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Domingo, 17 de mayo de 2009

Del Panteón a Buenos Aires

 Por Rene Goscinny

El 14 de agosto de 1926, mi hermano mayor dejó de ser hijo único. Nunca me lo perdonó. Nací en el distrito V de París, no muy lejos del Panteón, ¡súper práctico! “A los Grandes Hombres, la Patria agradecida”, es poco frecuente que se lo digan a uno ya desde el nacimiento.

Me fui de Francia en 1928, llevando a mis padres conmigo, y me quedé en Argentina hasta 1945. Nuestra llegada fue maravillosa: nos esperaban con guirnaldas, un desfile militar y fuegos de artificio. Sí que sabían recibir bien a los que arribaban. Mucho después me enteré de que habíamos llegado el día de una celebración patria.

Hice la escuela en español y también en francés: la primaria era obligatorio hacerla en español, y al mismo tiempo la cursé en francés. Luego entré en el Liceo Francés de Buenos Aires. Es gracias a eso que hoy puedo decir así, con facilidad y sin dudar, que “dos más dos son quatre”.

Ya en ese tiempo hubiera hecho cualquier cosa para hacer reír a mis compañeros. Y para hacerlos reír a ésos había que hacer cualquier cosa. Era un niño tímido y, ahora, soy un adulto tímido. Era muy buen alumno, porque me habían dicho que se estilaba. Creía que un mejor alumno se aburría menos. Es un error común: el primero de la clase se aburre tanto como el último. Yo era un niño absolutamente no deportista y nunca me peleaba. Más bien me pegaban. No muy seguido, por otra parte, porque nunca me quedaba demasiado tiempo cuando la cosa se ponía fea.

Sí, por supuesto, yo hacía dibujitos en los márgenes de mis cuadernos. Tenía un amigo que, en cambio, llenaba sus márgenes con números. Ahora es editor. ¡Ah, sí!, en clase hice un periódico del que era el único compaginador e ilustrador. También era su único lector.

Aún hoy me pregunto qué fui a hacer a Estados Unidos. Uno de mis tíos, que vivía allí, me había escrito: “Tienes que venir a los States”. Y yo, cuando me dicen las cosas con cierta energía, me pongo en marcha. En síntesis, fui con mi madre y, al poner los pies sobre el suelo de Estados Unidos, comencé a preguntarme qué hacía allí. Como los estadounidenses se hacían la misma pregunta...

Muy pronto me dieron una razón de ser: me convocaron a su ejército. A mí no me parecía gran cosa y además tenía ganas de volver a Francia. Fui al consulado francés para preguntar si no existía un modo de zafar. Me dijeron que fuera a ver al agregado militar. Este último, naftalínico en extremo, me dijo: “¿Alistarse en el ejército francés? ¡Pero usted está loco! En el ejército estadounidense, estará mucho mejor: ¡Comerá huevos todas las mañanas!”.

Yo, que nunca como por la mañana, quedé asqueado, y dije no, no, quiero alistarme en el ejército francés. Me dieron un uniforme, una misión a cumplir (díganme si no es serio), y me embarqué en el “Ile de France”. Todos los días langostas. Se soportaba. En Francia, cuando llegué, me preguntaron qué sabía hacer. Dije que hablaba tres lenguas, que escribía a máquina, que dibujaba un poco, que tenía algunas nociones comerciales y que había hecho algo de periodismo. Entonces, me mandaron a la infantería alpina, del lado de Marsella.

Al llegar allí, lo primero que me pidieron mis camaradas fue “¡pan!”. No comíamos nada. Perdí veinte kilos en tres meses. Con decirles que me cambiaron el uniforme basta. Y cuando en el ejército francés hacen eso es porque verdaderamente se trata de un caso extremo. Hay que aclarar que yo daba media vuelta y el uniforme no se movía. Estaban hartos de ver a un muchacho con la corbata en la espalda. Todos me decían: “¿Pero para qué viniste acá? Parece que en el ejército estadounidense ¡comen huevos todas las mañanas!”.

Al cabo de un año, me enviaron de regreso a casa. Como recuerdo me quedaron el grado de sargento, una red forrajera, la insignia de mi batallón y un par de medias de lana que no estaban nada mal.

Una vez de regreso a Estados Unidos, me ocupé en ser un desocupado. Quería animarme a probar esos oficios que me trabajaban la cabeza. Los oficios sí que trabajan, en cambio yo, desafortunadamente...

Y entré en un estudio donde encontré al equipo que fundó la revista Mad: Harvey Kurtzman, Willy Elder y hasta Jack Dais. En ese momento conocí a Jijé y a Morris. Trabajé para un editor de libros infantiles que pronto se declaró en quiebra. Y fue entonces cuando decidí dejar de hacerme el payaso, abandonar Estados Unidos e ir a trabajar a Francia...

Autor de Asterix, Lucky Luke y varios personajes más de la más tradicional historieta de la escuela franco-belga, René Goscinny se crió en Buenos Aires, se formó profesionalmente en Estados Unidos y recién después se hizo famoso en Europa. Algo que cuenta en este texto que abre y bautiza el volumen Del Panteón a Buenos Aires (Libros del Zorzal), ilustrado por dibujantes como Druillet, Boucq, Mezières y Juillard, entre otros.

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