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Domingo, 8 de marzo de 2009

CINE > LLEGA CORALINE, UNA DE LAS OBRAS MAESTRAS DE NEIL GAIMAN

Una puerta entre dos mundos

Admirado por sus colegas desde que revolucionó el mundo de la historieta con Sandman durante los ’90, Neil Gaiman es, según Stephen King, “un tesoro en la casa de las historias”. Pero sus maravillas mitad fantásticas y mitad tenebrosas siempre sufrieron al intentar pasar al cine. Por suerte, con la flamante Coraline y de la mano del gran Harry Selick, el hombre detrás de El extraño mundo de Jack, la suerte de Gaiman y la nuestra empieza a cambiar.

 Por Martín Pérez

Apenas empieza Coraline, su pequeña protagonista encuentra una puerta. Pero no se trata de cualquier puerta, sino que es la única conexión entre su aparentemente aburrido mundo real y otro mundo, igual a aquél, pero que promete –al menos en un principio– ser más condescendiente. Deudora de la Alicia de Carroll, la Coraline de Neil Gaiman es –sin dudas– una de las obras maestras de un autor que, como guionista de historietas, supo revolucionar el género durante los ’90. Y se ha dedicado durante esta nueva década a intentar nuevos desafíos, sintiéndose cada vez más cómodo dentro del ámbito de la literatura juvenil, donde se destaca esa obra maestra titulada Coraline. Un pequeño libro en el que destila lo mejor de su arte, tal como lo describió alguna vez Clive Barker: “Lo suyo no es contar historias lineales, del tipo que se leen y se olvidan, ni proveer tranquilizadoras soluciones morales. Sino que construye sus historias como algún cocinero demente podría hacer una torta de casamiento, construyendo capa sobre capa, escondiendo toda clase de dulces y amarguras en la mezcla”. En el mismo texto –el prólogo a Doll’s House, la primera gran historia de Sandman, una cumbre increíblemente superada por su sucesora, Season of mists, algo que terminaría sucediendo saga tras saga– Barker diferencia entre dos clases de narradores de historias fantásticas. Por un lado, dice, están los que ofrecen una realidad que se parece a la nuestra y postulan entonces una segunda realidad invasora, que debe ser acomodada o exiliada por el status quo que intentan ocupar. Y por el otro, señala Barker, están los que simplemente postulan que todo el mundo está hechizado y es misterioso. No hay ningún sólido statu quo, sólo una serie de realidades relativas, personales a cada uno de los personajes, que son frágiles y sujetos a erupciones de otros estados y condiciones. Ahí es donde Barker inscribe a Gaiman, entre los creadores de historias que se alejan de la seguridad de la costa y se aventuran en la furia de las aguas profundas. Y no deja de ser sorprendente que, luego de haberse enfrascado en esas peleas literarias en serio de las que Bolaño decía que nadie suele querer leer –y hacerlo ante el gran público, como lo hizo durante los exitosos y revolucionarios años de su Sandman–, Gaiman haya decidido intentar también ser uno de esos otros escritores de los que enumeraba Barker, los que presentan un mundo real y otro que lo cuestiona. Pero, como bien lo demuestra en Coraline, nada es lo que aparenta y pocos cumplen lo que prometen. Aun escribiendo para chicos, Gaiman comunica dos mundos con una puerta, y lo que suceda después parecerá no ser su culpa. Salvo el ritmo sutil y acompasado de su prosa, que nunca expulsa y siempre invita. Como queriendo crear una tierra común con el lector, así a ambos les será más difícil dar vuelta la cara cuando llegue el momento de mirar a los ojos a su verdadera historia, sea la que fuera.

SALVANDO LIBROS DEL CINE

Alguna vez Alan Moore dijo que quienes consideren que el mundo mainstream de los comic books se había hecho adulto luego de sus obras durante los ‘80 –y la de sus más brillantes contemporáneos, como es el caso de Neil Gaiman–, estaban cometiendo un gran error. Porque, si bien en los ‘80 una historieta con cerebro era considerada un fenómeno tan de circo como un perro manejando una bicicleta, los éxitos de trabajos como Watchmen, lejos de inspirar a los autores de historieta a explorar nuevas posibilidades del medio en los años subsiguientes, lo que más habían generado eran meras copias. Los comics se habían vuelto más oscuros, es cierto, pero no más adultos. De hecho, sostenía Moore, los lectores de comics, lejos de crecer, parecían haberse vuelto más adolescentes. O se mantenían en una adolescencia cada vez más eterna. Después de todo, la paradoja era tal que los lectores de historietas pasaron a ser efectivamente cada vez más adultos, pero el género –salvo excepciones– seguía siendo adolescente. Lejos de crecer, se resignaba Moore, esos lectores querían mantenerse a salvo del mundo real. “En el mejor de los casos, se trata de nostálgicos sin remedio –explicaba–. Y en el peor tal vez se trate de gente que no está preparada para dejar ir su infancia, sin que les importe lo trilladas que sean las aventuras de sus héroes.” Ante semejante panorama, Moore decidió simplemente dejar de lado el mundo de los comic books tradicionales. Alejarse de todo, encerrarse en su hogar, y no responder ni siquiera ante el canto de sirena de Hollywood, el nuevo hogar de esa clase de sueño norteamericano. Harto de golpear para que despierten, Moore decidió olvidarse de ese público. El camino de Gaiman fue diferente: lejos de ser un visionario febril como su amigo Alan, el buen Neil es un narrador clásico, por momentos ciertamente chestertoniano, que disfruta de contar sus historias. Lejos de esperar la revolución, Gaiman elige contar y contar, volver siempre a empezar, confiando en encontrar siempre un camino diferente, o que el mismo camino termine guiando la narración –y a sus atentos escuchas– hacia otros destinos. Así fue como disfrutó no sólo del suceso de su Sandman, sino que logró algo sin precedente: que en lo más alto de su éxito, la compañía dueña del personaje que tan sabiamente había revivido –DC, el hogar de personajes interminables como Superman y Batman, sin ir más lejos– le permitiera dar por terminada su historia, sin continuarla con otros artistas. Y si bien no pudo impedir que intentasen llevarlo al cine, el destino –que, después de todo, es uno de los eternos que protagonizan la saga– ha impedido que los sucesivos proyectos llegasen a buen puerto. Con Muerte, su personaje tal vez más querido y personal de todo Sandman, aprendió la lección y jamás dejará que lo dirija otro que no sea él. Y si eso quiere decir que nunca llegará al cine, pues que así sea. Como Moore –y Raymond Chandler–, Gaiman parece pensar que sus libros están sanos y salvos en los estantes de su biblioteca. Algunos de ellos, al menos.

CON LOVECRAFT DE SU LADO

Aunque parezca más un integrado que un apocalíptico en comparación con Moore, Gaiman ha encabezado sus rebeliones. Aún resulta emocionante repasar el entusiasmo con el que Harlan Ellison –uno de los responsables y abanderados de la revolución de la ciencia ficción en los ‘60, cuando sus mejores protagonistas intentaron hacerla más adulta y acorde con los vientos que soplaban por aquellos tiempos– recuerda el escándalo que se generó cuando uno de los números de Sandman ganó el premio Howard Philip Lovecraft al mejor cuento corto, en la FantasyCon de 1991, realizada en Tucson. “Yo estuve ahí y disfruté con diabólico placer cómo todos esos seudoescritores fantásticos y artistas y críticos estaban sentados, esperando que ganase un cuento común y corriente, y se atragantaron cuando este historietista renegado se llevó el premio más grande de todos”, escribió Ellison en el prólogo de Season of mists (en el que confiesa, como no podía ser de otra manera, que la historia siguiente, la extraordinaria A game of you, es aún mejor). “Tanto se enfurecieron los fieles ante esa elección, que las grises eminencias que conducen la FantasyCon desde detrás de un sombrío halo de misterio reescribieron las reglas para que, el cielo no lo permita, ninguna otra historieta pueda volver a ser nominada, y mucho menos tener oportunidad de patear algún trasero artístico.”

Por supuesto, a diferencia del aislamiento que disfruta Moore, Gaiman mantiene un site desde la aparición de American Gods, su primer intento serio de novela, a comienzos de esta década (que continuó con Los hijos de Anansi, la única editada localmente, directo al formato de bolsillo). Y desde que se comunica casi diariamente con sus fans, cada una de sus obras ha logrado una repercusión única dentro del medio, casi sin depender de otra difusión. Así es como cada una de sus novelas –publicadas por la poderosa Random House– ha alcanzado el nº 1 en ventas en las listas del New York Times. No ha sucedido lo mismo, por cierto, con un medio mucho más masivo como el cine, en el que Gaiman –a pesar de sus reticencias respecto de Sandman– no ha dejado de incursionar. Así es como Stardust perdió todo su brillo en la tonta adaptación de Matthew Vaughn, y su adaptación de Beowulf (dirigida por Robert Zemeckis) terminó mordiendo el polvo de la derrota en taquilla. Aunque al pasar a la pantalla grande pierda la sutileza del texto de Gaiman –y la atenta voz de su pequeña protagonista– , la flamante adaptación de Coraline mantiene (¡al fin!) gran parte de la magia del original, gracias al talento de Harry Selick, el genio detrás de La extraña noche de Jack, que la creencia popular atribuye aún hoy a Tim Burton, cuando apenas si fue el creador de los personajes originales. De hecho, la nueva y fascinante novela juvenil de Gaiman (The Graveyard Book, en que un niño es educado por los fantasmas de un cementerio) ya está en tratativas para ser dirigida por Neil Jordan, el director de El juego de las lágrimas y Entrevista con el vampiro. Después de haber luchado las peleas de verdad con su Sandman, y haber vencido en todas, Gaiman sigue encontrando nuevos escenarios en los que pelear. Autor de culto y al mismo tiempo popular, pero ausente en las librerías locales –salvo las que estén vinculadas con las historietas o los libros para chicos–, Gaiman es uno de esos milagros hechos realidad para quienes les gusta dejarse fascinar por las historias. Y crecer con ellas. “Neil Gaiman es un tesoro en la casa de las historias, y tenemos suerte de poder disfrutarlo en el medio que sea –escribió Stephen King–. Su fecundidad, abrazada a la calidad de su trabajo, es al mismo tiempo algo maravilloso e intimidante.” Lo segundo es tal vez lo que sintieron aquellos desplazados en la FantasyCon que recordaba Ellison. Lo primero es lo que siente cada lector que se enfrenta a sus historias, ya sea un niño ante una puerta extraña, o un lector de historietas ante la huida de Lucifer del infierno, como sucede en Season of mists. Ambos adultos al leer, y niños al disfrutar de hacerlo. Como debe ser.

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