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Sábado, 6 de noviembre de 2010

CINE > UN DOCUMENTAL SOBRE EL POETA SALVADOR MERLINO

La sociedad del poeta muerto

Al igual que lo había hecho con la obra y la figura de Juan L. Ortiz en La orilla que se abisma, Gustavo Fontán vuelve a cruzar de manera personal y lograda la poesía y el cine. Esta vez, con la obra de su abuelo, Salvador Merlino, un poeta de los años ’50 cuya obra fue injustamente olvidada con el tiempo y que Elegía de abril recupera de un modo tan inesperado como complejo.

 Por Juan Pablo Bertazza

Dentro de esas curiosidades que siempre nos depara su tan linkeado universo, Wikipedia define al escritor Carlos Alberto Merlino como “hijo del poeta y escritor Salvador Merlino”. Sin embargo, el propio Salvador Merlino no cuenta con ninguna entrada en la enciclopedia libre y gratuita. Una curiosidad, una contradicción a tono con lo que fue la zizagueante repercusión de este singular y valioso poeta de la década del ’50 que, si bien fue muy reconocido en su época y publicado en diversos diarios, de pronto quedó relegado al olvido o a unas pocas menciones en catálogos de librerías de viejos y cenáculos inaccesibles.

Como ese nombre que suele repetirse, sobre todo, en los hombres primogénitos de algunas familias, Gustavo Fontán –sobrino de Carlos y nieto de Salvador– tomó la posta: director de cine, es también escritor y, además, sabe incorporar muy bien en sus películas la dimensión literaria, algo que había demostrado ya en La orilla que se abisma, un documental personalísimo, inclasificable casi, sobre genio y figura de Juan L. Ortiz.

En su flamante película Elegía de abril lo ratifica, aunque incorporando además su propia sangre, su propia historia: a partir de una especie de homenaje para nada convencional a su abuelo (Salvador, el que no aparece en Wikipedia), Fontán recupera simultáneamente la figura de muchos otros poetas que quedaron en el olvido. Pero el riesgo y la apuesta no están sólo en el contenido: la forma en la que esta película es contada, la forma en que fue filmada también dan una clara sensación de novedad, incluso por la eficacia con que la se impregna de la atmósfera del libro, prácticamente sin hacer uso de la cita directa.

Si para muchos la poesía es una herramienta para darles expresión a emociones opuestas y en pugna, Elegía de abril lo hace ya desde su título, que pone en contraste el aspecto mortuorio de ese género lírico que habla de la pérdida de una persona con el mes que T. S. Eliot convirtió en el más vital y floreciente entre todos los meses poéticos. De todas formas, es un libro signado por la muerte: además de haberlo escrito luego del fallecimiento de su padre (tal como había hecho en Elegía de octubre con la muerte de su madre), se trata de un libro póstumo, publicado luego de la muerte de Salvador.

Con un tono profundamente melancólico, pero que siempre se mantiene a resguardo de la solemnidad y los golpes bajos, la lectura de Elegía de abril huele y suena a un típico libro del modernismo de Rubén Darío, aunque sorprende en algunos tramos con un sencillismo demoledor y bastante actual que, por momentos, hace acordar un poco al Baldomero Fernández Moreno de los balcones y ninguna flor. Al mismo tiempo, se trata de una poética que busca recuperar y defender los valores simples pero más profundos de la vida, algo que se encarna especialmente en la figura de la madre del poeta: “las acciones pequeñas, si se suman,/ valen lo mismo que una acción muy grande,/ y a veces son mejores y más dignas,/ porque se dan sin pausa y sin retorno”. Si el libro es una elegía que busca exorcizar la ausencia de los padres de Salvador, la película de Gustavo Fontán le sigue los pasos. No sólo porque trabaja con la ausencia, en este caso, del poeta Salvador (predominan las sombras, los ecos, los golpes sordos de antiguos muebles y hasta las burlas hacia parientes ya difuntos) sino también porque se pone y se saca con gran facilidad los ropajes de lo sencillo, de lo esencial: familiares de carne y hueso que actúan de ellos mismos, pero pronto se cansan de actuar dando paso –sin que el ojo de la cámara se aparte en ningún momento– a la labor de actores de verdad como Lorenzo Quinteros y Adriana Aizemberg. Es lo que sucede con la hija de Salvador, quien luego de hablar de manera algo desordenada sobre el día en que murió su padre, declara haberse cansado de actuar y entonces tiene lugar uno de los momentos más divertidos de la película: la presentación entrecortada y llena de malentendidos entre la actriz y el personaje real al que deberá interpretar.

Si bien esa crudeza extrema puede llegar a molestar, la unidad de la película jamás se aleja del libro póstumo que, desde su publicación, y durante cincuenta años, permaneció encerrado en lo alto de un armario; ejemplares asfixiados en su envoltorio original de papel madera con hilo sisal. ¿Cómo envejecen los libros, las obras que nadie toca y se mantienen intactas haciendo única excepción del paso del tiempo? Hojas algo amarillentas y carcomidas pero aún sin despegar, la historia de este libro que monta la película muestra un contraste entre vida y muerte, un libro lleno de emoción que permanece totalmente anestesiado, lejos del público, ajeno a cualquier lector. Justamente, en torno de dar a conocer o no la obra de Salvador (aceptar o no la omnipresencia del pasado) gira el conflicto de la familia, entre la parálisis y la apertura impredecible de ese papel madera. Un debate, un conflicto que tiene la virtud de traspapelarse en casi todos los ámbitos de la vida –incluso la política–. La vieja y siempre impostergable cuestión de cómo hacer para tratar con la ausencia.

Elegía de abril, segunda entrega de la trilogía El ciclo de la casa (inaugurada hace cuatro años con El árbol y que cerrará con la inédita La casa), puede verse en el cine Gaumont (Av. Rivadavia 1635).

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