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Domingo, 2 de marzo de 2014

LOS OJOS DE LA TORMENTA

MUSICA En los noventa se hizo famoso, con apenas veintiún años, como el intenso cantante de Peligrosos Gorriones, una de las más importantes bandas de La Plata, esa ciudad tan pródiga en hijos sofisticados del rock argentino. Pero después, cuando los Gorriones pusieron punto final, Francisco Bochatón comenzó una notable carrera solista acompañada de un aura de artista atormentado e impredecible, que podía ser dolorosamente íntimo y confesional sobre melodías delicadas y a veces festivas. Ahora está presentando La vuelta entera, su más reciente y hermoso disco, el noveno como solista, y –asegura– también se está dejando arrastrar por una ola de luminoso optimismo que impregna esta colección de canciones con cierto espíritu adolescente.

 Por Micaela Ortelli

De la pared del fondo de La Orquídea, un bar en una vieja esquina de Almagro, cuelga un espejo por el que Francisco Bochatón y Lorena Muñoz –que entraron de la mano– se ven y se saludan. El, compositor de sangre, lleva más de 20 años de producción continua, honesta y descarnada: para los que le siguen el ritmo, es el cantante de una generación. Ella es cineasta y entre otros documentales –Yo no sé qué me han hecho tus ojos (2003), Los próximos pasados (2006)– dirigió el de Peligrosos Gorriones, que se estrenó el año pasado en el ciclo Insurgentes del Canal Encuentro. Durante esa filmación se conocieron; meses después crean canciones y videos juntos y apenas se separan. Francisco la anima a cantar, ella prende la cámara si él agarra la guitarra; conversan interminablemente, dicen.

En armonía. Así se lo ve al hombre que hace años cantaba “me muero, me extingo, no hay más de mí” y de verdad se sentía así: mal. Toda la época de Peligrosos Gorriones –“Me extingo” es parte de la última– fue turbulenta para Francisco, líder, voz y bajo de la banda, una de las más prometedoras de los ’90, hoy instalada en el imaginario por desfachateces como “Escafandra” y “Serpentina”. El más joven de los cuatro integrantes tenía sólo 21 años cuando grabaron el primer disco, y su impenetrable seriedad dentro de esa piel sin sol, sus performances siempre extremas –por su desborde o total apatía– lo volvían un personaje hosco y lejano, oscuramente inquietante, y por todo eso tan atrayente. A Francisco lo envuelve un aura semejante a la de frontmans tristes e inolvidables como Kurt Cobain, ese mismo misterio: qué los atormenta. En 1997 Peligrosos Gorriones lanzó su tercer álbum, Antiflash, y pasó al bastión de bandas nacionales como Los Brujos –de vida corta pero eterna–; él inició una prolífica carrera solista que inauguró con el siempre recordado Cazuela (2000).

“Tuve una situación de artista sufrido, no es fácil el rubro, se disfruta mucho pero se padece también.” Francisco no entra en detalles escabrosos, un poco porque el momento aparece demasiado remoto ya, y otro tanto porque no los hay: era un rockero irreverentemente joven y exitoso en los años del bling bling criollo, suficiente para enloquecer a cualquier chico de barrio como él, nacido y criado en La Loma, La Plata, tercer hijo de padres abogados, que a los ocho años pidió que lo mandaran a batería y recién entonces empezó a vivir, o así se le dibuja a la distancia: “Lo único que me hizo bien a mí fue tocar; yo me acuerdo de mi vida a partir de que empecé batería”. Su profesor tocaba en televisión y lo entrenaba para que fuera un profesional; esa parte –la seriedad en el estudio, las ideas y metas claras– se la debe a la dedicación y exigencia de Julio Peloche. El desparpajo y el descontrol –románticamente entendido– al arcoiris platense de fines de los ’80: un rejunte de jóvenes libres y sedientos de todo, Letras y Bellas Artes haciéndose lugar en los mismos bares, éstos transformados en centros culturales, teatros convertidos en salas de conciertos de rock. Francisco leía a los poetas malditos y estaba obsesionado con Dalí, quería “abrir todo”, que su música se pareciera a esos cuadros.

“Me dediqué mucho, no era una actitud nomás. Estudiaba, escuchaba un montón de discos, me interesaba por los acordes que usaban los músicos, sabía lo que quería componer pero no sabía cómo. Y apenas tuve dos herramientas lo empecé a hacer.” Fue con la guitarra de un compañero de su banda de entonces, Dios; Francisco lo cuenta como si lo estuviera viendo: “Estaba todo en la misma tonalidad y yo pensaba que cambiaba, que la canción tenía una parte B, pero no”. Nunca paró de componer. Aprendió a tocar todos los instrumentos y le costó dejar de criticar su voz aunque siempre cantó bien, sintiendo lo que dice, con audacia y sensualidad natural. “Siempre me di con un caño como cantante, siempre me pareció que en Gorriones estaba todo bien menos la voz.” Finalmente, como hace la mayoría de los adultos, dejó de castigarse. Tiene 41 años, nueve discos firmados, de los que el más reciente, La vuelta entera –que lleva un año con vida–, es un verdadero punto de inflexión. Fácil decirlo con ese título, pero no fue intencionado: “Soñé que componía una canción que empezaba así, como abre el disco: ‘Yo no sé cómo se me ocurrió dar toda la vuelta entera’”. La frase que sigue –“Es como ir pisando el viento”– no fue soñada sino deliberadamente onírica: “Traté de respetar el juego, de volver a divertirme”, dice.

Por eso lo llenó de guiños a su época musical más dichosa, cuando todo estaba por conocer y aprender: los ’80. Empezando por la antigua costumbre de llamar al disco como el tema apertura, la proliferación de teclados que aparecen como luces de Navidad intermitentes en esa canción –la homónima– y otras como la extraordinaria “Invisible”, la estructura bien clásica de parte de la lista –con estrofas, puentes y estribillos bien definidos y efectivos–, todo lo podría haber hecho hace 25 años un Bochatón más confiado y menos inestable –bueno, menos joven entonces–. “Hay como un cierre de una etapa para mí, por eso me gusta haber nombrado de forma tácita los ’80. Yo curtí esa calle y me pareció divertido hacerlo, además es la música que me gusta, Siouxsie and the Banshees, Echo and the Bunnymen, The Cure, The Smiths”, defiende. La escucha a la que dispone también es a la vieja usanza: La vuelta entera no es el –ahora– típico disco perfectamente disfrutable en MP3; su producción cuidada y artesanal –grabó en vivo con banda y mezcló de forma analógica– amerita mucho más sentarse frente al equipo con el librito a aprenderse las letras.

Pensando sólo en vos, me siento solo, mi vela se apagó, voy a servirme vino. Pastillas celestes, no sé qué escribir, me siento solo, cómo calla el ángel de mi alma, cómo grita la serpiente de mi mente. Francisco recuerda –y cómo no hacerlo– “Pastillas Celestes” (Mundo de acción, 2002) para graficar el contraste con las letras de La vuelta entera, menos autorreferenciales y sensibleras que las viejas Bochatón, pero no menos íntimas y poéticas. Esta vez, a diferencia de en discos marcadamente personales como La tranquilidad después de la paliza (2005), no se involucró tanto al escribir, al menos en la camada de temas ultranuevos que seleccionó entre los más de 40 de todas las épocas (a “Mapa de Río”, por ejemplo, la compuso a los 18 y así suena: un rock sencillo y jovial): “Venía componiendo un poco más frío, me estaba saliendo así, entonces el disco lo encaré por un lugar de mucha producción, de mucho trabajo profesional en estudio, de mucha conciencia con lo que se estaba haciendo. Es un disco totalmente trabajado, no tiene una postura de dejar al azar ni una cosa muy sentimental de contar todo lo que siento; tiene más potencia que emocionalidad”. En esto recuerda a Tic Tac (2007) –el de las hermosas “Perfume Parpadear” y “Balvanera”–, un disco animado y vehemente, de poca balada.

Bochatón está más... “¿Acompañado?”, sugiere él mismo. Abierto, menos en su agujero interior –aunque sigue ahí, se nota en los mantos de seriedad que lo cubren de a ratos–. La vuelta entera está grabado completamente en banda (también como Tic Tac) y es, asegura, el menos solista de sus discos solistas. “Siempre los músicos iban, grababan su parte y se iban y yo me quedaba produciendo todo; esta vez no, la banda se quedó, grabó overdubs, ensayamos durante dos años. Antes, por una cuestión descuidadamente autorreferencial, mis bandas eran muy yo y mis bandas. Ahora somos nosotros, comparto más.”

Se reservó, sí, su espacio de intimidad para cantar: lo hizo en su casa, ocho horas de corrido. Y aunque es cierto que el disco no es tan sentimental, se luce en canciones “Alberto Migré” como “Ustedes dos”, la típica y triste historia del descartado: Ustedes dos y yo sin entender. Besará tus ojos y cortará mis alas. Morderá tu piel eterno hasta mañana y yo otra vez perdiendo mi calor sabiendo que me quedo sin tu amor. Y en “Tu Luz”, si no es autorreferencial, se lo nota decididamente afilado e inspirado para escribir: Soñar y despertar y caer sin resistir, ésa es la tentación de la que no quiero salir. Todo se empieza a mover, a desordenar, el equilibrio es real, se puede encontrar. También, aprovechando la oleada de optimismo y buen ánimo, se permitió cantar adorables letras ajenas: una de su amigo Guillermo Burchi y otra hecha de pasajes del inmenso Federico García Lorca. “Mi Tesoro”, de Burchi, dice: ¿Dónde está aquel tesoro que a todos nos desespera? Lo vivimos por momentos y deseamos retenerlo. Si dejamos que venga, que fluya y que siga su paso, tal vez en el mejor caso sea lo que nos convenga. Las palabras de un amigo pueden ser asombrosamente acertadas a veces.

Y como si el equilibrio fuera la única opción en este momento, la exposición que se guardó en las letras la desplegó en la tapa: una bellísima foto de Nora Lezano que lo muestra sin ropa –sólo lleva auriculares–, de espalda, haciendo una postura de yoga. Todo un resumen visual de su enorme vuelta por la música, su consagración como clásico del rock nacional y su flamante despertar. Nuevamente reunido con los Gorriones (van a grabar un disco en vivo), Francisco habla largo y distendido; de pronto se interrumpe y mira a Lorena: “Esto lo hablábamos el otro día”. En cualquier momento y sin avisar los recientemente enamorados regresan a su intimidad; ahora son sólo ellos frente al espejo, de vuelta en su mundo propio de canciones por componer y videos por filmar.

Francisco Bochatón se presenta el sábado 8 de marzo, a las 22, en Cerveza Club (Avenida de Mayo 1881, Ramos Mejía). El sábado 22 de marzo será una fecha más grande, a las 23, en Makena (Fitz Roy 1519, CABA).

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Imagen: Nora Lezano
 
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