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Domingo, 12 de agosto de 2012

CINE > Kô NAKAHIRA EN LA LUGONES

Dormir al SOL

A mediados de los años ’50, inspirado en los jóvenes de clase media alta japoneses que vivían aburridas vidas privilegiadas y despreciaban a sus padres, el cineasta Kô Nakahira inventó un subgénero llamado tribu del sol y, con películas filmadas en poco más de quince días, deslumbró a sus colegas y contemporáneos de la Nouvelle Vague francesa. El ciclo de la sala Lugones, que prácticamente presenta lo mejor de su producción, desconocida salvo para los cinéfilos, permite asomarse a ese retrato de época y al posterior cine del autor, poblado de chicas hipersensuales y adolescentes aburridos.

 Por Mariano Kairuz

“Hacemos del aburrimiento nuestro credo”, dice el chico. Estamos en una casa de descanso ubicada en alguna relajada locación playera de Japón a mediados de los años ’50, y esta declaración que, con un mínimo prejuicio, podríamos adjudicarle a buena parte de los “nuevos cines” de acá, de allá y de otras partes del mundo, apunta a definir lo que estaba pasando entre los chicos en el país asiático en medio de la potente reactivación económica y social de la posguerra, mientras, casi sin darse cuenta, se anticipa en al menos tres años a la Nouvelle Vague de Truffaut, Godard y compañía. Y es que Japón también tuvo su Nueva Ola parricida en los ’60 y aunque hoy casi nadie se acuerda de él —la excepción son los cinéfilos y estudiosos expertos en el cine del sol naciente, como Donald Richie—, Kô Nakahira (1926-1978) fue el responsable de una película precursora, una de las pocas que han tenido cierta circulación después de su tiempo, llamada Frutos locos, definida a menudo como la Rebelde sin causa o la Blackboard Jungle japonesa, e integrante, junto con otros catorce títulos, de la retrospectiva que la Cinemateca Argentina y la Embajada de Japón le dedicarán a este director en la sala Lugones a partir de este martes que viene.

Habrá, en varias de las películas de Nakahira, otros chicos sin rumbo, y en tensión entre el pesado parloteo de las generaciones anteriores y un impulso de modernización que viene atado a la invasión cultural norteamericana posterior al conflicto. Pero Frutos locos es el film paradigmático de un subgénero fugaz, el taiyozoku, que se traduce como “tribu del sol”, junto con otras dos películas del mismo año, pero pertenecientes a otros directores (La temporada del sol y Cuarto de castigo). La primera parte de la película no sólo representa este “movimiento” generacional en sus personajes y situaciones, sino que directamente lo explica verbalmente en sus diálogos. “Si están tan aburridos encuentren algo que hacer”, increpa el adolescente Haruji a los amigotes de su hermano mayor cuando los ve jugando a las cartas. “No es tan fácil encontrar algo que hacer”, responde uno, alegando que sus padres y sus profesores, que les hablan de convertirse en los próximos “capitanes de la industria”, han perdido todo contacto con la realidad del nuevo Japón, y viven anclados en el pasado. “¿Y entonces qué? ¿Matamos el tiempo sin sentido? —insiste Haruji—. Se aburren porque no saben lo que quieren hacer. A la gente como ustedes los llaman la tribu del sol.” Y entonces: “Hacemos lo que podemos. Vivimos tiempos aburridos, por eso hacemos del aburrimiento nuestro credo”.

Planteado este panorama inicial, Frutos locos se aboca enseguida a narrar el triángulo integrado por Haruji con la joven y atractiva Eri —la chica con la que primero se topa en la estación de tren y luego en el mar— y el hermano mayor de Haruji, Natsuhisa. Tanto más canchero, seguro de sí e inescrupuloso que su hermano menor, Natsuhita emprende su relación con Eri a espaldas de aquél y mediante maniobras extorsivas para la chica, que les ha ocultado a ambos que se encuentra casada con un hombre norteamericano bastante mayor y que busca recuperar algunas de las experiencias de juventud que siente haberse salteado.

Un detalle fundamental y particularmente sugestivo de la película es que el actor que interpreta a Natsuhita es Yujiro Ishihara, hermano en la vida real del escritor Shintaro Ishihara, que era, con apenas 23 años, un galardonado autor literario, responsable de las tres novelas en las que se basan Frutos locos y los otros dos films que conformaron el núcleo de la llamada tribu del sol. Por lo general se adjudica el éxito y la influencia de estas películas a testimonios según los cuales los jóvenes de su época se sintieron auténticamente reflejados en el retrato que hacía de muchachos de familias prósperas que se habían beneficiado con el impulso industrial de los ’50. El de Frutos locos es un mundo que no estaba al alcance de todos en Japón, pero que muchos reconocían como real y cercano: la casa en la costa con criados, las tardes de ocio en camisas hawaianas, dedicadas a la navegación y el ski acuático; las noches en clubes con nombres occidentales como el San Francisco o el Blue Sky, y el jazz como su banda de sonido adoptiva y casi excluyente. Alarmadas por este retrato de “los excesos, la promiscuidad y el nihilismo de la juventud universitaria”, agrupaciones de amas de casa y de padres se manifestaron ruidosamente.

Hoy el autor de la Tribu del sol, Shintaro Ishihara, lleva 13 años al frente de la gobernación de Tokio, en una gestión por la que suele ser caracterizado como un político de extrema derecha. No faltan quienes se preguntan cómo es posible que el principal representante de aquella movida juvenilista haya devenido una figura tan icónicamente reaccionaria de su país (capaz de hacer públicamente comentarios homofóbicos y de decir que el episodio de la masacre de Nanking es pura propaganda antijaponesa), a lo cual se ha contestado que la propia Frutos locos, al darle un final trágico a su historia de triángulo amoroso en pleno albor de la era del amor libre, ya exhibía sus rasgos más conservadores. Sin embargo, se sabe que nada menos que Truffaut (que luego fue, con Ishihara, uno de los codirectores de El amor a los 20 años) reconoció que había algo nuevo en esta obra proto-Nouvelle Vague que había sido filmada en apenas 17 días, y acaso ese algo fuera una manera más espontánea y sensible de mostrar a los chicos de su época, la rabia contra la generación de sus padres y el fuego revolucionario de sus impulsos hormonales. Cuando el romance entre Haruji y Eri comienza a desplegarse, los planos que se recortan sobre el roce de sus manos o de la piel desnuda de las piernas de ambos mientras retozan sobre las rocas, transmiten, más que una sensualidad, una calentura que no era una cosa corriente en el cine hasta muy poco tiempo atrás. Oshima, que todavía no había filmado su Cruel historia de juventud, enloqueció ante el sonido de la falda de Eri al ser rasgada por el hermano de Haruji.

Aunque la filmografía de Nakahira luego recorrió otros caminos, el personaje de Eri encarnó ya en su iniciática y reveladora Frutos locos un papel central a varias de sus películas posteriores: el de la chica que se siente frustrada y ahogada dentro de su matrimonio y termina lanzada a la infidelidad. En distintas variantes, este personaje reapareció con frecuencia en los relatos de Nakahira, como El desliz de la virtud (de 1957, basado en una popular novela de Yukio Mishima), Encuentro clandestino (1959) y Remolinos, torrentes y amores de una mujer (1964), todas películas que podrán verse en el ciclo de la Lugones. E incluso, de algún modo y con más vitalidad que nunca, en Yuka, la chica de los lunes (1964), protagonizado por la irresistible Mariko Kaga como la muchacha del título, amante de muchos, tironeada entre el mandato de su madre, de vivir para satisfacer a su hombre, y su propia caldera hormonal. En otras palabras, una suerte de manifiesto sobre el sexo como una de las mejores, más poderosas maneras de combatir el aburrimiento de su generación.


El ciclo Descubriendo a Kô Nakahira va del martes 14 al miércoles 29 de agosto en la sala Lugones, Av. Corrientes 1530. www.teatrosanmartin.com.ar

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Además de la pionera Frutos locos, en la retrospectiva de Nakahira se verá Yuka, la chica de los lunes, a la que pertenece esta imagen de la hermosa e irresistible Mariko Kaga.
 
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