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Domingo, 19 de julio de 2009

ARTE > EL ENCUENTRO EN EL OBSERVATORIO DE CORDOBA SOBRE ARTE Y CIENCIA 

Alto en la sierra

La relación entre arte y ciencia es vieja y compleja como la humanidad. Cada época encuentra en ellas un espejo de sus problemas y sus soluciones, de su capacidad para conectar asuntos en apariencia disímiles o de fracasar en ello. En sintonía con una serie de muestras y proyectos que se llevan a cabo en el mundo, la argentina Irene Kopelman y la mexicana Mariana Castillo Deball organizaron el encuentro Transacciones filosóficas en el Observatorio de Córdoba para que un puñado de artistas argentinos hablara y trabajara sobre el tema.  

 Por Claudio Iglesias

Cruzar de un hemisferio a otro es problemático: cambian el idioma, la moneda, la estación y también el cielo nocturno: no encontraremos en la noche boreal la Cruz del Sur ni las Tres Marías, sino un paisaje ilegible de estrellas desconocidas. Eso les ocurrió a los navegantes y astrónomos europeos a partir del Renacimiento, cuando la ciencia de Galileo y los mercados de la incipiente economía mundial empezaron a abrirse paso a través de los océanos, bajo la mirada de las constelaciones. Fue otro amigo de la navegación, Domingo Faustino Sarmiento, quien encargó en 1871 la instalación del primer Observatorio moderno a este lado del Ecuador. Córdoba fue el lugar elegido; desde allí se mapeó, por primera vez, el cielo del Sur. Y allí, en ese edificio histórico que cuenta con su propio museo y con instrumental único, fue donde las dos integrantes de Uqbar, Irene Kopelman (cordobesa que vive y trabaja en Amsterdam) y Mariana Castillo Deball (mexicana con base en Berlín) realizaron Transacciones filosóficas, un encuentro entre artistas y científicos que tuvo lugar en abril de 2007 y cuya documentación hoy se publica en un libro. El título del proyecto proviene de la revista homónima de la Royal Society (entidad legendaria de la que formaron parte Newton, Boyle y otras luminarias) y habla del intento de acercar formas de conocimiento tan distantes como la astrofísica, la teoría de la complejidad y el arte contemporáneo.

Con ponencias y debates, con algo de open studio y algo de clínica, con mucha lectura en la biblioteca del Observatorio y con el fondo estrellado del paisaje serrano, Transacciones filosóficas propició el intercambio sin perder de vista los diferentes pesos específicos involucrados. “La idea”, según las autoras, “no era explicar las relaciones que pueden establecerse entre arte y ciencia sino concentrarse en temas puntuales. Intentamos que cada discurso mantuviera su espesor para que las relaciones entre los contenidos las estableciera cada espectador”. Por el lado de los investigadores, el antropólogo Gustavo Blázquez usó el método conocido como observación participante para estudiar muy de cerca el trabajo artístico colaborativo. Con buen sentido etnográfico, Blázquez percibió que quince artistas aislados en un observatorio astronómico, trabajando juntos, pueden llegar a niveles muy altos de energía, y eso se verifica en los trabajos individuales resultantes. Entre muchos otros proyectos, vale la pena mencionar Una pequeña guía a los grandes meteoritos de Campo del Cielo, de Guillermo Faivovich y Nicolás Goldberg: una investigación exhaustiva de la historia del enorme reservorio de meteoritos del Chaco, cuyo destino azaroso parece el resumen de cuatro siglos de historia política y científica argentina, cubriendo un variopinto arco entre los poco doctos capitanes de la Conquista, las políticas abandónicas de las fuerzas armadas y los “cazameteoritos” y las subastas internacionales de piedras siderales de la actualidad. Los artistas dieron una conferencia sobre el tema en el edificio principal del Observatorio, acompañada por la documentación fotográfica que recabaron a lo largo de años, y que forma parte del catálogo.

Marcela Cabutti desarrolló Viveros de Colores, un experimento bioambiental inspirado en Las radiaciones solares (1897), ensayo del astrónomo francés Camille Flammarion del que se conserva una primera edición autografiada en la biblioteca del Observatorio. Tomando como base las hipótesis de Flammarion respecto del impacto de la luz solar sobre la vida terrestre, Cabutti se propuso efectuar un análisis de la reacción de algunas plantas a las distintas longitudes de onda del espectro visible, escandido por viveros de distintos colores que formaban, simultáneamente, una instalación y un dispositivo experimental. (Los resultados, parcialmente arruinados por una intensa lluvia, también forman parte del libro.)

En paralelo con este trabajo, y en un plano formal muy distinto, Mariana Robles realizó una serie de dibujos en los que la taxonomía botánica interactúa con abstracciones visuales características del conocimiento astronómico, como grillas, sistemas orbitales y gráficos vectoriales. Las imágenes buscan provocar una difracción entre los modos de ver de la ciencia y los modos de conocer del arte.

El dúo BiNeural Monokultur propuso un “audiotour ficcional” por los bosques cercanos al Observatorio, con un despliegue de itinerarios de ciencia-ficción que los asistentes podían develar a la manera de un juego, mientras Santiago Santero, otro artista que trabaja con el sonido, escenificó una pieza coral en la cúpula del edificio, apropiándose de su acústica distorsionada y sugerente, de sus telescopios y de su intimidad con las estrellas. En definitiva, el lugar, su museo y su paisaje fueron explorados en detalle, mezclando el site specific (subgénero de proyectos artísticos desarrollados para un espacio puntual) y la historia experimental (la rama de la epistemología que estudia los modos en que los aparatos y los contextos de investigación intervienen en la producción de teorías, y que en este caso fueron abordados por artistas).

Transacciones filosóficas constituye un caso local de referencia en cuanto a vínculos entre el arte y la ciencia, dos ámbitos que pocas veces se tocan y que sin embargo se influyen de forma notoria: una suerte de acción a distancia, diría Einstein. A medida que las preocupaciones metodológicas ganan peso en el arte, la ciencia incorpora asuntos estéticos, de muchas formas que van desde el rendering visual de una red de microbios a la inclusión de la mirada artística en temáticas ligadas al uso de recursos energéticos, las promesas de la bio y nanoingeniería, etc. En lo que va de este año, iniciativas como “Eye of the Storm”, en Tate Britain, y “Deep North”, en la berlinesa Haus der Kulturen der Welt, mostraron que el cambio climático no sólo se hizo presente en los termómetros, sino también en la agenda cultural. Proyectos de este tipo permiten discutir las implicaciones estéticas y epistemológicas de los conejos fluorescentes (alterados genéticamente) de Eduardo Kak, y también temas más amplios como la responsabilidad de artistas y científicos en su trabajo con instituciones privadas, o el valor de las nociones de patrimonio y dominio público (problemáticos tanto para canciones y videos como para patentes de medicamentos). Simultáneamente, la llamada “investigación artística” gana lugar en el espectro académico de masters y doctorados, como una forma de abrir la investigación universitaria a canales inexplorados y al mismo tiempo diversificar y profesionalizar la educación artística. En muestras como Nameless Science (curada por Henk Slager en Apexart, Nueva York), las instalaciones de Ricardo Basbaum compiten con otros muchos formatos doctorales “nuevos”, que ya nada tienen que ver con el paper y la tesina. En el plano de la teoría hay signos de un cambio similar. Karen Barad, física teórica y estudiosa de Niels Bohr, mostró recientemente cómo un mismo libro puede avanzar con fuerza en los terrenos de la ética filosófica, las poéticas del feminismo y los fundamentos de la mecánica cuántica (Meeting the Universe Halfway, 2007). La creciente interoperabilidad entre la investigación artística y la cultura científica es necesaria en un mundo en el que no sólo las personas están conectadas, sino también sus problemas. Kopelman y Castillo Deball se empaparon en esta corriente y la cambiaron de hemisferio: frente al obstáculo de una realidad progresivamente compleja, el arte y la ciencia vivieron, en Córdoba, una luna de miel.

Transacciones filosóficas
Uqbar Foundation - Cepia

Buenos Aires, 2009 
216 páginas

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1. MARIANA ROBLES. FRAHIL: ARCHIVO DE VEGETACIONES PERIFERICAS (GRAFITO SOBRE PAPEL, 2007). DIBUJOS EN LOS QUE PLANTAS Y FLORES DE LAS SIERRAS DE CORDOBA ALTERNAN CON ABSTRACCIONES Y GRAFICOS CIENTIFICOS.

2. MARK CULLEN: DIBUJOS A MANO ALZADA DE LAS INSTALACIONES Y EL ENTORNO DEL OBSERVATORIO.

3. EL EXPERIMENTO SONORO QUE ORGANIZO SANTIAGO SANTERO EN EL OBSERVATORIO DE BOSQUE ALEGRE: UNA OBRA COLECTIVA QUE INVOLUCRO A LOS PARTICIPANTES DEL SIMPOSIO.
 
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