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Domingo, 25 de mayo de 2014

LA ARMÓNICA QUE CANTA

MUSICA Empezó estudiando batería y se pregunta qué habría sido de él si se hubiera dedicado al piano y no a la armónica. El camino que terminó eligiendo tiene una ventaja: se trata de un campo musical que, a pesar del gran antecedente de Hugo Díaz, marca un vacío, un bache histórico. Salido de Cosquín, Franco Luciani está por llegar al Colón y estrena un disco, Gardelería, donde arremete, junto a Federico Lechner, con jazz y candombe. En esta entrevista explica por qué la armónica es un instrumento que canta, habla y hasta es chamuyera.

 Por Mariano del Mazo

Detrás de la estampa de Peter Pan se agazapa un joven viejo que está destinado a hacer historia en la música argentina, si es que todavía no la hizo. Franco Luciani –como pocos– es el sinónimo total de su instrumento en la Argentina, como alguna vez lo fue Hugo Díaz. Su tiempo es hoy, y define huellas para el futuro. Como su instrumento, Luciani está tan a mano que no se hace notar. Mientras encara una solitaria cruzada para que la armónica cromática deje de ser sólo un objeto musical para guardar en el bolsillo de la campera, abruma la libertad con que maneja múltiples registros, fragua de técnica y yeites, de tradición y experimentación, de música popular y académica. Ahora mismo está en el medio de su prolífico laberinto, yendo y viniendo de Gardel a Strasnoy, de “Por una cabeza” a Faulkner, de clubes de jazz al Teatro Colón, al tiempo que pone su rostro como “modelo publicitario” de Hohner, la célebre marca alemana de armónicas. Lo de modelo publicitario es una forma de decir: en verdad, Franco Luciani fue convocado para participar en la World Harmonica Festival Hohner en Trossingen, Alemania, sede de la fábrica de armónicas. “Soy endorser de Hohner, algo así como un representante en el mundo. Es un orgullo, la verdad. No es una cuestión de dinero, porque sólo te proveen armónicas. Pero es una plataforma sólida, de desarrollo.”

DE COSQUIN AL COLON

Acaba de sacar un disco altamente disfrutable junto con el pianista Federico Lechner, en el que se pone a jazzear obras de Carlos Gardel. El razonable prejuicio –¡otra vez Gardel!– se empieza a disolver en el primer segundo del disco cuando Franco imposta una voz gaucha, dice “a ver ese Caminito criollo, florido y soleado” y difumina todo rastro campero de “Camino soleado”. Es notable cómo vieron las posibilidades jazzísticas de un repertorio cancionístico que, como bien dice Luciani, fundó el tango moderno. Pero mientras reflexiona sobre Gardelería, título extraído de un cuento de Leo Maslíah, muestra la partitura de las partes de Réquiem para una monja. Se trata del estreno mundial de la ópera del argentino Oscar Strasnoy que el 10 de junio abrirá la temporada lírica del Teatro Colón. Con libreto de Matthew Jocelyn, está basada en la novela Requiem for a Nun de William Faulkner y fue un encargo del mismo teatro. Strasnoy es actualmente uno de los compositores vivos más reconocidos de la escena europea y creador entre otras obras de Cachafaz, sobre textos de Copi. “‘Requiem...’ es un trabajo antagónico al de Gardel. Aquí obviamente está todo escrito y, al ser un estreno mundial, no tengo referencia. La responsabilidad y el compromiso son totales. Estoy contento con el desafío: pensá que yo finalmente salí del Festival de Cosquín... llegar al Colón tiene su significado. En lo simbólico y en lo real. Yo sé que hay un juego entre la música popular y la académica o la lírica, una tensión alimentada por las dos partes en la que se barajan cuestiones como el prestigio o la masividad. No me interesa ese juego. Más allá de mi satisfacción personal, si querés de mi ego, valoro especialmente el crecimiento del instrumento. La armónica está ocupando un espacio que no tenía.”

Luciani ya había sido convocado en 2011 para la ópera El gran macabro, de Gyorgy Ligeti, con La Fura dels Baus: estudió y ensayó hasta último momento, pero no llegó a tocar por causa de un conflicto gremial. “Yo tomo como modestos hitos haber girado por Europa con Mercedes Sosa, haber tocado con la Sinfónica Provincial de Rosario el Concierto para armónica y orquesta, de Villa-Lobos... Todo se fue dando progresivamente. Creo que finalmente yo estoy tocando en el medio de un bache histórico en la música argentina.”

¿Por qué?

–No sé qué hubiera pasado conmigo si hubiera sido pianista. Al jugármela por la armónica encontré un campo bastante desierto. Hay espacio para construir porque no existe una cultura de la armónica.

Fue precisamente en 2002 que terminó de abandonar el instrumento con el que empezó –la batería– para profundizar en la armónica cromática. Primero se miró en el espejo del belga Toots Thielemans. Fue el punto de partida. “Toots y el jazz. El jazz es más que un género; es una manera de escuchar y de estudiar música. Yo del jazz fui para el folklore, el tango, la canción. Me atraen muchos lenguajes. No tengo problemas con la diversidad. El desafío es otro, tiene que ver con lograr un estilo personal. Que el modo de tocar sea distinguible, propio. Igual, claramente vengo de una tradición. A Hugo Díaz llegué por mi viejo. Mi viejo tiene una cultura musical enorme. El fue el que me abrió el horizonte y me hizo escuchar a Vivaldi, Troilo, Hendrix.”

En 2012 editó simultáneamente un disco de tango y otro de folklore que lo muestran, precisamente, como eslabón de esa tradición. Antes había integrado el interesantísimo Proyecto SanLuca junto con Rodolfo Sánchez y Raúl Carnota, trunco por la muerte de Sánchez, y en 2010 tuvo su primer acercamiento a Federico Lechner con el álbum Falsos límites. “Parece que voy cambiando de sitios... ¡pero creo que estoy siempre en el mismo lugar! Más allá de la ópera, me siento un improvisador nato. Me gusta jugar. Mis artistas de cabecera vienen por ahí. Lo que hacía Eduardo Lagos con Hugo Díaz... Alem, Waldo de los Ríos...”

¿Por qué creés que el folklore parece más apto para improvisar que el tango?

–Creo que tiene que ver con lo orquestal. El tango siempre fue más camarístico y eso exige más arreglos. La orquesta te lleva a la escritura. A pesar de que hay casos, el folklore no tiene esa cultura. Son riquezas diferentes. Tampoco hay que olvidar que en Buenos Aires existen más oportunidades de estudio y desarrollo. En ese sentido, el tango está más relacionado con lo europeo, con la tradición escrita.

¿Cómo te plantaste ante Gardel?

–Y... no fue fácil. El tango tal como lo conocemos es una invención de Gardel. El inauguró el tango canción... En fin, estamos hablando de un genio, del primer artista multimedia. Fue un gran trabajador de la música, no dejaba nada librado al azar... Tenía tanto talento que su condición de cantor y de artista total se comió al Gardel compositor. Silbaba la melodía y buscaba a quien se la escribiera... tenía una capacidad enorme para el estribillo. Fijate los de “Volver”, o los de “Por una cabeza”... Una bestia. Como Bach, se movía bien componiendo a pedido. Y nunca se olvidó del folklore. Yo creo que fue Gardel el que fundó las bases de un país muy cancionero. Aquí y en Brasil tenemos una cancionística exquisita. Vos escuchás standards de jazz o, ponele, salsa, y las letras hacen agua por todos lados. No existe un Jaime Dávalos en cualquier lado.

¿Y a vos qué te pasa con la canción?

–Me encanta. Tenga varias hechas: “Tu vals”, con letra de Raimundo Rosales, que me cantó Lidia Borda; “Caballos sin rienda” con Carnota. Ahora tengo un tango y una chacarera con letras de Alejandro Szwacman y dos tangos más con Rosales. Si me corrés, yo al final toco un instrumento que canta. La armónica respira, es chamuyera. Por eso son tan lindas las versiones de tangos que grabó hace tiempo Hugo Díaz, porque hacía cantar a la armónica. Además me estoy animando cada vez más a cantar con mi propio proyecto musical.

CANAYA Y GARDELIANO

En su departamento de Almagro toma mate con yerba misionera bajo la mirada temerosa de la flamante novedad: Diana, una gata jaspeada de dos meses siempre al borde del desastre. “Le puse Diana por la canción de Spinetta. Me la acaban de traer. Vamos a ver cómo nos llevamos.” Pone en YouTube a Los Cava Bengal, el tapado trío que hacía bolero con tangos, y afirma preguntando: “¿Viste cómo cantaban?”. Hay una biblioteca, discos, otra computadora, premios y un despliegue de pasiones: una foto playera e increíble de un power trío integrado por Troilo, Yupanqui y Hugo Díaz, Miles Davis por ahí y, siempre, Rosario Central. El énfasis que pone para hablar ahora de Stevie Wonder (“capo total, tranquilamente hubiese sido un armonicista solista destacado”) no difiere del que pone para referirse al planteo táctico de Miguel Russo. Una de sus composiciones más apreciadas es un gato dedicado a Roberto Fontanarrosa. “Le puse ‘El canaya’, así, con ‘ye’. Lo mío es una enfermedad, lo sé. Tiene que ver con la idiosincrasia del hincha de Central.”

Ahora picotea en su celular, con un parlante externo, su propio disco. Gardelería tiene varios hallazgos. Además de descubrir que dentro de la estructura del vals “Amores de estudiante” podía caber un candombe, o que era posible deconstruir “Por una cabeza” en un obra entre el free jazz y la música contemporánea –le habría gustado a Gerardo Gandini–, la dupla Luciani-Flechner (más Pablo Motta en contrabajo y Andrés Litwin en batería) se percató de que el tango cantado por un extranjero puede conllevar a una especie de sentimiento más virgen, más ajeno, pero a su vez distante de la fórmula de Diego El Cigala, una fórmula fatigada por su uso y frivolidad. Hay dos temas cantados en el disco, y los dos tienen un resultado artístico estupendo. El brasileño Gladston Galliza, un groovero feroz radicado en España, hace una versión gloriosa de “Lejana tierra mía”; el gaditano Javier Ruibal le da un dramatismo fraseado y coloquial a “Volvió una noche”, una telenovelita de tres minutos. Su modelo es el de, tal vez, el mejor cantaor después de Camarón de la Isla: Enrique Morente, con quien Ruibal tocó. Lechner, a cargo de los arreglos de siete de los once temas del disco, brilla en el cover jazzeado casi a la manera de un ragtime de una de las piezas más perfectas de Gardel y Le Pera: “Soledad”. “El trabajo de Federico Lechner fue maravilloso. Desde que nos juntamos para Falsos límites tratamos de darle regularidad a nuestra unión. Nos reunimos, salimos a tocar acá o en España, pensamos juntos”, dice Luciani.

Otras versiones destacables son las de “Volver”, para armónica y cuarteto de cuerdas –a cargo de la neoyorquina Christian Howes Strings–, y la de “Sus ojos se cerraron”, tomada como si fuera una marcha fúnebre. Leo Maslíah hizo el arreglo de “Guitarra mía” y el armonicista español Antonio Serrano se trenza en un duelo con Franco en “El día que me quieras”. “Para mí fue histórico tocar con Serrano. Es que al final nadie se niega a Gardel... Con este disco comprobamos, como si hiciera falta, la universalidad de su obra”, dice Franco Luciani, que toma la armónica y tira sobre la mesa un fragmento de “Arrabal amargo”.

Después maniobra el celular y pasea por The Next Day, el último disco de David Bowie: “Mirá cómo suenan los graves”. La gata duerme como protegiéndose del barullo y Luciani se prepara para natación. Vuelve a Gardel. “Guitarra mía”, el arreglo de Maslíah. Dice: “El disco es una aventura irreverente. Pero por más que lo intentemos, no se puede ser más moderno que Gardel”.

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Imagen: Nora Lezano
 
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