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Domingo, 8 de junio de 2008

El final de aquella historia triste (y hermosa)

 Por Carlos Trillo

El 16 de marzo de 1981, Osvaldo Soriano me enviaba una novela suya en italiano, y en una especie de dedicatoria larguísima o carta breve me decía: “Querido Carlos, he aquí Cuarteles de invierno hablada en tano. Acaba de salir, fresca, doradita. Ver la cosa en tano antes que en castellano parece joda. Bruguera la publicará en España en octubre. No creo que entre en las pampas antes de que la nieve cubra la autopista. No obstante, una inocente gacetilla, que me proponés, será bienvenida (y podés reproducir el piñón de Firpo a Dempsey de la tapa). Te escribo, un abrazo, Osvaldo”. Estaba en el exilio, Soriano. Sufría por ese silencio que había alrededor de su obra, cada vez más extensa, considerada e importante en todo el mundo menos acá.

Yo medio dirigía una revista marginal de Ediciones de la Urraca que se llamaba SuperHumor. Y allí empezamos a publicar algunas “inocentes” notas de Soriano para ver si de algún lado llegaba la orden de no volver a estampar su nombre nunca más en las páginas de la revista. Las notas eran sobre quién fue quién entre los animales domésticos, barrios lejanos y también sobre incorruptibles revistas satíricas francesas como Le Canard Enchaîné, que durante la Segunda Guerra Mundial, al invadir los nazis el territorio de su país, publicaron un último número donde decían que la revista dejaba de salir porque ahora había que luchar de otra manera. Es verdad que nadie del gobierno militar miraba demasiado las revistas de historietas: otro editor tantísimo menos jugado hacía pingüe negocio sacando una y otra vez El Eternauta en tiradas inmensas y todos sentíamos la presencia de una nueva lectura de esa obra mítica –que José Pablo Feinmann señaló en una nota maravillosa en la SuperHumor– donde la nevada fatal era asociada directamente con los tiempos de muerte que nos rodeaban. Humor sin duda era mirada con la lupa de los censores, pero SuperHumor podía, por lo visto, publicar autores prohibidos.

En ese contexto se le propuso a Soriano hacer una adaptación de Triste, solitario y final, su primera novela, que tanto éxito había tenido unos años antes. El estuvo de acuerdo, a lo mejor de necesitado que estaba por publicar en la patria.

La dibujó un Sanyú muy joven, de quien me acuerdo todavía la cara de estupor cuando recibió un telegrama elogioso y feliz del autor desde París, esa ciudad llena de gatos que describía en las notas que hacía especialmente para nosotros por una paga simbólica.

De alguna manera, el Triste dibujado por Sanyú fue una (pequeñísima, en medio de otras tan serias) jugada política. El texto irónico, divertido, escéptico, duro, hablaba –al final de cuentas como El Eternauta– de algunas cosas que no se explicitaban. Cada personaje jugaba un rol que tenía que ver con nosotros: hasta John Wayne, a quien se le podían poner algunas caras de siniestros personajes que andaban matoneando por nuestras calles.

Por alguna razón que no me acuerdo, el Triste que dibujó Sanyú no apareció completo en las páginas de aquella revista inicial. Este libro le hace justicia, lo termina, lo redondea y vuelve a proponerlo a los lectores que supimos amar aquella legendaria primera novela de Osvaldo Soriano, perdedora, ética, digna hasta en los agujeros en las medias.

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