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Domingo, 3 de julio de 2011

MúSICA > IGNACIO VARCHAUSKY Y LOS 15 AñOS DE EL ARRANQUE

Dale Arranque

Es una de las figuras claves del tango actual. Productor, erudito y voz polémica de la escena, es el centro de un entramado cultural que incluye La Casa del Tango, la Orquesta Escuela para jóvenes que arrancan y la asociación civil TangoVía. Pero lo fundamental sigue siendo El Arranque, la banda de la que es miembro fundador, que ya goza de un rotundo éxito internacional, que en 2005 debió reformularse con la partida conjunta de su cantor y de su compositor y que ahora está por festejar sus 15 años de vida con el debut de su nuevo cantante. Para no perder la buena costumbre, Ignacio Varchausky disecciona con agudeza el tango actual mientras escucha heavy metal experimental.

 Por Mariano del Mazo

Ignacio Varchausky está jugando a un flipper que compró en Mercado Libre por 1500 pesos y que es mucho más que un adorno. El director de El Arranque juega fuerte, logra un special, pone garra, mueve el anacrónico armatoste y sospechosamente la máquina no se tilda (¿estará tuneada? es la pregunta que no llega a formularse). La imagen del hombre y la máquina, el juego fuerte, el éxito, podría servir de metáfora barata. Pero dejemos la metáfora a un lado, porque el game over dejó lugar a pasionales disquisiciones artísticas, exóticas para un músico de tango. Porque Varchausky –ideólogo y productor clave del desarrollo del género a partir de mediados de los ’90– está hablando de los discos que escucha hoy y que lo tienen obsesionado. “Se puede de Lucas Martí es extraordinario. Lo estoy quemando de tanto escucharlo. Conozco toda la obra de Martí: su producción cancionística alcanzó un nivel muy alto. Ahora acabo de volver sobre Mr. Bungle: dentro de un género tan específico como es esa clase de metal experimental, me mata su primer disco, el que les produjo en 1991 John Zorn. También estoy revisitando Scum, de Napalm Death, los creadores del grindcore, una variante del hardcore punk.”

Un hombre montado a un flipper hablando de rock y grindcore, en su oficina en la parte superior de La Casa del Tango, podría convocar a más símbolos e incluso a indignación de tía vieja (¿qué clase de casa del tango es ésta?), pero sería partir del prejuicio y, por fortuna, inconducente. Lo concreto es que Varchausky está a punto de celebrar los 15 años de El Arranque y que la escena actual sería otra, seguramente más pobre, sin su aporte serio, sobrio, zigzagueante y apoyado en un piso alto de calidad. Desde el debut, el 20 de enero de 1996, en Planeta Tango, en Chacabuco y Estados Unidos, hasta este presente, El Arranque acumuló prestigio, dio varias veces la vuelta al mundo y se perfeccionó musicalmente de cara al público. “El debut fue a instancias de José Garófalo, un bailarín y artista plástico que nos invitó a participar de su espectáculo y nos obligó a buscar un nombre. Estábamos excitados como los chicos cuando al fin reciben el juguete que tanto habían deseado. Nuestro público era pura familia y amigos. Hicimos ‘Del 1 al 5’, de Salgán, ‘Piropos’ de Cobián, ‘Rodríguez Peña’ de Greco, ‘Comme il faut’ de Arolas, ‘A bailar’ y ‘Yuyo verde’ de Federico y Expósito. Poco a poco se empezó a correr la bola y empezamos a convocar algo de público y a hacernos un nombre en el ambiente”, dice.

Es cierto que hoy la agrupación se difumina en un panorama muy rico de quintetos, sextetos y solistas de producción propia con nombres como los de Sonia Possetti, Diego Schissi, Andrés Linetzky, Cristian Zárate, Pablo Agri, Nicolás Guerschberg, Pablo Mainetti, Julián Peralta y tantos otros, pero en la década del ’90 era un referente cualitativo bastante solitario del tango entendido desde un lugar creativo y conceptual. Más allá de movidas de impacto –como haber compartido escenario en el Lincoln Center de Nueva York con Wynton Marsalis– destacaban por la lucidez en ciertas estrategias bastante inéditas dentro del tango y por la solidez y el talento de dos de sus integrantes: el violinista, compositor y arreglador Ramiro Gallo, y el cantor Ariel Ardit.

Por eso resultó tan traumático el 2005. Fue el año de la partida de Gallo y Ardit, junto con el segundo violín Pedro Pablo Pedraza. Funcionó como un golpe al corazón de la orquesta. Herida de muerte, decidieron poner el pecho y salir adelante. La edición de un disco de 2008, Nuevos, integrado precisamente por un repertorio nuevo, incluía un gracioso y autorreferencial juego de mesa sobre las peripecias de una orquesta joven con items como Se suspende el show (retrocede 2), Un contrato los obliga tocar ‘A media luz’ y ‘La Cumparsita’ (retrocede 4), Nueva gira europea (avanza 2) y Se van tres integrantes (retrocede 14). El juego operaba casi como el inconsciente del grupo, un análisis freudiano de su derrotero. Claramente el alejamiento de tres integrantes significó un retroceso notorio. “Fue un momento de replanteo. El hueco era enorme. El cantor se había formado con nosotros y estaba en su punto justo; y Gallo era el encargado de los arreglos. Nos juntamos con Camilo Ferrero, que es el otro miembro fundador, y nos preguntamos: ¿queremos seguir? Bien... ¿quién va a escribir? Justo teníamos una gira y había que escribir una obra con Gustavo Beytelman de invitado para presentar en el Chatelet de París. Bueno, la partida de Ramiro dejó lugar para que empezaran a escribir otros. Fue el efecto George Harrison: liberador. Martín Vázquez, el guitarrista, dijo que él se hacía cargo. Y fue impresionante. Laburó como un loco, lo ayudamos entre todos y terminamos la obra. Después de esa experiencia se largaron a escribir todos. Eso es lo bueno que tiene El Arranque, que es un lugar de estudio, cuya zanahoria es artística. Con Camilo tenemos un pacto de caballeros: el día que esto se convierta en un kiosco disolvemos la orquesta.

¿Qué sería un kiosco?

–Es sólo tango, pero me gusta. En 2005 cuando atravesamos esa crisis podríamos haber dicho: ya está, somos conocidos, tenemos prestigio y 150 tangos en el repertorio. Listo, no hagamos un tema más. Y no: el próximo paso fue hacer un disco de tangos propios.

¿Ese disco no entra en contradicción con Clásicos (2002), que es un disco de temas hiperfatigados?

–Yo con los discos tengo como una visión a largo plazo. Son cosas que uno quiere hacer, pero que no se sabe cuándo van a ocurrir. Hace poco leí unas declaraciones de Björk en que decía que tiene cuarenta discos en la cabeza, pero que no los puede hacer todos juntos. Me encanta esa idea: los discos están en la cabeza, salen de acuerdo con las circunstancias y posibilidades. El disco de Leopoldo Federico de Raras partituras lo hubiese hecho en el ’96, en el ’98... bueno, llegó en el momento adecuado, el 2010. Clásicos coincidió con la gira a Japón. Tampoco somos ingenuos: era un buen momento para dar nuestra mirada de los clásicos. Se vende muy bien, en Japón y acá, pero después no hicimos Clásicos 2 y Clásicos 3.

ES SOLO TANGO, PERO ME GUSTA

En el despacho de Varchausky conviven vinilos extrañísimos de Frank Zappa y Kraftwerk con uno de pasta de Horacio Salgán y su orquesta que asoma como un tesoro. “Es un disquito que salió en Uruguay, por Antar Telefunken. Es muy raro, de finales de los ’50. Trae ‘La última curda’ cantada por Edmundo Rivero, ‘Flores negras’ con un arreglo especial para piano solista y cuerdas, ‘Homenaje’ –una milonga campera tocada por una típica es algo al menos curioso– y una versión de ‘La cachila’, que hasta donde yo sé es el único tema de piano solo que Salgán grabó comercialmente.” Habla de Salgán con idéntico entusiasmo que de Napalm Death. Abajo Víctor Lavallén, ex bandoneonista y arreglador de Osvaldo Pugliese, exhibe sus canas y subraya algunos trucos de formas orquestales a un grupo de jóvenes que está cursando en esa formidable máquina de trasvasamiento generacional que es la Orquesta Escuela. La idea, del propio Varchausky, fue impulsada en el 2000 bajo la dirección de Emilio Balcarce y tuvo su película. Si sos brujo (2005), documental realizado por la estadounidense Caroline Neal, a la sazón esposa de Varchausky, apunta a la labor pedagógica de la entidad y a la figura entrañable de Balcarce. Además el contrabajista es el fundador de TangoVía, una asociación civil “que trabaja en la preservación y el desarrollo de la cultura de tango”. “El Arranque, la Orquesta Escuela, TangoVía, incluso también los discos que produzco, son actividades complementarias”, dice, y agrega que la cercanía de los 15 años lo hizo repensar el tiempo que pasó. “Lo primero que surge es el asombro por todo lo que logramos. También reflexiono sobre lo que aprendimos en estos años. Y cotejo declaraciones mías: algunas me siguen representando, otras ya no”.

¿Cuáles ya no?

–Yo me metí en el tango con pasión y desde el deseo de pertenecer, de entrar a la familia tanguera para decirlo de algún modo. Cuando empezó El Arranque yo tenía 19 años, ya consumía tango y era coleccionista. Pasó el tiempo y ya no tengo una mirada tan complaciente con el género, aprendí a diferenciar lo que está debajo del tango. Hay cosas que me interesan mucho, otras nada, otras que tienen calidad, pero no me interesan, algunas que tienen poca calidad y sí me interesan... Me llevó tiempo darme cuenta por ejemplo de que no me interesaba tanto tocar bien... Yo estudiaba mucho y se me estaba impregnando una mirada muy conservadora. Ahora percibo que me interesa tanto lo musical como la cuestión de la identidad que tiene el tango. Con lo mejor y lo peor, el tango representa algo muy parecido a lo que somos, es una suerte de espejo.

¿Por qué pensás que hay tanta producción y casi nada de público genuino? ¿No te resulta frustrante?

–Es lo que es. Frente a esta escena de hiperproducción, la cantidad espectacular de grupos de repertorio... lo único que tengo es sorpresa. Y te hablo desde el ojo del huracán. Es inentendible la cantidad de discos que me llegan. A vos te debe pasar lo mismo: es algo infernal. Cuando viajás y estás en los centros culturales del mundo, comprobás que no sucede ni por asomo algo así. Vas a cualquier lugar, no sé, Melbourne, París, donde todo es más fácil en muchos sentidos, y el nivel de producción es inferior. Aquí las complicaciones nos volvieron especialistas en encontrar grietas en el sistema. Y entonces se produce como se puede, y en general se produce bien.

¿Y el público?

–Es verdad, no existe. Hay que observar qué ocurre y tratar de entenderlo... De lo contrario te transformás en un resentido marca ACME. A mí me encantaría llenar teatros, tener público propio, legitimidad, prestigio, repercusión... ¿Es así? No. ¿Por qué? Puedo decirte que es por el tiempo y el país que corren, porque la gente tiene muchas ofertas, porque las modas y los gustos y los intereses del público consumidor van por otro lado, porque lo que reflejaba el tango cantado y la poética se trasladó a otros géneros... Ahora, bueno: ¿soy capaz de sacar mis discos, que me vean algunos, que me hagan notas medios importantes?... Bueno, ¡chapeau! La verdad es que pensar que a la muchachada que escucha cumbia o reggaetón de pronto se va a poner a escuchar tango o folklore es un sinsentido. Lo que sí se puede, con políticas oficiales buenas, es tratar de multiplicar las posibilidades de la música ligada a la identidad y a la cultura argentina. Lo que no me parece sano es que uno se enganche con estas cuestiones como si fuera algo personal... Ahí empezás con el discurso de “el país me debe no sé qué” y te convertís en un carcamán a los 40 años. Pero sí es cierto que todo es discrecional, todas son epopeyas individuales, y que faltan afinar gestiones culturales desde el Estado.

OTRAS VOCES, OTROS BARES

Hubo un tiempo en que El Arranque y la Fernández Fierro eran como Los Beatles y Los Rolling Stones. Años en que a Varchausky se le filtraba un discurso conservador, de carcamán a los 20 (“para tocar tango hay que romperse el lomo estudiando, de lo contrario dedicate a otra cosa”) y los Fierro eran pura actitud. Fue una batalla sorda, surcada por un entramado de malentendidos superados que derivaron en la concordia actual. “La movida que desarrollan en el Club Atlético Fernández Fierro es extraordinaria. Conozco el esfuerzo que significa lo que hacen y el desgaste que provoca en las relaciones humanas. En términos de proyecto artístico está bárbaro. Lograron algo complejo: definir una estética, tener un discurso atrás, defenderlo con uñas y dientes y encima que les vaya bien... Que nos hayan invitado a tocar al club fue muy importante, para mí tuvo una enorme carga simbólica. Particularmente no es la música que más me habla, pero sin duda antes mi mirada era más crítica... Tenía que ver el momento que yo estaba pasando. Estudiaba cinco horas por día y de pronto vinieron unos tipos que por ahí no tocaban bien... y me molestaba. Pero en realidad estaba molesto conmigo mismo... ¡porque no quería estudiar cinco horas por día!”

Hay algo que lo tiene particularmente ansioso: el miércoles 6 será la presentación oficial de Juan Pablo Villarreal, el nuevo cantor de El Arranque. “Lo descubrí en un barcito de Barracas llamado Ingrata. Fue una situación calcada a la que me ocurrió con Ardit, que conocí en El boliche de Roberto. Es de Puerto San Julián, Santa Cruz, tiene 30 años y una voz preciosa. Es fino, le creo lo que canta.”

¿Qué estilo tiene?

–No sé cómo explicarlo, tenés que escucharlo... Si tuviera que vincularlo con algún cantor –dejando en claro que toda comparación es odiosa e inexacta–, ese cantor sería Raúl Berón.

Estás cometiendo una herejía...

–Ya vas a ver.

El Arranque festeja los 15 años de vida el miércoles 6 de julio, a las 20.30, en el Complejo Cultural 25 de Mayo, Av. Triunvirato 4444. Entradas $5 y $10 (capacidad limitada). Los invitados son Julio Pane, Tata Cedrón y Leopoldo Federico.

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Parados de izquierda a derecha: Ignacio Varchausky (contrabajo y dirección), Guillermo Rubino y Gustavo Mulé (violines), Camilo Ferrero (primer bandoneón), Martín Vázquez (guitarra), Juan Pablo Villarreal (voz). Sentados de izquierda a derecha: Marco Antonio Fernández (bandoneón), Ariel Rodríguez (piano).
 
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