymor, que contrató a los hermanos Quay, animadores lírico-góticos, para reconstruir las alucinaciones que Frida sufre luego de su accidente –una escena a la que algunos responsabilizan del conflicto entre Taymor y Harvey Weinstein, el jerarca máximo de Miramax–.
“La película será asombrosa si Harvey Weinstein quita sus manos de ella”, dice Herrera, cuya biografía sirvió de base para el guión. “Si contratás a un genio como Taymor, es ridículo pedirle después que corte diez segundos de película. Y ella es tan fiera como él. Es la persona más determinada con la que trabajé en mi vida.” Mientras estuvo en Brasil grabando la banda sonora del film, Taymor se abstuvo de hacer comentarios sobre los rumores. Lo único que dijo fue: “Tuvimos una respuesta extraordinaria en las proyecciones previas. Créase o no, hombres y mujeres quedaron encantados por igual con la película. Porque no se trata sólo de su arte; se trata de su vida”.
Todos tienen su propia opinión sobre el magnetismo de Kahlo. Braverman dice que su Frida “es una buscadora de emociones, una delincuente, una revolucionaria... Pasó tanto tiempo de su vida sola, confinada en hospitales, que creo que tuvo una vida póstuma. En mi libro se alimenta del mito que ella misma está creando”.
Según Taymor, “Frida hizo de sí misma un icono. Tomó sus propias imperfecciones y las convirtió en lo último. Las cejas y los bigotes que se pintó en los cuadros son mucho más prominentes de lo que eran en la vida real; puso el énfasis en lo que cualquiera consideraría sus peores cosas y las volvió bellas. Creo que si eso resulta tan atractivo es porque demuestra que con la fealdad se puede hacer algo extraordinario”.
“A Frida Kahlo le habría encantado recibir tanta atención”, dice Herrera con una risita: “Si pintaba autorretratos era en parte para que la gente la reconociera”. Y probablemente se habría entusiasmado al ver a la petite mexicaine Salma Hayek engalanada con polleras con volados y joyas pesadas, la cara aderezada con la célebre monoceja y los bigotes. “En mi libro -dice Herrera–, hay una escena en la que está caminando por la calle con uno de sus médicos y se cruzan con una mujer hermosa. Frida dice: ‘Ésa va a ser mía’. Eso es lo que probablemente habría dicho de Salma.”

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