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Domingo, 6 de abril de 2003

EL DEBATE SOBRE LAS ANTIGüEDADES DE IRAQ

Los frutos de la rapiña

Debates Luego de la primera Guerra del Golfo, muchos tesoros robados de los palacios iraquíes salieron a la venta en el mercado occidental de antigüedades. Hershel Shanks, editor de la revista especializada Archaeology Odyssey, entrevistó a John Malcolm Russell, historiador del arte y experto en el saqueo de Irak, para discutir qué hacer con esas reliquias históricas sin suscribir la violencia y la ilegalidad que las desterraron de sus lugares de origen. Como era de prever, la entrevista, contaminada por la actual cruzada contra Irak, derivó rápidamente en controversia política.

POR HERSHEL SHANKS

Usted se ha convertido en un experto en el tráfico de antigüedades de la devastada Irak, especialmente en el saqueo del gran palacio del rey Sennacherib. ¿Cómo nació su interés por el tema?
–Era estudiante en la Universidad de Washington cuando tomé por casualidad un curso sobre arte antiguo de la Mesopotamia y quedé enganchado. Luego, ya graduado en la Universidad de Pennsylvania, no estaba muy seguro de en qué campo especializarme. Pensaba estudiar arte del Renacimiento o arquitectura romana del período imperial cuando Irene Winter vino a Pennsylvania. Su especialidad es el arte del Cercano Oriente, el norte de Siria, la Mesopotamia. Así que terminé en este campo.
¿Qué territorio comprendía la Mesopotamia?
–Todo el territorio actual de Irak y el tercio noroeste de Siria, es decir: las tierras junto al Eufrates y el Tigris. Me interesaban los palacios de los grandes reyes asirios construidos durante el período neoasirio, entre el 900 al 612 a. C., en el área de Nínive –actualmente Mosul–, en el norte de Irak. Irene me sugirió que escribiera mi tesis doctoral sobre Asurbanipal, el último gran rey asirio. Su palacio esculpido en Nínive es muy famoso. Gran cantidad de sus esculturas –la famosa cacería de leones, entre otras– están en el Museo Británico y figuran entre las obras maestras del arte antiguo. Siempre me interesó reinsertar esas imágenes en el contexto del palacio para saber qué podía ver un asirio o un diplomático de algún país sometido mientras caminaba por esas estancias decoradas. Son palacios de ladrillos de barro de los que sólo queda la primera planta; estaban revestidos de láminas de piedra de más de 3 metros de altura. Esas láminas, parecidas al mármol blanco, traslúcidas, les permitían a los artistas asirios, bajo la dirección del rey y sus arquitectos, esculpir en relieve imágenes de las campañas militares.
¿Cómo podemos saber si estaban pintadas?
–En muchos de los palacios se conservan restos de la pintura. El negro es un componente orgánico muy estable. El rojo es un óxido, un componente mineral. Ambos son duraderos y se expanden muy bien. Eran pinturas muy densas; bastaba pasar una capa fina de rojo o negro sobre una superficie para que permaneciera durante mucho tiempo.
¿Tanto como 2700 años?
–Así es. En 1979 quise ir a Irak para ver el lugar, pero no pude conseguir la visa. Volví a intentarlo en 1980, pero no conseguí un cargo como profesor invitado. Durante los ‘70, Irak era no sé si decir “antiamericano”, pero las relaciones entre los países, en todo caso, no eran cordiales. Los visados no se entregaban con normalidad, salvo a los arqueólogos que ya formaban parte de algún proyecto. Por eso al año siguiente me sumé a una excavación del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago en Nippur, en el sur de Irak. Fue en el invierno de 1981-1982. Para Navidad, el director de la excavación, McGuire Gibson, nos regaló un viaje al norte para visitar los palacios asirios. Cuando llegamos a Nínive, di unas vueltas alrededor del palacio de Asurbanipal -el tema de mi tesis–, pero sólo quedaban marcas en el suelo. No había nada que ver. Luego caminamos hacia el palacio de Sennacherib, que había sido parcialmente excavado en los ‘60 y restaurado para su exhibición. Los relieves esculpidos en la pared –unas cien láminas– habían sido restaurados. Caminando por la sala del trono del palacio uno tenía una percepción real del aspecto que había tenido en su momento. Es imposible reproducir esa experiencia en la sala de un museo.
El mismo Sennacherib lo describe como “un palacio sin rival”.
–Sí, está en las inscripciones del edificio. Ahí estaba yo, admirando todas esas esculturas, la mayoría de las cuales todavía no habían sidoconocidas ni relevadas por los arqueólogos. Cuando volví a casa consulté con Irene y decidí cambiar de tema de tesis. Así que en 1989 escribí mi trabajo sobre el palacio de Sennacherib. David Stronach, un profesor inglés que enseña en la Universidad de California, estaba buscando un sitio en Irak para trabajar; el Departamento de Antigüedades le ofreció Nínive y él me invitó. Cuando llegamos a Irak, en 1989, decidí fotografiar el sitio de un modo poco sistemático. Al año siguiente volví para hacer un trabajo profesional y fotografiamos metódicamente todo lo que seguía en pie en el palacio, incluidas todas las estatuas en detalle. Luego esas fotografías se publicaron como parte de un trabajo de campo en Nínive.
¿Y luego comenzó la guerra del Golfo?
–Sí. Dejamos Nínive en junio de 1990, y en agosto Saddam invadió Kuwait. Cualquier trabajo posterior en Nínive quedó descartado. En 1995 me invitaron a Helsinki a dictar una conferencia sobre Asiria. Antes de darla recibí, de parte de un museo, unas fotografías de esculturas que pensaban incluir en una exposición: querían saber si esas esculturas podían ser exhibidas, porque al parecer no estaban bien documentadas. Resultó que las esculturas venían de Nínive: eran las mismas que yo había fotografiado.
¿Las habían robado del lugar?
–Sí. En 1990 estaban en Nínive y en 1995 ya estaban en venta en Europa. Mostré las fotos en la conferencia de Helsinki y agregué, a modo de epílogo, que al parecer el palacio de Sennacherib había sido saqueado, puesto que sus esculturas ya no estaban donde correspondía. Unos meses más tarde, un abogado, actuando en nombre de un posible comprador, me mostró otras diez esculturas. Eran pequeños fragmentos de estelas que en mis fotografías aparecían intactas y medían 3 metros de altura.
¿Las habían roto?
–Sí. Pensaban que así serían más atractivas para el mercado. No tenían la menor preocupación por el contexto o por las imágenes que las rodeaban.
¿Qué respondió usted al museo y al abogado?
–Que eran piezas robadas del sitio de Nínive. No he vuelto a ver otras desde entonces, y no creo que pueda encontrarlas o averiguar adónde han ido a parar. No yo, al menos; no es el trabajo de un historiador del arte: es una tarea policial. Lo que sí puedo es dar a conocer el hecho para que la gente esté advertida de lo que está ocurriendo. También podríamos optar por desentendernos del tema: las esculturas saldrían al mercado y serían compradas por coleccionistas privados que terminarían prestándoselas a los museos para que las exhiban. Y así esas migajas de cultura asiria estarían disponibles en Occidente. Lo negativo del asunto, naturalmente, es que las piezas podrían ser robadas. Y eso podría ser un problema.
¿Por qué?
–En Estados Unidos, cualquier obra de arte documentada que haya sido robada debe ser devuelta a su país de origen. Por lo tanto, si esas piezas empezaran a aparecer, se iniciarían acciones legales y, en el mejor de los casos, serían confiscadas y devueltas. Otras piezas desaparecerían. Y nadie exhibiría su colección por miedo a perder las piezas.
¿Tiene idea de la dimensión del saqueo de Irak?
–He visto alrededor de 15 o 16 piezas provenientes de Nínive, y otras 4 o 5 de Nimrud. Le pedí a un colega iraquí que fotografiara algunas estelas que me interesaban. Le mandé un mapa y le indiqué los lugares de donde provenían las piezas que se ofrecían en el mercado. Quería ver el estado actual de las estelas. Las fotografías que me envió demuestran que las estelas habían sido reducidas a escombros.
También ha habido tráfico y venta de material de los museos iraquíes.
–Es cierto: eso fue después de la guerra del Golfo. Antes de los levantamientos en el norte y en el sur, los museos regionales .-una red de una docena de museos que poseían una buena cantidad de piezas tomadas de la colección del Estado– representaban una especie de microcosmos de lacultura de la Mesopotamia. Las mafias desguazaron la mayoría de esos museos.
¿A quién responsabiliza del saqueo? ¿Qué culpa tienen los museos regionales?
–No puedo imaginarme quién tiene la culpa. Es fácil acusar a las mafias.
¿Y los oficiales iraquíes, que vieron la posibilidad de hacer dinero fácil?
–Es una posibilidad. Pero no tengo evidencias ni escuché ninguna historia creíble al respecto. Más bien he visto todo lo contrario, pese a que el Departamento de Antigüedades pasó por circunstancias que nadie querría atravesar. Recuerde que tras la guerra las sanciones económicas destruyeron la cultura moderna de Irak, empujando al país varios escalones por debajo de sus anteriores niveles de vida, de salud, de alimentación, etc. Las sanciones fueron un desastre para todo el mundo, excepto para Saddam.
¿Se opone usted a las sanciones?
–Desde un aspecto humanitario, desde mis sentimientos personales, creo que sí. Pero no espero que todo el mundo esté de acuerdo. Para mí, como historiador del arte y arqueólogo –y también simplemente como una persona interesada en mi pasado–, las sanciones han sido un desastre para la herencia cultural de la humanidad. En especial porque no hay pruebas de que hayan servido de algo.
¿Tiene idea de dónde están hoy las antigüedades por las que lo consultó el abogado?
–Algunas están en una colección privada en Londres. El dueño ha estado intentando exportarlas a Israel.
¿Sabe usted cómo se llama?
–Shlomo Moussaieff. Él mismo, o un representante suyo, solicitó por vía perfectamente legal un permiso para exportar la pieza desde Gran Bretaña. El comité de evaluación, basándose en mis fotografías, reconoció que era una pieza robada y la exportación quedó bloqueada. Se invitó a los iraquíes a participar de la negociación con el coleccionista para ver de qué modo se podía devolver la pieza. Tengo entendido que la resolución está pendiente.
[En 1997, la Sección de Intereses del Gobierno de Irak –un grupo establecido en la Embajada de Jordania en Londres– inició las acciones legales. Las partes llegaron a un acuerdo el año pasado: el gobierno iraquí pagó al coleccionista 10 mil libras para cubrir el precio pagado por la estela y los honorarios de los abogados.]
Supongamos que un abogado llega a su oficina y le dice: “John, quiero mostrarle una foto de una hermosa pieza”. Usted la reconoce: proviene del palacio de Sennacherib. El abogado agrega que no puede dar nombres, pero que conoce a un cliente que conoce a otra persona que conoce a otra que quiere venderla.
–Una hipótesis interesante. Hay dos cosas que me interesan en relación con este asunto: una es tratar de desalentar futuros saqueos dificultando la oferta y haciendo que las piezas sean difíciles de vender; la otra es ver cómo es posible devolverle a Irak las piezas que ya están circulando. Sería bueno volver a reunirlas en su sitio original. Me refiero a piezas que todavía estén en condiciones de ser restauradas.
La pieza de mi hipótesis está en perfectas condiciones.
–He visto piezas como ésa, aunque no provenientes de Sennacherib. Pero cuando sé que una pieza es un fragmento de algo mayor, aun cuando esté en buen estado, no tengo ganas de poseerla ni de verla en un museo: sólo puedo verla en su contexto original. Creo que las piezas que fueron sacadas ilegalmente deben ser devueltas, no sólo a Irak, sino también a Nínive, para que las restauren en un nuevo museo. En cuanto a su pregunta,lo que yo evaluaría en ese caso es si al comprar la pieza puedo ayudar a repatriarla.
Supongamos que usted es libre de comprarla y enviarla de vuelta a Irak. ¿Lo haría?
–Tendría que consultar con abogados y oficiales de aduana, porque para las autoridades de Estados Unidos comprar esa pieza sería ilegal.
Supongamos que legalmente es posible. ¿La compraría y la enviaría a Irak?
–Creo que sí. Me gustaría mediar en una transacción de esa clase.
No le preocupa que las piezas devueltas a Irak puedan ser destruidas.
–Si al comprar esa pieza formo parte de la cadena de destrucción y financio el saqueo, debería evaluar bien el efecto de mi participación.
Trataría de pagar lo menos posible y de enviar la pieza a Irak. Pero lo pensaría muy bien. Lo que me preocupa es que de esa manera se crea un mercado, una demanda. La compra estimula el saqueo.
Si se pudiera eliminar la compra de objetos arqueológicos, se eliminaría el saqueo.
–Sí. El tráfico es parte de una cadena que empieza con el que arranca la pieza y termina con el que la compra. Supongamos que estamos hablando de un diamante conocido: un diamante famoso, registrado y fotografiado. Alguien lo roba y lo ofrece a una joyería a través de un intermediario. El joyero, que sabe que es un diamante robado, se lo vende a un comprador, que también conoce su origen. ¿Cuál de todos esos eslabones de la cadena debe ir a la cárcel?
Permítame hacerle algún cambio a su hipótesis. Supongamos que en vez de un diamante se trata de un bebé, y que los traficantes piden un millón de dólares. Si usted no lo compra se lo venderán a cualquiera. ¿Qué haría usted si tuviera el dinero?
–Entiendo el punto, pero creo que un bebé es algo diferente.
Hay que elegir: dejarlo morir o rescatarlo.
–Tratándose de temas relacionados con el acervo cultural, creo que es importante no enredarse con temas humanitarios. Por eso el ejemplo del bebé no me gusta demasiado. Soy reacio a hablar de encarcelar a los saqueadores, porque la gente que se involucra en los saqueos suele hacerlo por hambre.
¿Tiene alguna simpatía por los saqueadores?
–Tengo simpatía por la gente cuya opción es saquear o comer o no saquear y pasar hambre.
Esa afirmación se corresponde con su idea de que las sanciones deberían ser levantadas.
–Se corresponde con mi idea de que las sanciones son la causa que ha precipitado todo esto.
Creo que lo que le he planteado es la necesidad de elegir entre exhibir públicamente las antigüedades saqueadas que se registren y estén disponibles para el mundo académico, y permitir que alguien las compre, las guarde en un sótano y desde entonces nadie vuelva a tener noticias de ellas. ¿No es ésa la alternativa?
–Bueno: las diez piezas que me mostró el abogado no tenían ningún valor para los especialistas. Eran fragmentos rotos de otras piezas. Una escultura completa, que cuenta una historia esencial para la humanidad –la del sitio de Jerusalén, por ejemplo–, me parece interesante. Pero los pedazos de una estela mutilada no me dicen absolutamente nada.
¿Dejaría entonces que se perdieran en un sótano?
–Me gustaría verlas otra vez en Irak.
Ésa no es la alternativa.
–Si eso no ocurre, si las piezas no vuelven a su lugar de origen, las demás opciones no cambian demasiado las cosas.
Aunque terminen en el sótano de un coleccionista.

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