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Domingo, 3 de julio de 2011

CINE > MEDIANOCHE EN PARíS: WOODY ALLEN VUELVE A LA CIMA

El otro cielo

Hizo falta que dejara Nueva York, que filmara varias películas en Londres y una en Barcelona para que esa mezcla de errancia y exilio europeo llevara a Woody Allen a volver al París de Todos dicen te quiero y dedicarle a la ciudad su película más taquillera y una de las mejores de su carrera. Con un alter ego impecable, un escenario prodigioso y una trama mágica en la que se permite revisitar desde el presente el dorado y demencial París de Hemingway, Fitzgerald, Dalí y Picasso, Medianoche en París hace por la ciudad lo que Allen ya hizo por Manhattan, y por la literatura lo que ya hizo por el cine.

 Por Juan Pablo Bertazza

Hasta que el reloj algo ceniciento y obsesivamente puntual de Woody Allen marcó las doce, las clasificaciones de sus películas solían ser muy tajantes: las comedias (Los secretos de Harry, Bananas) y los dramas (Interiores, Otra mujer); las realistas (Hannah y sus hermanas, Crímenes y pecados) y las fantásticas (El dormilón y Comedia de una noche de verano). Pero existe, además, una división menos implícita y más sutil: un período de decadencia a partir de La maldición del escorpión de jade (2001) y una edad de oro claramente inaugurada con Amor y muerte, la última noche de Boris Grushenko (1975) y clausurada, siendo un poco generosos, con Ladrones de medio pelo (2000), pasando por el Oscar a mejor película por Annie Hall que no fue a recibir por quedarse tocando el clarinete, y la consagración como mejor alumno de Bergman con la estupenda Manhattan.

Eso, hasta que dieron las doce. Además de su condición de inolvidable, Medianoche en París obliga a replantear todas estas clasificaciones. Esta es una de las mejores películas de toda la carrera de Woody Allen, a la altura de Match Point pero con una diferencia fundamental: si la película que se obsesionaba con la omnipotencia del azar era una especie de anexo en su filmografía, un film que, en cierta forma, no parecía de Woody Allen y más bien entraba por la ventana de su obra; Medianoche en París es su mejor trabajo en los últimos tiempos que, además, resulta totalmente suyo; la película de la puerta principal y la alfombra roja que, dicho sea de paso, inauguró el último Festival de Cannes. Es decir, mientras Match Point mostraba un verdadero salto de calidad a partir de algo totalmente distinto a lo que venía haciendo (a excepción, quizás, de Misterioso asesinato en Manhattan), Medianoche en París es una chef d’oeuvre que, por el contrario, confirma, a veces, y resignifica, casi siempre, sus trabajos anteriores e interiores, por no decir su vida. Tanto es así que uno de los posibles antecedentes de este film tal vez sea la peor película filmada, hasta el momento, por Woody Allen: Melinda y Melinda, en la que se ponía en juego el gesto de mostrar una misma vida como drama y como comedia. Dicho en otras palabras, era necesario pasar por eso para que llegara esto.

En esa especie de guía Michelin a partir de la cual se reinventó en los últimos años, luego de una pequeña muerte en vida que lo puso en el ojo de la tormenta de la crítica y que amenazó con quitarle su lugar de culto, hubo películas en las cuales Allen, al mejor estilo Manhattan, pintaba una ciudad a partir de una historia: Londres en Match Point, Barcelona en Vicky Cristina Barcelona y ahora siempre tendremos París: la torre Eiffel, el Sena, Saint-Germain-des-Prés, el jazz, los ateliers, el cartel de la rue de Lille donde vivía Lacan, los pasajes que fascinaban a Baudelaire, el pensador de Rodin, los Champs-Élysées, la noche y la lluvia; todos los mitos de la ciudad de las luces brillan en este film.

Pero, en realidad, Medianoche en París perfecciona (aun) muchas de sus películas emblemáticas: es una vuelta de tuerca al bovarismo de La rosa púrpura de El Cairo, es una versión mejorada de esos brillantes experimentos que fueron Zelig y Sombras y nieblas. Para realizarla fue necesario que Woody Allen alcanzara ciertos logros en sus últimas películas, entre los cuales se destaca, sobre todo, algo que nunca había conseguido antes: no necesitarse a sí mismo como actor (Larry David en Si la cosa funciona, Antony Hopkins en Conocerás al hombre de tus sueños y, ahora, un superlativo Owen Wilson) sin que eso signifique para nada abandonarse a sí mismo como personaje, sin que eso signifique desligarse de su espejo –con fantasmas y neurosis incluidos– como principal fuente de inspiración.

Así como Cortázar proponía en muchos de sus relatos anclados en París misteriosos pasajes espacio temporales, Woody Allen usa el escenario de esta ciudad mítica para proponer un viaje en el tiempo que, al mismo tiempo, significa un verdadero tour por su educación sentimental: Gil Pender es un escritor estadounidense melancólico y algo inseguro que realiza una especie de luna de miel anticipada junto a su fiancée y sus futuros suegros. Pero una noche en que ella decide ir a bailar con un pedante, él experimenta un punto de fuga al vivir en carne propia su propia edad dorada: los años veinte de una ciudad que es su lugar en el mundo. Así conoce en una fiesta tan inesperada como inolvidable a su firmamento de escritores: F. Scott Fitzgerald y Zelda, Hemingway, T.S. Eliot, Gertrude Stein y también pintores como Gauguin, Salvador Dalí –personaje pintado para Adrien Brody– y Picasso. El primer impulso –tras pellizcarse, preguntar y convencerse– es compartir el flamante tesoro con su novia, pero la magia suele ser un aprendizaje individual. Entonces se enamora de una amante de Modigliani que amenaza con retenerlo en su nuevo mundo, y con ella retrocede hacia la propia edad dorada de quienes viven en la edad dorada del escritor: París en 1890.

Medianoche en París tiene registro y profundidad, psicología y un ritmo alucinante, además de infinitos condimentos como la aparición de Carla Bruni haciendo de una sólida guía turística. La aguja de las doce que lentamente marca la culminación del proyecto cinematográfico de Woody Allen. Ni comedia ni drama, ni decadencia del imperio ni edad dorada: la tercera posición entre el idealismo romántico y la realidad más rasa. Una precisa y necesaria combinación de fantasía y realidad a partir de la cual Woody Allen demuestra que puede filmar la vida misma. Y todo lo demás.

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