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Domingo, 26 de marzo de 2006

ME COMPRO TODO

El incipiente gusto porteño festejaba tanto la gran farsa patética y pulida de Bouguereau como el elogio a la vida silvestre de Corot, con sus campesinos lo más lejos posible dentro de un paisaje ajeno al traqueteo del mundo. Nadie tenía demasiada idea. En 1887, un crítico escribió que la casa de Burgos ofrecía un cuadro que “podía atribuirse a Cimabue (...) y otros siete cuadros de uno de los Carraci, que quizá no son de Aníbal, pero que casi se puede asegurar que son de su hermano Agustín o de Luis, su primo”. La falta de precisión atribuía todo lo que parecía un poco viejo a los grandes maestros. Circulaban –supuestamente– por Buenos Aires pinturas de Tintoretto, Van Dyck, Rubens, Velázquez y Rembrandt. Sólo a veces la prensa advertía: “Aconsejamos inmediatamente y con toda buena fe a los expositores y propietarios de esos cuadros, que se los lleven en el primer vapor a Europa...” Con las cosas así, los coleccionistas serios preferían cruzar el Atlántico y comparar de buenas fuentes. Pero, contrario a lo que se cree, los coleccionistas porteños no llegaron tarde ni desinformados a Europa, ni compraron las sobras, sino que compraron siguiendo la moda, al pie de la letra: compraron, como dice Baldassare, obras modernas dentro de una acepción de “modernidad” que incluía a muchos más artistas que los que, décadas más tarde, fueron seleccionados por la historiografía oficial.

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William Bouguereau, el primer duelo.
 
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