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Domingo, 9 de agosto de 2009

MúSICA > EL TRíO ESQUINA DE CéSAR STROSCIO

Tres esquinas

Parte fundamental y fundacional del Cuarteto Cedrón, exiliado por la Triple A y residente en Europa desde entonces, César Stroscio viene a Buenos Aires a presentar con su trío Esquina esa nueva mirada sobre el tango que se plasma en dos discos que acaban de publicarse aquí por primera vez. En uno, es protagonista la obra de Eduardo Rovira, el músico más conocido y menos escuchado de la renovación del género. Y en el otro aparece, de fondo, Corto Maltés.

 Por Diego Fischerman

La historia, como muchas otras, empieza con una casualidad. César Stroscio tocaba el bandoneón en orquestas barriales desde que era un chico. “Orquestas cuyos nombres hoy no dirían nada”, dice, recién llegado de Francia. Y un compañero de facultad que conocía su afición le dijo que su primo, que era cantante y guitarrista, necesitaba un bandoneón. Al primo le decían Tata y se llamaba Juan Cedrón. Fue parte del Cuarteto Cedrón durante sus años fundacionales y mucho más. Fue con ese grupo que se fue a Europa cuando, como cuenta, “con la Triple A se convirtió en peligroso quedarse aquí. Muchos de nuestros amigos y gente más cercana había sufrido amenazas y atentados; cuando nos fuimos lo hicimos pensando que volveríamos pronto. Que se trataba de hacer alguna gira y esperar que pasara todo. Pero no pasó y yo todavía vivo allí”.

Stroscio está de nuevo en Buenos Aires para realizar una serie de actuaciones, comenzando mañana a las 20 horas y los próximos jueves y viernes a las 21 y, nuevamente, a las 20, en el Centro Cultural Borges (Viamonte y San Martín) con un trío que lleva como nombre el de un tema de Eduardo Rovira, “Esquina”. Ese grupo, creado en Francia, también tuvo que ver con el azar. Su guitarrista, Claudio Pino Enríquez, llegó allí siguiendo a una mujer, tangueramente, por amor. El trío, premiado con el Charles Cros de la Academia del Disco francés, entre otros reconocimientos, grabó varios discos y dos de ellos, Azul y vos y Los tangos de Corto –un álbum con piezas encargadas por el mismísimo Hugo Pratt para acompañar la primera edición en colores de Tango, uno de los libros de aventuras de Corto Maltés– acaban de ser publicados en la Argentina por Acqua. Las presentaciones en este país del trío, que aquí se completará con Ricardo Capria en bajo acústico, continuarán el sábado 16 en el Teatro Coliseo Podestá de La Plata, el miércoles 19 en el Auditorio “Leonardo Favio” de La Matanza, el jueves 20 en el Centro Cultural Recoleta (en el marco del Festival de Tango de la Ciudad de Buenos Aires), el viernes 21 en la Biblioteca del Congreso Nacional, el sábado 22 en el Auditorio Nacional de San Juan y el domingo 23 en la provincia de Tucumán.

Los discos que el Trío Esquina presentará en vivo cuentan con la adhesión de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo y el grupo recibirá varias distinciones, a lo largo de su estadía, tanto a su trayectoria artística como a la labor en defensa de los derechos humanos. Antes de que el cuarteto se fuera de la Argentina (“en 1975 la cosa se puso muy dura”, dice el bandoneonista) el grupo había tocado en cárceles y en actos políticos. Después, siguió haciéndolo en el exilio. La canción, y el trabajo con textos de poetas como Juan Gelman y, luego, Raúl González Tuñón, que, al ser asimétricos obligaban a formas no tradicionales, le permitió a Stroscio encontrar un rumbo que, a comienzos de la década de 1960, se le hacía esquivo. “Escuchaba a Piazzolla y Rovira, pero no era esa, exactamente, la música que quería hacer”, explica. No obstante, Rovira volvió a ser una referencia de peso cuando se fue del Cuarteto Cedrón, casi cuarenta años después, y empezó con el trío Esquina. Y es que si a Piazzolla se lo identifica, casi obligadamente, con un quinteto, el número de Rovira es el tres. El fue, por otra parte, uno de esos músicos mucho más nombrados que conocidos. Aparece inevitablemente asociado a la idea de una posibilidad de “tango moderno” en los ’60 pero su obra es casi desconocida.

Stroscio elige habitualmente composiciones de Rovira como material y lo define como “alguien que ya cuando estaba como bandoneonista de Gobbi demostraba ideas propias. Y el tema ‘El engobiao’ es una prueba de esa originalidad. Si bien es cierto que su estilo a veces era recargado, tenía mucho de interesante”. Stroscio cuenta que “cuentan que, con todas las notas que tiene, que parece no caber ni una más, el tema es una versión ya corregida con la goma por Gobbi”. Curiosamente esta anécdota es un calco de aquella que narra la relación entre Troilo y Piazzolla, cuando éste era su joven arreglador. “Rovira buscaba un camino y, en ese entonces, aparecía como una de las posibilidades para un tango de vanguardia. La otra era Piazzolla. Lo que sí sé es que cuando Piazzolla abandona el Octeto y, dos años después, funda el Quinteto, Rovira lo siente como un retroceso.” Esquina reivindica, además, esa vieja costumbre de tocar a la parrilla. Su guitarrista es quien se explaya: “Tratamos de no escribir todos los matices y dejar que el arreglo se arme en la ejecución. En lo que hacemos siempre hay algo de improvisado”. Una impresión de frescura, en todo caso, que se sobreimprime sin dificultad al sonido camarístico y preciso que se desprende del trío, aun contra su voluntad. Una esquina es una encrucijada. Y en este caso allí aparecen, cruzándose y entremezclándose sin sobreactuación alguna, distintas tradiciones y genealogías. Ni más ni menos que los sonidos de una de las posibles esquinas del tango.

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Imagen: Xavier Martin
 
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