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Domingo, 21 de septiembre de 2008

FENOMENOS >LLEGAN LOS VAMPIROS CONSERVADORES

Los vampiros de látex

Una generación nueva de vampiros irrumpe en la televisión, el cine y la literatura. Incluso, el nuevo tanque para adolescentes que se estrena a fin de año consiguió lo impensado: después de destronar a J.K. Rowling de las listas de más vendidos, postergó el lanzamiento de la próxima Harry Potter. Pero no es justamente por los cuellos que hay que temer: no usan capa, casi no tienen colmillos, no beben sangre, no tienen sexo y encarnan lo peor del nuevo conservadurismo. Una guía para identificarlos y clavarles la estaca.

 Por Mariana Enriquez

Es el monstruo siempre relevante, el que está presente desde relatos míticos de las primeras civilizaciones, el que parece sintetizar tantos morbos y deseos y miedos humanos que difícilmente puedan desaparecer de la imaginación colectiva. El vampiro es la sangre, la peste, la plaga, el sexo, la noche, el exceso, la muerte; es la inmortalidad del cuerpo (no del alma, atención), la seducción, la decadencia, la juventud, la belleza que se vuelve horror, el desafío al orden, a la moral, a la religión. En cada época, su aparición sirvió como metáfora, como espejo social, que reflejaba o distorsionaba modos de ser e hipocresías: aparecieron como epidemia en el siglo XVIII, casi al mismo tiempo que se lanzaba la Enciclopedia en Francia, dejando ver que ese mundo ilustrado seguía guardando un vientre infestado de superstición; es desde hace más de cien años un personaje central de la cultura popular gracias al Drácula de Bram Stoker, que cuando se publicó, en 1897, le hablaba a la Inglaterra victoriana de la represión sexual, de la aristocracia explotadora, del autoritarismo del Imperio. El vampiro siguió sufriendo transformaciones. La masa zombi y contagiosa de Soy leyenda (1954) de Richard Matheson. La increíble anticipación del sida en la era de la liberación gay de Entrevista con el vampiro (1976) de Anne Rice: Lestat y Louis, los atractivos vampiros de Nueva Orleans, adoptan y hacen vampira a la niña Claudia, formando una “nueva familia”. El texto seguramente consiguió ser publicado sin mayores pataleos conservadores porque era una novela de terror, es decir una novela menor: suele ser el terreno más fértil para correr los límites de lo aceptable.

En las últimas décadas hubo vampiros por todas partes, y en algunos casos también se convirtieron en grandes fenómenos populares: Buffy, la cazavampiros, una creación para TV de Josh Whedon; los vampiros adolescentes de la escritora sureña Poppy Z. Brite (Lost Souls) que de alguna manera anticipan a los melodramáticos y superficiales jovencitos emo. Estos últimos eran dos caras diferentes de presentación de la cultura joven: la televisiva y apta para todo público y la neogótica, independiente e hipersexuada.

Pero fue recién en 2005 cuando los vampiros volvieron al centro de la escena con enorme fuerza, y cuando hablamos de fuerza hablamos de dinero y popularidad. Fue con la edición de Crepúsculo (Twilight), la primera novela de una escritora de religión mormona residente en Arizona llamada Stephenie Meyer. El próximo diciembre, Crepúsculo llega al cine con dirección de Catherine Hardwicke (A los trece, Los amos de Dogtown) y su lanzamiento envió a la sexta parte de Harry Potter al año que viene, para que no haya colisión de tanques. Por supuesto, a Stephenie Meyer se la llama “la nueva J.K. Rowling”: madre joven, saga fantástica (Crepúsculo acaba de llegar a su fin con el cuarto libro, Amanecer, por el que cobró un anticipo de 750 mil dólares) y diez millones de ejemplares vendidos. Pero las diferencias son igual de pronunciadas. Se podrían enumerar muchas pero, en resumen, J.K. Rowling escribe mejor y no es política ni religiosamente conservadora. Stephenie Meyer es la escritora que aman los padres que odian a Harry Potter por “diabólico”; es la que llenó un nicho vacío de mercado conformado por millones de adolescentes cristianos, sobre todo del interior de Estados Unidos, cuyos padres les controlan con rigidez las formas de entretenimiento. Stephenie Meyer pasó la prueba con una saga... ¡de vampiros! ¿Cómo lo hizo? Inventándose un tipo insólito de vampiro, muy desconcertante, por completo distante del mito: el vampiro abstinente.

Crepúsculo es la historia de Bella, una chica de secundaria que se enamora de Edward Cullen, integrante de una familia de vampiros muy particular: no cazan humanos, no beben sangre humana, y quieren participar de la vida de los vivos (Carlisle, el vampiro mayor, ¡es médico!). El joven Edward no sólo se abstiene de beber sangre: está enamorado de Bella, que casualmente exuda un olor que lo enloquece de deseo, pero él decide reprimirse. Sexo de verdad (la mordida suele entenderse como la metáfora del coito) no pueden tener porque él es demasiado fuerte y mataría a la chica. Así que los dos se la aguantan. Por lo menos hasta el libro final, cuando tienen un hijo; pero, eso sí, dentro del sagrado matrimonio.

Crepúsculo es, en realidad, una novela romántica a la antigua (muy) que usa seres sobrenaturales. La propia Stephenie Meyer confiesa que jamás leyó Drácula, ni a Stephen King, porque le impresiona demasiado (además, su religión le prohíbe exponerse a objetos que no sean aptos para todo público). Su formación como escritora son los círculos de fan-fiction de Internet. “Bella, la protagonista de mis libros, es una chica buena porque crecí en una comunidad donde serlo no era la excepción. Y todas mis amigas eran buenas chicas; y mis amigos, buenos chicos. Todos eran muy agradables y eso afecta lo que escribo. No veo al mundo con negatividad.” Asombroso: el neoconservadurismo ha alcanzado a la más rebelde de las criaturas. Y cómo: los cuatro libros de la saga romántica de Edward y Bella (Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse y Amanecer, todos editados aquí por Alfaguara Juvenil) estuvieron 143 semanas en las listas de best-sellers del New York Times; cuando se lanzó Eclipse logró, además, lo que parecía imposible: bajar del podio a Harry Potter & The Deathly Hallows apenas tres semanas después de su lanzamiento. Stephenie Meyer aventura una explicación de su éxito: “Mis libros tratan sobre resistir la tentación. Hay un deseo de elegir otro camino. Esa es la metáfora de mis vampiros”. Sucede que el vampiro siempre fue la tentación, no el intento de evitarla. Pero qué sabe Meyer: no leyó Drácula y no vio siquiera la película Entrevista con el vampiro porque la sangre le parece “asquerosa”. En algo es franca: “No creo ser una escritora. Soy una contadora de historias. Las palabras no son siempre perfectas”.

El éxito de Crepúsculo es tal que pocos se atreven a cuestionar las novelas, un poco por corrección política –nadie quiere parecer intolerante con la fe mormona–, otro poco porque nadie quiere parecer un viejecito que no comprende lo que les gusta a los adolescentes, y otro poco para no ponerse demasiado serio, ni leer demasiado profundo en lo que, se supone, es un entretenimiento pasatista para chicos. La que se animó fue la escritora Alisa Valdés-Rodríguez, que fue editora de Los Angeles Times, se especializa en chick-lit y se la conoce como “la Terry McMillan latina”. Es decir: los golpes no vinieron desde la academia sino desde el terreno común de la literatura popular. “He leído mucho sobre estos libros en los medios, sobre cómo son el nuevo Harry Potter, y cómo Meyer es multimillonaria porque las chicas y sus madres aman a los vampiros. Esas madres dicen en las notas que les gustan los libros porque son ‘bien limpitos’. Y con eso quieren decir que en los libros no hay sexo, ni gays, ni ninguna minoría, salvo los aborígenes norteamericanos, que son hombres-lobo... En el último libro, Bella termina casada y embarazada a los 18. ¿Limpito, no? Es fascinante que en los libros limpios de Meyer se celebren el racismo y el embarazo adolescente, y ningún crítico mainstream parece haberse dado cuenta... Estas no son historias limpitas con vampiros; son propaganda y, como toda propaganda efectiva, es un lobo con piel de cordero... Muchos me dijeron que critico a Meyer por publicidad. Ella y yo compartimos editorial, así que no me resulta demasiado conveniente. Pero tengo que hablar de esto, porque la mayoría de los periodistas y críticos son demasiado cobardes para hacerlo.”

Valdés-Rodríguez está indignada, y también están indignados muchos vampirófilos (es particularmente irritante que el sol haga brillar a los vampiros de Meyer en vez de quemarlos. ¿Qué son, duendecillos?). Es irritante, vamos, que los vampiros no sean los malos. Las feministas también están enojadas. Escribe el popular blog Jezebel: “Dice Bella en Amanecer: ‘Quería a este bebé como el aire que respiraba. No era una elección, era una necesidad’. Este mensaje anti-aborto se vuelve literal cuando el feto medio vampiro empieza a matar a Bella. Incluso cuando le rompe las costillas y le chupa la vida, ella dice: ‘No lo voy a asesinar’... Ya no existe la rapacidad de Drácula, ni la fuerte tradición de vampiros gays. Estos vampiros se unen de por vida y son heterosexuales. Viven en un mundo seguro, heteronormativo y aburrido”. Es decir, viven en un mundo que no existe, pero que es la gran fantasía de amplios sectores conservadores en todo el mundo y en diferentes culturas. Una vez más la criatura cumple su función, y en esta fantasía de seguridad sin turbulencias, que tan poco tiene que ver con la vida real, se ha vuelto a convertir en signo de los tiempos.

Placa roja

Vampiros en televisión: lo nuevo del creador de Six Feet Under y policías chupasangre

Los vampiros en su formato seguro y amigable –las criaturas malditas al fin domadas, se diría quebradas– también pululan por la televisión. El salto es notable: en Buffy, la cazavampiros se codeaban con humanos y hasta se lamentaban de ser predadores, pero todavía eran peligrosos. En True Blood, la nueva serie para HBO de Alan Ball –el creador de Six Feet Under–, el hiperconsumo ha domesticado al vampiro: Japón produce la sangre sintética que los alimenta, entonces ellos pueden “salir del ataúd” y mezclarse con los humanos sin ser un peligro. Es más: los humanos son peligrosos para los vampiros porque les roban la sangre, que es una droga que mejora la vida sexual y cura enfermedades. En los primeros episodios, una mesera llamada Sookie Stackhouse, que es capaz de leer mentes (Anna Paquin), salva de inescrupulosos ladrones de sangre al atractivo vampiro Bill. Todo transcurre en el pueblito de Bon Temps, Louisiana, sur profundo, y la chica se enamora del vampiro, entre otras cosas, porque no puede “escucharle” la mente y junto a él se siente “en paz”. True Blood, la serie, está basada en la serie de novelas de misterio y vampiros Sookie Stackhouse Southern Vampires, de Charlaine Harris, que empezó en 2001 con Dead Until Dark, entrega en la que está basada la primera temporada de la serie de Ball. Que no es mala, pero es un poco obvia en su metáfora de los vampiros como nueva minoría aceptable (con reservas).

La otra serie de vampiros se llama Blood Ties, es canadiense, se puede ver por AXN los sábados a las 19 y sigue la línea cachonda-trash de series de fantasía como Charmed. También se basa en una serie de novelas de misterio con elementos sobrenaturales, en este caso de la escritora Tanya Huff y sus Vicki Nelson Novels. La trama: una policía investigadora sufre una enfermedad que la deja legalmente ciega. Se retira, pero sigue ejerciendo la investigación en forma privada. La acompaña, como guardaespaldas y ayudante, el vampiro Henry Fitzroy, hijo ilegítimo de Enrique VIII. El resultado es Remington Steele mal hecha, con efectos que dan vergüencita y el colmo: un vampiro que trabaja para la policía y en ocasiones se enfrenta al “mal”. Plomazo.


Estos sí: Déjame entrar, libro y película

Infancia y desgracia

Eli, la vampira niña de la adaptación para cine de Déjame entrar, la poderosa novela del sueco John Ajvide Lindqvist.

No está todo perdido. Este año se conoció en la Argentina el extraordinario debut como escritor del sueco John Ajvide Lindqvist, la mejor novela de vampiros publicada en mucho tiempo: Déjame entrar, de 2004. Ubicada en un barrio suburbano de Estocolmo, la novela es arriesgada, deprimente y depresiva, y hace uso del vampiro para un comentario demoledor sobre la sociedad sueca. El vampiro es una niña llamada Eli, que se muda al suburbio de Blackeberg con su protector, un hombre mayor llamado Hakan, que la provee de sangre (ella es muy pequeña y a veces se le complica hacerlo sola). Pero la amistad no es desinteresada: Hakan es un pedófilo y está enamorado de Eli, de 12 años. Déjame entrar no ahorra espanto: cuando Hakan va a la biblioteca nacional de Estocolmo a buscar un chico, y le ofrecen un niño cuyos dientes fueron arrancados por su explotador para que pueda ejercer mejor el sexo oral con sus clientes, queda claro quiénes son los verdaderos monstruos. El otro personaje principal es Oskar, un chico de 12 años que se hace amigo de Eli, y que sufre terribles castigos en la escuela, donde lo golpean por gordo, por tímido, por raro (tanto lo golpean y él tiene tanto miedo que anda con una “bolsa de orina” encima, ubicada entre las piernas, para no tener que sufrir la humillación extra de los pantalones húmedos cuando se hace pis encima de puro terror).

El resto de los personajes son alcohólicos, abandonados, sostenidos por el sistema de seguridad social sueco, que les permite echarse a morir si así lo desean.

En Déjame entrar, los niños sólo pueden ser depredadores, para no ser presas, para no ser víctimas. Oskar aprende a responder a los ataques gracias a las enseñanzas de Eli, y al coraje que le da su nueva amistad. Eli es un ángel de la muerte, un nómade portador de desgracias: un vampiro. No es una criatura agradable, es de cuidado y en su enorme soledad tiene mucho que decir sobre el vacío de sentido, la depresión, las adicciones y la violencia en sociedades hipersatisfechas.

Déjame entrar produjo otro milagro: una película a la altura del texto, incluso mejor. Se tradujo como Let the Right One in, la dirigió Tomas Alfredson y aquí se vio en el último Bafici. Además de una fotografía exquisita y una estética distante que funciona a fuerza de gran belleza, tiene a dos chicos actores magníficos, cálidos y muy tristes: Kare Hedebrant como Oskar y Lina Leandersson como Eli, rubio y morocha, luz y sombra. John Ajvide Lindqvist, que escribió el guión, dejó afuera voluntariamente la subtrama de pedofilia, porque creyó que resultaba muy difícil tratar el tema en una película. Tuvo razón. De todas maneras, los niños actores tienen escenas que serían muy difíciles de rodar en un set de Hollywood (o incluso en un set indie de EE.UU.), tanto por cuestiones de violencia como por cuestiones sexuales. Eso no detiene a la industria, que planea una versión en inglés para 2010. Seguro, segurísimo, que será otra remake fallida.

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El vampiro Edward Cullen, encarnado por el actor Robert Pattinson, para la adaptación de la conservadora Crepúsculo, de Stephenie Meyer, que se estrena en diciembre.
 
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