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Domingo, 19 de julio de 2009

MUSICA > ALBERTO “MANDRAKE” WOLF, EL SECRETO URUGUAYO

El mejor Mandrake

Aunque forma parte de la escena uruguaya desde hace más de veinte años, tocó con ese mito que fue y es Eduardo Mateo, se adentró en el candombe pesado siendo un rubio de Pocitos, tuvo una relación de íntima enemistad con El Príncipe y cuenta en su haber más de un hit del otro lado del río, Alberto “Mandrake” Wolf es prácticamente un desconocido en Buenos Aires. De no es sólo su último disco, sino el mejor de los que grabó hasta ahora: un destilado de homenajes musicales con canciones propias. Y aunque no se consigue en las disquerías argentinas, se puede escuchar en Internet.

 Por Martín Pérez

desde Montevideo

Una nueva guitarra eléctrica y un productor joven. Así es como resume Alberto “Mandrake” Wolf las claves para que su último disco, De (2008), sea el mejor de su carrera. La nueva guitarra eléctrica es una Telecaster, por la que Alberto dejó de lado la Stratocaster que había enchufado para cambiar su sonido dos discos atrás. “Parece una pavada, pero fue fundamental”, aclara el músico, que con ese nuevo sonido grabó un demo de diez temas breves y concisos, abarcando varios estilos pero compartiendo una misma visión. “Innervisions”, dice Mandrake, citando un disco clásico de Stevie Wonder. Visiones interiores, o sea. Y las visiones de Mandrake van desde una charla-homenaje con El Príncipe hasta la curtida historia de amor del chileno y la brasileña, matizado por homenajes al candombe beat, la hermosa descripción blusera de “Biarritz” y un emocionante final musicalizando al piano un texto de Klaus Kinski: “Los truenos conmueven el cielo/ me iluminan los relámpagos/ nunca he sido tan feliz en mi vida”. Un abanico de temas y estilos que ganó coherencia y, especialmente, contundencia rockera, gracias a la producción de Guillermo Berta, que Wolf conoció inicialmente como el baterista de Sinatras, un grupo que lo había contactado para invitarlo a grabar una canción con ellos. “Cuando fui al estudio y lo vi trabajar, me lo traje conmigo”, confiesa Mandrake, un personaje conocido dentro del ambiente musical montevideano desde hace más de dos décadas. Un heredero fiel de la línea musical marcada por Mateo y Jaime Roos, pero que recién con su extraordinario disco De parece haber conseguido el mejor resultado posible en la evolución de ir cambiándole ese beat al candombe hasta hacerlo bien rock. Con las manos llenas de canciones, claro está. Por eso es que aquellos diez temas del demo pudieron pasar sin ningún agregado a conformar el álbum que arrasó –con toda justicia– en los últimos Graffiti, algo así –con perdón– como los Grammy uruguayos. Un premio que, con el galardón de disco del año otorgado el año pasado al grupo La Hermana Menor por su disco Todos estos cables rojos y ahora al de Alberto Wolf y Los Terapeutas, demuestra ser casi una excepción dentro de una clase de ceremonias que suelen regirse por popularidad u otra clase de compromisos antes que por un atrevido gusto estético. “Después de los premios, le pregunté a mi mujer qué había pasado, si tenía un cáncer y no lo sabía. ¡Porque nunca había ganado nada hasta entonces!”, bromea Mandrake, que a pesar de haber sido casi un discípulo de Eduardo Mateo y compartido generación con El Príncipe –los dos últimos mitos póstumos uruguayos desde este lado del río–, aún es casi un desconocido en tierra porteña. Una injusticia que tal vez ya sea hora de reparar. Principalmente porque, más allá de una historia que comenzó a mediados de los ‘80, Mandrake está en su mejor momento. Y aún parece tener mucho para dar.

EL JAIME SIN BIGOTE

Ante un vaso de ron con hielo, en un frío mediodía montevideano, Mandrake cuenta que cada tanto la gente le pide que se escriba otra canción, como si sólo hubiese escrito “Amor profundo”, su tema más popular. Editado originalmente en su disco Mestizo en todos lados (1988), con Jaime Roos como invitado, y luego grabado por el propio Jaime abriendo su disco Contraseña (2000), es un éxito con el que asegura no sentir ninguna contradicción, a pesar de que –a juzgar por los reclamos de la gente– semejante repercusión podría haber opacado definitivamente el resto de su carrera. Y mucho menos con el hecho de que Roos lo haya incluido de manera casi permanente en sus shows en vivo. “Es que es una canción que no existiría sin el Jaime. Porque la murga rock es algo que inventó él”, explica Alberto, que aclara que para él Roos en un comienzo era sólo el primo de su amigo Wilson Negreira, el que lo metió en esto de la música. Nacido en el barrio de Pocitos, hijo de un viajante y una madre que tocaba el piano, Mandrake soñaba con ser jugador de fútbol. “No era bueno, pero metía mucho”, dice, ubicándose dentro de una larga tradición de recios marcadores de punta uruguayos. Llegó bastante lejos con lo del fútbol, pero por entonces no se podía jugar con anteojos, así que las clases de piano de la infancia devinieron en guitarreadas cuando vio lo que lograba ese instrumento en las manos de su amigo Wilson con las gurisas del barrio. “Al Jaime lo conocí sin bigote”, dice Wolf, y cuenta que fueron a ver su primer show, presentando su álbum debut Candombe del 31 con el baterista de El Kinto como parte de su banda. “Yo leía la revista Pelo y quince días antes había ido a ver a Los Jaivas”, explica. “Pero esto era otra cosa.” Esa otra cosa estaba vinculada a los discos que Jaime le pasaba al primo y su amigo para que escuchen, entre los que estaban los de Mateo. “Cuando escuché el disco de El Kinto me di cuenta que era la mezcla perfecta: Beatles y candombe”, precisa el niño que nunca dejó de agradecer que sus padres lo hubiesen llevado a ver al cine la película Submarino amarillo, y que cumplió el sueño de tocar junto a Mateo antes de su muerte. “Lo que me molesta de Mateo es el mito del pobrecito que le hacen”, aclara. “Porque Mateo no era un gil, sino que era un tipo pesado. Alguien que hizo lo que quiso, y que si hubiese vivido en otro lugar tal vez le hubiese ido mejor. Pero él quiso ser como fue. Y no murió solo, sino que rodeado por su gente.”

¿Por qué pensás que te invitaba a tocar con él?

–Qué sé yo... ¡porque sabía que yo era su alcahuete! (risas) Pero también porque sabía que agarraba los piques. Porque yo iba atrás del candombe, que entonces era todo un viaje. ¡Y más para un blanquito de Pocitos, hijo de alemanes! Porque tenías que meterte en el ghetto negro, y porque el candombe, el de verdura y no el de Benetton, era algo fuerte y de guerra, no una cosa alegre, como te lo quieren vender ahora.

PRINCIPES, RUBIOS, CASI NEGROS

Allá lejos y hace tiempo, el debut discográfico de Alberto Wolf lo asoció junto a otro grupo que tuvo que remar mucho para encontrar un lugar propio dentro de la escena uruguaya, El Cuarteto de Nos. “Si de algo se encargaron bien los milicos, fue de censurar al rock. Lo hicieron perfecto”, recuerda Mandrake, que a pesar de las enseñanzas del primo Jaime, se vio atraído por la movida rockera de los ‘80. “Pero lo que yo hacía no encajaba en ningún lado, y lo mismo les pasaba a los del Cuarteto, que a pesar del nombre por entonces eran un trío, sin baterista.” Los presentó Luis Trochón, que por entonces era su maestro, y luego de un par de shows llegó la extraña invitación a grabar un disco compartido: un lado para cada uno. “Ninguno quería ser el A o el B, por eso el álbum tiene dos lados C”, se ríe Wolf, que en la tapa del vinilo –hoy inhallable, y nunca reeditado en compact– aparece vestido de traje, cocktail en mano y con una mujer abrazada a sus piernas, en plan James Bond. “Fue un homenaje a Brian Ferry, y una joda con las elecciones, pidiendo todo el poder para la lista 69”, sigue riéndose Mandrake. A partir de entonces formó la que es su banda, Los Terapeutas, y comenzó a descubrir que tenía que crearse un lugar propio. Porque el Canto Popular los rechazaba por no ser lo suficientemente politizados, y el nuevo rock los consideraba demasiado cantopopu. “Porque los rockeros de entonces eran todos unos caretitas de camperita negra y con cara de malos, pero que vivían en la casa de los padres, y yo ya estaba en otra cosa más callejera, más bohemia”, explica Wolf, que, sin embargo, metió un hit en aquel renacer del rock uruguayo en los ‘80, que la historia señala como impulsado por un trío de bandas: Los Estómagos, Los Traidores y Los Tontos. “¡Es que el tema alrededor del cual se armaron Los Tontos, ‘El himno de los conductores imprudentes’, también es mío!”, revela. Era parte del repertorio de una banda paralela que Wolf tenía en aquella época, y que abandonó antes del éxito. Rearmada de apuro para formar parte del fundacional compilado Graffiti (tan fundacional, que dio nombre al premio anual del rock uruguayo), su lugar –explica Wolf– fue ocupado por un fan, Renzo Guridi, luego conocido como Teflón. Pero, más allá de ese pequeño éxito ocasional dentro de la escena rockera, Mandrake recuerda esa época casi literalmente como el título de su disco de esa época, Mestizo en todos lados. Porque lo que hacía no parecía encajar en ningún lado. “Estábamos casi solos en eso a fines de los ‘80, apenas acompañados por Jorginho Gularte, y otros que abandonaron, como Perdomo o Silvera”, recuerda. “También empezaba a aparecer El Príncipe, pero entonces en vez de aliados éramos enemigos. Era un poco mayor que yo, y tocaba piques más brasileños... ¡era más delicado, pero también mejor músico! Lo mío es más guerrero, más fuerte, más del barrio Sur.” Mandrake recuerda haber invitado a El Príncipe a grabar en Mestizo. “Se enojó porque decía que le robé un tema y yo lo mandé a cagar. Pero viste cómo son las cosas, éramos borrachos los dos, y en una mesa de bar seguro nos hubiésemos amigado”, explica Wolf, que le dedica el tema con el que abre el tan premiado De, en el que imagina ese encuentro. “Aquella noche en ese bar/ sellamos un pacto inmortal/ conferencia de rubios casi negros”, canta Mandrake en “De desesperados”. “Lo último que yo quería es hacerle un homenaje, y seguro que es lo último que él hubiese querido”, explica. “Pero la verdad que no estábamos peleados, y lo que también cuenta la canción es algo que realmente pasó: estaba escuchando un disco suyo, empecé a sacar una canción, me dije ‘qué linda’, y de pronto me enteré que se murió. Me quedé ahí, con esa canción.” Al recuerdo termina de darle forma el estribillo del tema en cuestión: “Canto otra vez tu canción y siento/ la fragilidad del amor, el incendio/ ángel de la ciudad en llamas/ espero por ti”.

TERAPIA BEAT

Aunque al comienzo de estas líneas se diga que Alberto Wolf es casi un desconocido en Argentina, habría que precisar ese “casi”. Porque cuando Los Terapeutas finalmente encontraron un hogar discográfico en el histórico sello Sondor con la edición de Amor en lo alto (2002) –el álbum con el que Mandrake confiesa haber vuelto a componer con una guitarra eléctrica–, Hilda Lizarazu cantó en el tema “Ella va 1 y ½” y el disco fue editado aquí por Melopea. Pero no pasó demasiado. “Hace un par de años me di una vuelta por allá, solo con la guitarra, tocando en lugares como La Vaca Profana o La Peña del Colorado”, recuerda Wolf, que supo tener otro éxito –el tema “Miriam entró al Hollywood”– con el siguiente álbum, Hay cosas que no importan (2005). Después de deslumbrarse con De, al escuchar los dos discos inmediatamente anteriores se puede imaginar el crecimiento del grupo, esa destilación perfecta del rock sobre esas canciones tan uruguayas. Un detalle llama la atención: que en este último disco el nombre de Alberto Wolf haya pasado a liderar el nombre del grupo. “Arrancamos así, pero en un ataque de generosidad mía pasamos a llamarnos sólo Los Terapeutas”, explica Mandrake. “Pero como a veces yo salgo a trabajar solo con mi guitarrita, necesitaba volver a poner mi nombre delante. Pero está claro que Los Terapeutas no son sólo el grupo que me acompaña. Son mis hermanos, y tienen una ductilidad que me permite hacer toda clase de estilos”. Como los que descuellan en el último disco, que van desde el rock de la épica historia de amor trágico de “De ellos dos”, al candombe beat de, justamente, “De candombe beat”. “Es que es un tributo a un género que me encanta, aunque, si me escuchara decirle género, mi baterista se quejaría que no lo es, porque sólo lo tocaron dos grupos, El Kinto y Tótem”, se ríe Wolf, que invitó a Urbano Moraes –ex integrante de El Kinto– para que la cantase, y así completar el homenaje. Pero las referencias no se quedan ahí, ya que van desde Dylan (“¡Le afané el estribillo en ‘De tan libre’!”) a Radiohead, cuya influencia se escucha al comienzo de “Milagro de carnaval”, escondiendo su origen murguero. “Especialmente a nivel letras, es el mejor disco que hice, por lejos”, subraya Mandrake, y no tiene mucho más que agregar. Parece pensar en esa frase que canta en uno de los temas de su mejor disco, que apenas empieza a sonar invita a escucharlo una y otra vez: “Ahora sé quién soy, ahora estoy en paz”. Y se sirve un poco más de ron.

Algunas canciones del álbum De se pueden escuchar en myspace.com/albertowolfylosterapeutas. Aún no hay noticias de una edición local.

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