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Domingo, 8 de diciembre de 2002

VISITA GUIADA

Vamos al Campos

Fue el responsable de los calendarios argentinos más famosos, trabajó para Walt Disney y sus dibujos llegaron a ser usados como mascotas por un par de aviadores de combate de la Real Fuerza Aérea destacados en la India. Sin embargo, Florencio Molina Campos nunca expuso en vida en un museo y hasta el salón de dibujantes de Azul se dio el gusto de rechazarlo. Por eso, para la exposición que se organiza hasta fin de año en Maman, Radar invitó a Luis Benedit (responsable de la retrospectiva de 1998 dedicada a Molina en el Museo de Bellas Artes) a recorrer la muestra y charlar sobre los aspectos menos discutidos del hombre que compuso el equivalente pictórico de Don Segundo Sombra.

POR LAURA ISOLA
El 14 de marzo de 1930, la Sociedad Anónima Argentina de Alpargatas le confirmó a Florencio Molina Campos que aceptaban el precio convenido de $ 6000 por la confección del almanaque de la empresa para 1931, que consistía en 12 pinturas originales. Éste es el puntapié inicial para que el pintor, que continuó haciéndolos durante doce años, se transformara en el personaje del arte argentino más difundido. Sin embargo, la publicidad de su obra no siempre estuvo vinculada al prestigio y el aura de los museos, y se puede decir que es relativamente novedoso visitar sus láminas despojadas de días, meses y años. En la galería Daniel Maman se puede ver ¡Viva la Argentina, caracho!, la muestra que reúne veinte láminas originales, debidamente enmarcadas y cuidadosamente iluminadas, de los que en otras épocas fueran decorado de cocinas, bares y pulperías a merced de las inclemencias de lápices rojos, grasa y tierra del campo argentino. Luis F. Benedit, un precursor en esto de hacer entrar a Molina Campos al museo, si se recuerda la brillante retrospectiva de 1998 en el Museo de Bellas Artes, es el guía perfecto para un recorrido que ubica a este pintor dentro de un original canon del arte argentino, desprovisto de la telúrica mirada nacionalista: “Cuando organicé la exposición en 1989 en el Museo de Bellas Artes, la viuda decía: Si Florencio se viera en el museo... Él se debe haber sentido muy mal porque nunca fue aceptado en un salón: hasta fue rechazado en el salón de dibujantes de Azul. Te das cuenta de lo que podría ser el salón de Azul y, sin embargo, lo rechazaban. Estuvo siempre categorizado como caricaturista, que es lo mismo que decir: menor”.
Aunque su currículum, en este sentido, es más que interesante: en 1941, Mobiloil aludió a la potencia de sus productos mediante grandes carteles en las rutas con cuadros de Molina Campos: “Se volvió potro el bichoco” (un auto viejo); “Gaucho modelo 1941” (lleva su parejero en un acoplado tirado por un auto); “Suave como tus caricias, prenda” (un paisano a todo galope); y “Lo voa suavizar” (una doma). Luego viaja a los Estados Unidos, contratado por la revista Liberty, para hacer dibujos de su especialidad y una serie denominada “Andanzas de un gaucho en Nueva York”. Cuando Walt Disney visita la Argentina tiene en su agenda lograr que Molina Campos trabaje para él y concurre al domicilio de los Molina Campos para su cometido. Todo queda arreglado y Disney pide conocer el estudio del dibujante. El sábado siguiente, Disney y su comitiva llegan en automóviles al rancho Los Estribos de Moreno, a orillas del río Reconquista. Allí, el hombre de hielo realiza un tour de force de la vida rural: se come unas empanadas y asado, toma mate, baila nuestras danzas folklóricas, se retrata con el poncho Pampa de Molina Campos montando el caballito de madera que don Florencio había construido como portarrecado. Elvirita, la mujer de Molina Campos, le ofrece un patito criollo, hermano de su célebre Donald. Para 1942, el pintor es contratado por Walt Disney como asesor técnico, para colaborar en los rodajes de El gaucho volador, El gaucho reidor, Goofy se hace gaucho y Saludos amigos. El affair con Disney termina mal porque a don Florencio el gaucho Goofy no lo convence ni un poco. Pero las aventuras de Molina Campos en el extranjero no terminaron aún y una serie más de hechos insólitos y un poquitito bizarros están por venir. Primero, la noticia de que dos aviadores de combate angloargentinos, miembros de la Real Fuerza Aérea destacados en la India, han pintado sus aviones con personajes de Molina Campos como mascotas. Luego, en ocasión del 25 de mayo, el cónsul argentino en Los Angeles, Emilio Lazcano Tegui, organiza una fiesta en su casa para la cual Molina Campos convierte el garaje en una pulpería y prepara un caballo al que pone su montura. Finalmente, el matrimonio Molina Campos se instala en Los Angeles y en la Paramount, y el dibujante argentino se convierte en maestro de baile: su aventajado alumno es Fred Astaire, que aprende las delicias del malambo criollo.¿Qué es lo encuentra en Molina Campos como original?
–No sé si era muy refinado, pero no era un rústico. Me parece fundacional, ya que la pintura que hay anterior a Molina es de pintores viajeros o sino de pintores académicos a la manera europea. Incluso los que hacían algunas escenas campestres, si se le cambia el sujeto son totalmente europeos: la luz, las formas y hasta en los caballos son europeos. En cambio Molina, sin demasiada reflexión sobre el asunto, empieza a pintar otra cosa. Es un buen pintor, aunque no siempre. Pero lo que más me interesa es esa forma fundacional y que es bien argentina, pero no por los sujetos solamente sino también por el sistema. Logra un sistema muy bien estructurado que funciona como criba o tamiz para pasar cualquier imagen.
Un buen ejemplo de esto es que entre 1944 y 1958 una empresa de Minneapolis lo contrató para realizar la ilustración de sus calendarios, que por supuesto serían distribuidos en los Estados Unidos. Lo interesante es que ni aun así Florencio Molina Campos abandona su temática del campo argentino e ilustra con “sus queridos paisanos”. “Es como promocionar productos argentinos con un afgano”, remarca Benedit.
¿Qué opina sobre este hábito de leer parodia crítica en sus cuadros?
–Yo creo que no se ríe de nadie. Creo que le sale así. Su obra es celebratoria.
Pero Molina Campos pinta y celebra un campo que ya no existe en los años 20. Es un equivalente pictórico de Don Segundo Sombra, que también describe un ambiente y unos personajes extinguidos.
–Es cierto, cuando empieza a pintar a los años 20, pinta de memoria porque todo eso ya no existía. Todo eso ya había desaparecido, aunque el contacto campo-ciudad era mucho más intenso y fluido de lo que fue después. Pinta de memoria esa especie de mundo feliz, donde no hay ricos ni pobres. Un mundo sin conflicto, porque su versión de la Campaña al Desierto y los malones, que debió ser de una sordidez espantosa, es épica. Todo está visto con simpatía y con mucho amor. Si bien ese mundo ya no existe en su momento, las caras de los personajes de Molina Campos son caras que podés ver todavía: miralos a Daer o Moyano, les ponés sombrero y son un Molina Campos perfectos.
Hay una lectura de Molina Campos a partir de la inocencia.
–Yo no estoy de acuerdo con que sea inocente. Creo, en cambio, que es un profundo observador y que tenía un amor genuino. Es un rescate. En su iconografía están todos los detalles del apero criollo y son totalmente fidedignas. Tanto es así que cuando hay discusiones entre criollistas sobre si el medio bozal era de tal o cual forma, se recurre a Molina Campos para zanjar la disputa.
Los almanaques vienen provistos de refranes y leyendas, que unidos a ese rescate del campo como lugar de lo incontaminado o del pasado idealizado proyecta una pedagogía, cierto espíritu moralizante.
–Él tiene una moralina. Eso se puede ver en cartas. Además inventó un personaje llamado Teléforo Areco, que escribe cartas de fin de año llenas de buenas intenciones. Después pone algunas máximas y consejos en la parte de atrás de las láminas: prudencia en el beber, no pelear.
¿Hay una intencionalidad política que contradice el proyecto de la generación del ‘80?
–La gran pregunta permanente es qué hubiera pasado si no hubiese venido la inmigración que vino y se hubiera seguido con lo de antes, que era mucho más sólido de lo que se cree. Un mundo anterior a la inmigración con su ética, su épica que se borra con el proyecto de país europeo. En Molina hay una concepción en este sentido, aunque no es xenófoba. La diferencia con Martín Fierro es que este texto es despreciativo con los inmigrantes. Tampoco es que en Molina vas a ver a algún inmigrante en una tarea “noble”, como enlazar, pialar o marcar ganado. Los que están en susláminas son los habitantes naturales de la campaña: el vendedor de baratijas, el pulpero o el fotógrafo como en Mirá lo pacarito nena! Y así como están, entran en su mundo feliz”.

Esta muestra podrá verse hasta el 31 de diciembre en Maman (Av. del Libertador 2475). De lunes a viernes de 11.30 a 20 hs. Y los sábados de 11.30 a 19.00 hs.

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