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Domingo, 15 de febrero de 2009

DUOS > COLIN FARRELL Y EDWARD NORTON JUNTOS EN CODIGO DE FAMILIA

Muchomuchacho

POR MERCEDES HALFON

No vamos a negarlo: Código de familia (Pride and Glory, película que está pronta a estrenarse en cines) es un plomo de principio a fin; familia de policías enfrentados por dilemas laborales y éticos, la típica contradicción que suscita ponerle el cuerpo diariamente a la cruda realidad de las calles de Nueva York. En esta historia, Edward Norton y Colin Farrell son antagonistas: el policía moralista y el policía adaptado. Pero, la verdad, esta ética de los personajes mucho no nos importa. La platea femenina no puede más que aullar de excitación viendo ese duelo de bellezas recias. Rubio y castaño, los dos con fama de “actores intensos”, y la consecuente sospecha de lo que esa intensidad puede dar lugar en climas más íntimos. ¡Edward, no sufras más por los problemas de conciencia! ¡Lo tuyo no es la policía! Te preferimos de gangsterzuelo en sus últimos días de libertad, como en Hora 25 de Spike Lee, o de principiante de loco como en El club de la pelea. Lo de Edward Norton es la belleza oscura, refinada, seria. En algunos momentos puede parecer peligrosa, en otros un poco trash. Ya en el principio de Pride and Glory, cuando aparece abrigado hasta la nariz y se sienta en la tribuna de un partido de fútbol americano amateur, nos fulmina con sus ojos azules como parte del paisaje congelado; es su lado serio-sexy. Después se calza su traje de policía, camina custodiado por John Voight rumbo a alguna situación judicial con un corte de pelo castrense, haciendo imposible dudar de su ejemplaridad como oficial, y a la vez obnubilándonos con esa onda parca, impecable. Algo que cambia completamente cuando habla en español con las testigos presenciales de los crímenes, todas lindas latinas de pelo ondulado, a las que les balbucea una jerga chicana bastante bien pronunciada, endulzándoles el oído, mirándolas muy de cerca hasta que ellas confiesan lo peor, delatan a sus ex amantes y a sus amigos. Imposible culparlas porque ahí sí que Edward se torna bastante oscurito y completamente irresistible. Qué decir cuando sobre el final va a un bar de borrachos a buscar a su archienemigo Colin Farrell para arrestarlo y se embarcan en una pelea destroyer cuerpo a cuerpo, donde vale todo, incluso darse en la cabeza con las durísimas bolas de pool del lugar. Sangrando y con dificultades en el combate, Edward nos abre su vena más trash, que ya no esconde su cuota calenturienta.

POR MARIANA ENRIQUEZ

Siempre le queda bien pelear a Norton. En El club de la pelea su cara toda rota y su cuerpo en punto justo tuvieron un esplendor que ni siquiera pudo opacar el entonces extraordinario Brad Pitt. Pero esa pelea final de la mediocre Pride and Glory no se la lleva toda Edward: también es para lucimiento de Colin Farrell, actor discreto de encanto gigantesco. Una vez más, sin embargo, hay que soportar al mejor picarón atorrante del cine haciendo de policía, una decisión de casting que es desastrosa, productores escuchen por favor, lo de Farrell es sexo y chamuyo y juerga, o gran angustia tierna: a Farrell se lo disfruta en Perdidos en Brujas haciendo de matón suicida o en Phone Booth haciendo de trepador arrepentido (¡qué goce esa película, qué idea ponerlo en una cabina telefónica como protagonista excluyente, a todo primer plano); no del lado del orden, menos con esa cara de desorden y mentira total que tiene, especialmente con esas cejas superexpresivas y superpobladas. ¡Y cuántas veces hizo de uniformado! Minority Report (2002), S.W.A.T. (2003), The Recruit (2003), Miami Vice (2006), que por lo menos es una película decente; y sabemos que hizo de policía tantas veces porque hubo que ver cada bodrio religiosamente porque, bueno, es Colin. Y Colin apela a lo peor, a la debilidad por el muchachito que hace mil cagadas, pero se le perdona todo porque... qué sonrisa más maravillosa, qué espalda, qué acento irlandés. Encima, a veces parece que quiere hacer algo con su carrera. Actuó en la adaptación de Una casa en el fin del mundo de Michael Cunningham con resultado discutible; hizo Ask the Dust sobre John Fante; se puso en manos de Terrence Malick para El nuevo mundo. En los papeles, eran películas que podrían haber salido bien. No fue el caso, y no fue culpa de él. Sobre Alexander no hay mucho que decir salvo que seguro en 20 años será reivindicada como clásico camp al estilo Cleopatra de la Taylor y Richard Burton. Una pena que sólo haya una escena de sexo, aunque notable, con Rosario Dawson. Hubiera sido lindo ver a Colin revolcándose con Jared Leto, que hace de Hefaestión, sabido es, amante de Alejandro de Macedonia. Oliver Stone se asustó. Pero por aquí no hay miedo, y queremos más Colin al natural. Recomendación: conseguir aquel infame video erótico privado que su amante de entonces, una chica Playboy, dejó filtrar en la web. Lo que Colin le hace entre las piernas es para el aplauso, porque pocas veces se ve a un hombre así de hermoso sabiendo cómo usar la lengua.

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