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Domingo, 9 de agosto de 2009

HALLAZGOS > EL CUENTO INéDITO DE CONTI

La Virgen de la montaña

La nueva edición de los Cuentos completos (Emecé) de Haroldo Conti incluye un cuento de 1944, escrito cuando Conti era un seminarista de diecinueve años que estudiaba en el monasterio de Villa Devoto. “La Virgen de la montaña” apareció en la revista estudiantil Palestra que ahí se publicaba, pero nunca fue incluido en un libro. El hallazgo del manuscrito en el monasterio fue realizado por el cineasta Andrés Cuervo, quien seguía los pasos de su padre, Roberto, tratando de terminar el documental que había iniciado sobre la vida de Conti.

 Por Haroldo Conti

–¡Tío Paco, tío Paco, venga usted!

–¡Tío Paco, tío Paco! Que lo estábamos esperando.

–¡Venga usted, venga usted! ¡Tóquenos algo...!

–¡Sí, sí; que toque, que toque!

Estas y otras voces salían de un grupo de chiquillos y de parroquianos que, arrimados a la pared de Santa María, despilfarraban alegremente, entre risas y charlas, aquella tarde de primavera.

Habían visto salir de la iglesia al bueno del tío Paco, señal de que el tío Paco estaba allí, y estando allí el tío Paco debía llegarse necesariamente al corrillo para alegrarlos un rato con su flauta encantada.

Pero el tío Paco parecía no oír las voces chillonas de los chiquillos, ni la aguardentosa de los hombres que lo requerían a toda costa.

–Dejadme, por Dios, dejadme ir. Mis piernas no son ágiles como las vuestras y antes de que llegue a casa ya se me habrá echado la noche encima.

–¡Ca, hombre! Aún le queda mucho por andar al señor sol antes de que se caiga allá tras los peñascos de la Virgen.

–Eso lo decís vosotros que no tenéis nada que hacer; pero yo...

–¡Pero usted se queda aquí! Vamos; tóquenos algo; no sea tacaño.

–¡Que no lo soy! Pero dejadme ir de una vez y no me tentéis más que... ¡Vamos! Mañana, después de la misa mayor, os tocaré hasta el empacho; pero ahora dejadme ir, dejadme ir.

Y no hubo razones para convencer al buen viejo que, embozado en su larga capa de algodón, se deslizó como una sombra, perdiéndose en el camino que sube a las montañas.

–¡Es un tacaño! –murmuró un diablillo de ojos garzos que se entretenía en sacarle punta a una ramita de naranjo.

–No es eso –comentó un viejo de barba hirsuta y cara de pergamino, que había estado hasta entonces sin despegar los labios–, ni tampoco es que le falte tiempo. Vosotros no conocéis los secretos del tío Paco, pero yo sí.

“Allá cuando era algo más mozo, también a mí me traía a mal andar la actitud del tío Paco.

“Pero un buen día no aguanté más y picado de la curiosidad seguí al viejo, que allá se esfumaba en el camino.

“Por él lo vi arrastrarse largo tiempo, luego doblar un caminito de cabras, que serpenteando entre las peñas se iba a perder sobre la calva gris del peñón de la Virgen.

“Trepé tras él, y no había llegado aún a la cumbre cuando, mezclados con la brisa de la tarde, los mágicos acentos de una flauta me clavaron donde estaba.

“Contuve la respiración. ¡Virgen Santa, me dije, si serán los ángeles que han bajado a saludarte!, y me santigüé.

“La música aquella brotaba suavísima como un arrullo de paloma, y al repercutir entre los gigantes de piedra, se trocaba en mil y mil notas que invadían el valle, la cima, todo.

“Luego calló. Fue entonces cuando, arrastrándome como una culebra, llegué a la cumbre y miré el valle que allí arriba une los picachos de la Virgen y de las Animas.

“De rodillas ante la ermita estaba un hombre; era él, el tío Paco.

“Desde entonces muchas veces lo seguí para oír de nuevo aquella música... y conmigo otros curiosos. Ese es todo el secreto.

“No va ahora a su casa. Seguidle y veréis que toma el camino de las cabras y sube hasta la ermita; va a ofrecerle a la Virgen María los arrullos de su flauta –dijo y calló el viejo, volviendo la animación al corrillo que lo había escuchado en suspenso.

Luego cada cual fuese por su lado; más de un chiquillo y más de un mozo prometiéndose en su interior repetir al día siguiente la hazaña del curioso parroquiano que había llegado a descubrir el secreto.

Tocaban a la oración; a lo lejos se hundía el sol tras el cerro de la Virgen.

II

Pero al día siguiente, y era domingo, el tío Paco no apareció.

Mucho se extrañó la gente; más el buen cura, acostumbrado a verle arrodillado al pie del altar de Nuestra Señora; pero sobre todo los muchachos del corrillo que la tarde anterior se formara junto a los húmedos muros de la vieja parroquia.

–¡Nos ha engañado! –exclamó el diablillo de los ojos garzos.

–Y dijo que hoy vendría –añadió otro.

–Sí, sí, que hoy vendría –afirmaron todos.

Pero el tío Paco no apareció; ni al siguiente día, ni al otro, ni al otro y se cansaron de esperar.

–¡Habrá enfermado! –les dijo el cura–. Mañana subiré a la montaña y me acercaré a su cortijo...

Y así era en efecto.

Tendido sobre un catre viejo, muy viejo, que chillaba a cada movimiento del que sobre él se acostaba; los ojos hundidos, la voz apagada, el rostro chupado como el descarnado tronco de una encina reseca, el tío Paco pasaba las desgastadas cuentas de un enorme rosario.

La flor de su sonrisa animaba aún el rostro surcado de arrugas, pálido como la muerte.

Juan, un rubiecito de ojazos verdes, que había sido salvado de la muerte y de la miseria, cuidaba de él.

–Mirá, Juancito, mañana bajarás al pueblo y le dirás al señor cura que se venga por aquí. Al pasar por el cerro de la Virgen subirás a la ermita y le pondrás una vela a Santa María y rezarás por el pobre tío Paco –le había dicho a su fiel compañero.

Pero antes de llegar el nuevo día, aquella misma noche, tuvo que salir envuelto en un viejo capote militar que en un baúl guardaba su amigo, en busca del celoso sacerdote y del cirujano del lugar. El tío Paco había empeorado; la fiebre lo consumía y hasta deliraba.

Cuando el muchacho salió arreciaba la tormenta que aquella tarde se anunciara con un calor insoportable.

El tío Paco quedó solo, pasando las cuentas de su rosario y sonriendo...

Afuera, el temporal estalla rabioso lavando la frente de piedra de los cerros vecinos.

El rayo zigzagueaba desprendido de las alturas, yendo a partir las rocas de las cumbres o a hundirse en los fragosos despeñaderos de la sierra, abriendo grietas profundas, después de haber atravesado la atmósfera saturada de electricidad.

Al pasar junto al cerro de la Virgen, un relámpago iluminó la cumbre y Juan se acordó del encargo.

Sin dejar de correr, oró a la gran Señora que allá en la ermita tenía su trono entre esos gigantes de piedras cuya maciza mole divisaba el siniestro centellar de la tormenta.

III

Una hora después, tres sombras atravesaban las desiertas calles de la aldea; el fragor de la tempestad acalló los pasos al repiquetear sobre la desnuda acera...

Tiempo después, una lucecita emergía de la oscuridad que rodeaba la solitaria casa del músico.

Era Juan, que en sus manos ateridas sostenía un farol, el cual besaba con sus pálidos resplandores aquel sinuoso camino cercado de peñas.

A corta distancia, embozado en su descolorido manteo, caminaba el cura con paso firme, sin pronunciar palabra; estaba avezado a la montaña.

Algo rezagado, murmurando entre dientes, venía el cirujano.

Ya cerca, saliendo de aquel respetuoso mutismo característico de un rudo montañés, “¡Hemos llegado!”, indicó el muchacho volviéndose al cura, al propio tiempo que señalaba con el dedo la tenue luz amarillenta que traspasaba el reducido marco de una ventana.

Enseguida estuvieron ante la puerta. No hubo necesidad de golpear, ni siquiera empujarla, estaba abierta...

Presintiendo algo, algo imposible de expresar, Juan dejó que se adelantara el cura. La corpulenta figura del sacerdote se recortó sobre el rústico cuadro de la puerta; sus ojos recorrieron la humilde habitación; el tío Paco no estaba allí.

–¿Qué significa esto? –exclamó volviéndose al atónito muchacho, y sin esperar respuesta entró en el cortijo.

La cama estaba vacía, las mantas caídas y del clavo que hacía las veces de percha no pendía la raída capa del flautista.

–¡Si estará loco este hombre! –murmuró el cura, sospechando quizá lo que aquello podía suponer.

–¿Dónde está el enfermo? –preguntó el cirujano, que en ese momento entraba bufando como un buey.

Iba a hablar el cura cuando la voz angustiosa del muchacho no le dejó explicarse.

–¡Mirad, mirad allá! –gritaba alzando el farol y señalando en dirección a las cumbres–. Sobre el cerro de la Virgen, ¿lo veis?

A aquellas voces los dos personajes se echaron fuera de la habitación.

–¡Si estará loco! –volvió a repetir el sacerdote, distinguiendo al incierto fulgor de un relámpago la fantástica figura de un hombre que trepaba, desafiando a la tormenta, la cuesta abrupta del cerro.

El cirujano sólo atinó a santiguarse mientras murmuraba por lo bajo:

–¡Animas benditas...!

–¡Déjese de sandeces! –le gritó el cura impaciente–. Tratemos de salvarlo –y envolviéndolo en el manteo echó a correr precedido por Juan.

Refunfuñando lo siguió el cirujano, que en vano trató de ponérsele a la par.

Largo tiempo avanzaron en silencio, ora corriendo por el vericueto, ora saltando sobre las peñas resbaladizas, ora deslizándose por entre las rocas, pero todo fue inútil; les llevaba mucha ventaja.

Antes de desaparecer allá tras de la cumbre, lo vieron por última vez. Su delgada silueta se recortaba fantástica sobre las escarpadas rocas.

Flotando al viento la raída capa, cortada a filo de machete, sin dobladillo, parecía un espectro vagando en la oscuridad de la noche.

Alcanzaron a distinguir su rostro demacrado, sus ojos desencajados, sus cabellos en desorden, pero no vieron la flor siempre fresca de una sonrisa sobre los labios demacrados.

Luego el fantasma, arrastrándose sobre el caminito de cabras encorvado, flexible, se hundió detrás de las últimas rocas.

–Tío Paco, tío Paco –gritóle el cura–, téngase usted.

Pero el ronco retumbar del trueno ahogó la voz del sacerdote.

Con la esperanza aún de encontrarlo junto a la ermita siguieron trepando.

Jirones de la sotana quedaron en los espinillos; gotas de sangre de los pies descalzos de Juan y gruesas gotas de sudor del cirujano fueron a mezclarse con el agua llovida sobre las piedras. El cura iba adelante trepando con una agilidad asombrosa, seguíale Juan con su farol, y algo rezagado corría el cirujano bufador.

De pronto, a pocos metros de la cima, las tres sombras dejaron de avanzar; permanecieron como clavadas en la roca.

Rompiendo el confuso rumor de la tormenta que se alejaba, dejáronse oír suaves, claras, vibrantes las notas de una flauta. Del valle que une el cerro de la Virgen y el de las Animas brotaba una cascada de armonías.

Primero tenue como el rozar de las alas de blancos querubes; luego más fuerte, más sostenida, más seductora.

Mezcladas con la brisa que barría la desnuda roca, emergiendo del misterio de la noche confundida con el suave vaho que despedía la tierra recién humedecida, aquellas notas eran suavísimos lamentos prolongados, pedazos de corazón en forma de música, últimos aleteos de una torcaza herida, delicados perfumes de una plegaria, acompañados por los mil murmullos de la noche, del torrente cercano, de las gotas al deslizarse entre las rocas, del viento al gemir entre las grietas.

Era todo el valle que lloraba modulando los más suaves acentos que iban a sumarse al hechizo de aquella flauta encantada...

Corrió el tiempo; al fin la música se fue perdiendo poco a poco, como un suspiro hasta morir.

–¡Torpe que soy! –exclamó el cura despertando de aquel ensueño aún en pie y calado hasta los huesos. Y los tres volvieron a correr en dirección de la ermita.

Cuando alcanzaron la cumbre, al resplandor de un último relámpago, distinguieron algo así como una gran mancha caída al pie de la imagen.

Llegaron al fin; el tío Paco estaba allí, medio oculto bajo los pliegues de su capa, frío, inmóvil, siempre sonriendo, pero sin vida.

El cura volteóse el sombrero y de rodillas rezó por el muerto:

–¡Réquiem aeternam dona ei Domine!

Horas después, al monótono golpe del azadón se abrió una fosa y el tío Paco descansó a los pies de su Virgen. Luego los piadosos aldeanos colocaron la flauta aquella en manos de la imagen que velaba el sueño del anciano...

Y cuenta la leyenda que al morir el sol tras el cerro de la Virgen, si algún peregrino o curioso acierta a pasar por entre aquellas escarpadas sierras, distingue confusamente, traídos por la brisa de la tarde, los delicados acentos de una flauta.

Muchos dicen que es el viento al susurrar en la que tiene en las manos la Virgen de la montaña.

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