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Domingo, 29 de marzo de 2009

La historia hecha verbo

 Por Mario Wainfeld

“Yo no quise ni quiero nada para mí. Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo. Y aunque deje en el camino jirones de mi vida yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”, dijo Eva Perón y la ovación estalló. Me sé de memoria esas palabras, las he repasado a coro con compañeros del alma, puedo remedar las inflexiones de la voz de Evita y cada vez que las evoco, como ahora, se me pone la carne de gallina. Es improbable que las haya escuchado en vivo: no llegaba a los cuatro años cuando las pronunció y yo habitaba en un hogar gorila. Pero forman parte de un glosario íntimo y público a la vez, de un ranking no escrito que uno lleva en la mente tanto como en el corazón. Sí oí de cuerpo presente las Felices Pascuas, aquello de “las más maravillosa música”, el “le daremos batalla” de Galtieri. Y vi por la tele la promesa de Duhalde a los ahorristas dolarizados, cien bravatas y asertos ingeniosos de Menem, tamaño seductor, converso y psicópata. Aunque he confesado que tengo mis años, juro que no había nacido cuando San Martín instó a la lucha y a asumirla hasta “en pelota como nuestros hermanos los indios”, pero créame que me banqué esa arenga y hasta la hice propia en algún panfleto o artículo militante del que nadie tiene ya memoria. Releo esas frases y no revivo ya la vida los protagonistas, sino la mía propia, desazones, fervores, la historia hecha verbo.

Es que la palabra política nos convoca, nos rodea, nos define, incita, arroba, deprime, encona. López evita una tentación que está de moda, la de compilar sólo el lado oscuro de los discursos: la mentira, los lapsus evidentes, la amenaza de los dictadores, la falsa promesa de los líderes democráticos. Esa mercadería abunda, hay arrobas, en La Historia me juzgará, pero no agota el inventario. También hay voces que conmovieron buenamente multitudes, diagnósticos certeros sobre la dependencia o sobre la soberanía popular, pequeñas bromas de ocasión a algún gordito al que le no le iba tan mal... La oratoria de masas, la chicana en reportajes, los grafiti, hasta alguna creación literaria de Andrés Rivera se entremezclan y la alquimia se las trae.

El placer está en la compilación y en la agregación, dignamente editadas. Puestos a encontrarle un pelito en la leche, uno piensa que los epígrafes no tienen cómo estar a la altura del material trabajado: poco agregan a quien conoce las citas, quizá no se basten para quien las ignora. Y acaso la corrección política le juegue alguna mala pasada a la autora. Su ambición temática la lleva del siglo XIX hasta el voto no positivo. Así y todo, ya se va perdiendo un puñado de menciones que justificarán una secuela en un par de años.

Si se hila un poco fino, son mucho más abundantes las citas de los últimos 25 años que las de toda la historia argentina previa. Acaso sea una elección consciente, acaso sea una consecuencia de la creciente importancia de los medios masivos de difusión, que llenan el éter y el aire de “cruces”, intervenciones y reiteraciones. Como fuera, ni Sarmiento ni Alberdi, ni Alvear ni el parco Yrigoyen se quedan afuera.

Los pueblos, como las personas, son dueños de lo que dicen y esclavos de lo que callan. El fresco que propone López es un abordaje fragmentario, pintoresco, agradable para transitar y recomendar. El aluvión de frases gratifica al lector, que seguramente puede agotarlo en una sentada. El libro invita a ser hojeado cerca de alguien, cosa de ir comentando y enhebrando memorias. Sígalo, no lo va a defraudar.

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