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Domingo, 12 de octubre de 2003

CINE

Apocalipsis entonces y ahora

Del fin del mundo personal de unos drogadictos al fin del mundo para todos. Ése es el camino recorrido por el director inglés Danny Boyle entre la consagratoria trainspotting y la flamante Exterminio, una película apocalíptica como las de antes. En charla telefónica con Radar, Boyle habló de su fracaso en Hollywood; de cómo entran en esta película la “vaca loca”, el 11 de septiembre y el SARS; y de sus próximos proyectos, entre ellos una segunda parte de la película que lo hizo famoso en todo el mundo.

POR MARTIN PÉREZ

Un joven despierta en la cama de un hospital. Tiene una cicatriz en la cabeza, necesita una buena afeitada y despierta a un mundo en el que parece estar totalmente solo. Para levantarse de la cama debe sacar todas las sondas de su cuerpo, y vaga por los pasillos vacíos hasta que decide vestirse con la ropa de los médicos que ya no están. Tampoco están los pacientes, ni los visitantes de esos pacientes. No hay nadie a la vista. Famélico y sediento, logra forzar unas máquinas automáticas que hay en el hall de entrada, y se alimenta a base de golosinas y latas de gaseosas. Así es como sale a las calles desiertas de una Londres a la que pocas veces se ha visto tan vacía en la pantalla grande. Pronto descubrirá que no está tan solo como cree, pero que eso no es necesariamente algo bueno. Una fulminante epidemia de rabia ha diezmado las Islas Británicas, y los infectados que aún sobreviven asuelan las calles más oscuras de día y toda la ciudad por las noches. Los sobrevivientes sanos son muy pocos, y entre ellos rige la ley del más fuerte. “¿A cuántos has matado? Tienes que haber matado a alguien para sobrevivir”, es lo que le preguntan al protagonista del film al promediar el metraje de Exterminio, la última película del director inglés Danny Boyle, aquel que supo ponerle imágenes al infierno heroinómano de los bajos fondos de Edimburgo, menos de una década atrás.
Ahora el infierno que retrata Boyle es el del apocalipsis urbano veintiocho días después de la catástrofe. Tal es el nombre original del film, 28 Days Later, que fue un éxito masivo a la hora de su estreno en Inglaterra y se transformó en un inmediato film de culto cuando apareció en Estados Unidos. Rodado en video digital y sin ninguna estrella rutilante en su reparto, Exterminio es una película apocalíptica como las de antes, que se respeta a sí misma y que busca meter al espectador dentro de su historia, buscando inquietarlo e incluso asustarlo un poco, muy lejos de la ironía que ha campeado dentro del género durante los últimos tiempos. “No es algo fácil de hacer”, apunta Boyle, al teléfono con Radar desde su hogar en Londres. “Pero desde el comienzo nos propusimos hacer esta película en serio, sin que tuviera ni un solo atisbo de ironía. Queríamos una película que pusiese inquietos a los espectadores, que no les permitiera escaparse por esa salida que facilita la ironía. Una vía de escape tanto para el público como para sus responsables, ya que a veces pareciera que los chistes están ahí para buscar una complicidad que esconda el hecho de que lo que se está viendo es incapaz de asustar realmente. Así que decidimos hacerla casi como si fuese una película de Ken Loach, pero de ciencia ficción.”
Una ciudad vacía y en ruinas, sobrevivientes que deben armarse y no tener piedad si quieren efectivamente sobrevivir, y que deben escapar de las manadas de infectados que deambulan por las ruinas de lo que alguna vez fue una ciudad. Descripta de esta manera, Exterminio es algo así como un clásico instantáneo al estilo de películas como La noche de los muertos vivos o libros como El Día de los Trífidos. Realizada con un presupuesto limitado y filmada en un soporte que asegura una imagen más cercana a la estética de un documental o de un noticiero, el film de Boyle –con guión de Alex Garland, el autor de las novelas La playa y Perro Muerto en Manila– está a la altura del espíritu del género que intenta encarnar. “Pero no me gustaría que se la presente como una película de zombies”, dice Boyle. “Porque no lo es, y los auténticos fanáticos del género se sentirían defraudados si fuese así. En las películas de zombies la idea es que la gente muera, mientras que lo que nosotros buscamos fue generar una cierta empatía con los personajes, que el público sienta miedo por ellos, y no que celebre cuando ven sangre”, aclara el director británico, cuyos planos de un Londres desierto han despertado elogios unánimes. “A todo el mundo le gustan esas imágenes”, confirma Boyle. Y su contundente apocalipsis urbano, visto desde este lugar del mundo, recuerdainmediatamente que aún es posible imaginar en el cine historias como, por ejemplo, la de El Eternauta.
“Mi consejo para los que quieran hacer allá en Buenos Aires lo que hice yo es que no lo intenten hacer a lo grande sino que utilicen el video digital”, explica Boyle, que antes de dar algún consejo se disculpa al reconocer que conoce poco y nada de Buenos Aires y de la Argentina. “Acá en Londres sólo podés cortar el puente de Westminster una mañana de domingo para rodar grandes producciones como Los 102 dálmatas, por ejemplo. Nosotros no teníamos presupuesto para hacer eso, ni lo queríamos tener. Porque esa cantidad de dinero sólo se consigue incluyendo una gran estrella en el reparto, con lo que perdés la libertad para hacer la película que querés, algo que aprendimos con La playa. Así que lo que hicimos fue pedir permiso para cortar el tránsito algunas mañanas, y sólo por unos minutos. Pero ese tiempo lo aprovechamos para hacer múltiples tomas con varias cámaras digitales. Es increíble lo que podés lograr haciendo eso. Y si repetís el procedimiento durante una semana, terminás con unos impresionantes quince minutos de película, como los que tenemos al comienzo de Exterminio y que nos sorprendieron incluso a nosotros.”

La playa loca
Al comienzo de todo estuvo la “vaca loca”. Aquellas imágenes de apocalipsis rural que se multiplicaron en Gran Bretaña, según confiesa Boyle, fueron las que dispararon las primeras ideas del film. Recién después sucedió lo del 11 de septiembre. Y más tarde, a la hora del estreno, la epidemia del virus SARS. “Así que no hay un apocalipsis en particular que encierre las posibles referencias de la película sino que más bien se multiplican una y otra vez. Como una epidemia”, razona Boyle. En Exterminio, todo comienza con una versión instantánea y terminal de la rabia que infectaba a unos monos a los que unos activistas ecologistas pretenden liberar. “Tanto los científicos como los activistas en el fondo tienen buenas intenciones, pero con las intenciones no siempre alcanza, ¿no es cierto?”, se entusiasma Boyle, que parece estar obsesionado con la furia y la impaciencia que ve en el universo urbano moderno. “Nos han convencido de que podemos vivir mejor y tener todo lo que queremos, pero eso no siempre sucede. Y entonces la gente se impacienta. Todo lo que se interponga entre ellos y sus deseos los violenta. Siempre me sorprende cuando mi abuelo me cuenta cosas como que antes en los hospitales a nadie se le ocurría poner un guardia armado. Pero ahora es indispensable, porque la gente ataca hasta a quienes sólo intentan ayudarlos, como los médicos y las enfermeras. Vivimos en un mundo más violento, y todo porque nos es cada vez más difícil ponernos en el lugar del otro.”
Una impaciencia y una modernidad que Boyle parece haber sufrido en carne propia al rodar La playa, aquella adaptación del best-seller de Alex Garland protagonizado por Leonardo DiCaprio que rodó a lo grande y que resultó un sonoro fracaso. “Nos criticaron mucho por esa película, y muchas de esas críticas fueron justas”, concede Boyle, que ha dicho más de una vez que le gustaría reeditar el film, y que no sabe cómo es que pudo cometer tantos errores con él. “Uno de mis errores fue cuando decidí regresarle a Tailandia algo de lo que le estábamos quitando al rodar allí, y contratar a un aprendiz local por cada integrante de la producción. Fue un infierno, éramos un ejército, nadie podía aprenderse el nombre de su aprendiz y cada comida era como una recepción oficial”, contó Boyle en su momento. Consultado por Radar, el director dice que no es cuestión de ir por ahí quejándose toda la vida. “Sobrevivimos a esa experiencia, y nos fortaleció. Alex Garland y yo seguimos trabajando juntos, y aprendimos algunas lecciones.”
¿Como cuáles?
–Que habríamos arruinado Exterminio si hubiésemos contratado a una estrella. Por eso mantuvimos los costos bien bajos. Hacer una película cara implica meterle una estrella.
¿Cómo habría cambiado Exterminio si hubiese sido protagonizado por, digamos, DiCaprio?
–Por ejemplo, hay una escena en la que el protagonista mata a un niño pequeño que está infectado. Es una escena breve, que sirve sólo para representar su paulatina adaptación al nuevo orden de cosas. Bueno, esa escena no hubiese sobrevivido en un film de gran presupuesto. No es la clase de comportamiento que se espera que tenga una estrella. Lo sé porque ya me pasó en A Life Less Ordinary. Cuando escribimos el robo al banco, usamos a un chico de chico de siete años como rehén. Para cuando la filmamos, el chico había cumplido dieciséis. Pero si uno va a buscar dinero a Hollywood, tiene que aceptar sus reglas...
Después de cada día de rodaje, ¿pensabas en todas las cosas que Hollywood no te habría permitido hacer?
–(Se ríe) Si estás en Hollywood, tenés que aprender esas reglas y vivir con ellas. Y no es un gran sacrificio, porque te están pagando mucho pero mucho dinero por hacerlo. Así que no podés ir por ahí diciendo “no voy a hacer esto, no voy a hacer esto otro”. Porque también podés elegir ganar menos dinero, pero tener más libertad. Que es lo que hicimos con Exterminio.

El tiro del final
A la hora de hablar de sus próximos proyectos, Boyle dice primero el nombre de una película que está terminando de editar en el momento en que atendió el teléfono para hacer esta nota. “Se llama Millions y es sobre las oportunidades que aprovechan los protagonistas cuando se pasa de la libra esterlina al euro. Todo transcurre en una semana, y es algo así como Tumbas al ras de la tierra, pero sin ningún cinismo.” ¿Y qué hay de los rumores sobre una segunda parte de Trainspotting, basada en la novela Porno, de Irvine Welsh? “La queremos hacer. Pero depende de si podemos terminar un buen guión que nos permita reunir a todos los personajes originales. Y nos vamos a tomar todo el tiempo que haga falta, porque es algo que tenemos a favor: sólo tendrá sentido filmarla cuando los actores parezcan haber envejecido diez años, que es el tiempo entre una novela y otra. O sea que faltan cuatro o cinco años”, explica Boyle, que ha reconocido que, de los originales, el actor más difícil de conseguir será Ewan McGregor. “Es que Ewan sigue muy enojado por lo que sucedió con La playa. El protagónico era suyo hasta que apareció DiCaprio. Siente que lo traicionamos, y tal vez tenga razón. Así que ahora para hablar con él tengo que esperar mi turno en la fila, como cualquier otro director.”
Entre el fracaso de La playa y este retorno con Exterminio, en la filmografía de Boyle existieron un par de films realizados para la BBC que funcionaron como el antídoto ideal para tanto Hollywood y que nunca se estrenaron localmente. Sus nombres son Strumpet y Vacuuming Completely Nude in Paradise, y fueron escritos por Jim Cartwright, un dramaturgo al que Boyle siempre apoyó en sus comienzos dirigiendo teatro en el Royal Court Theatre de Londres. Pero nunca antes había rodado un guión suyo. “Las dos películas juntas costaron menos que el catering de La playa”, cuenta Boyle, que en ellas experimentó por primera vez con el video digital, para lo que se conectó con el director de fotografía Anthony Dod Mantle, responsable de ese rol en películas como La celebración o Julien Donkey Boy. Un formato y un colaborador que conservó –y resultaron fundamentales– a la hora de rodar Exterminio. “Filmar en video digital es toda una liberación. Mi productor rodó algunas escenas desde su terraza y yo, en el patio de mi casa. No hace falta mucha gente para operar esas cámaras, y son ideales para las historias urbanas y apocalípticas. Soy ungran defensor de este formato, y por eso me enoja cuando directores como Steven Soderbergh lo usan sólo para sus experimentos menores, reservándose el celuloide para las películas en serio. Porque se puede filmar películas muy en serio con ellas. El único paso que hay que superar es el de la distribución, pero una vez que haya algunos cines con proyectores digitales, se terminó para siempre el problema de las copias.”
Uno de los argumentos de marketing más curiosos a la hora de promocionar Exterminio es el hecho de que tiene dos finales en vez de uno: el primero más optimista, ubicado al final del film, y luego uno más oscuro, que se proyecta después de los títulos. “No es así, la película tiene un solo final, que es el que está ubicado justamente al final del film, antes de los títulos”, explica Boyle. “Es el final que queríamos rodar con Alex, pero no teníamos dinero para hacerlo. Así que hicimos un final alternativo, mucho más oscuro, que rodamos prácticamente por nada en Londres. Cuando le mostramos la película al estudio, les gustó tanto que nos dieron el dinero necesario para rodar el final que nosotros queríamos, ya que el otro les pareció muy oscuro. Ahora bien, lo que siempre me sorprendió es que cuando la estrenaron en Estados Unidos, le agregaron ese final oscuro y de bajo presupuesto después de los títulos. Yo nunca la vi así. Y hubiese preferido que, si querían probar con el otro final, hubiesen lanzado dos copias de la película, cada una con un final diferente. Pero creo que es algo que no se puede hacer, por cuestiones de copyright o lo que sea.” ¿Pero entonces el final optimista es el original? “Cuando nos dicen eso, nosotros decimos que no es tan optimista después de tantos muertos. Para mí el concepto del cine de arte es algo elitista, me gusta hacer las cosas difíciles, pero accesibles. Después de todo, lo más extraordinario del cine es que es una celebración. Metés a toda esa gente en un cuarto y si tenés suerte, conectás con ella. Cuando teníamos el otro final hicimos unas funciones con público, y el final resultaba ser demasiado deprimente. Después de todo, cuando uno entra a ver esta clase de películas, sabe que el final es algo negociable. Pero fue algo que no negociamos con el estudio sino con nosotros mismos.”

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