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Domingo, 24 de mayo de 2009

LA BIENAL DE VENECIA AL DESNUDO

El amor al arte

 Por Sarah Thornton

Muchos afirman que el negocio de la Biennale recién se pone en marcha con un Bellini, el trago de Prosecco y jugo de durazno con el que se bendice la llegada a la región del Veneto. Después de registrarme en mi humilde hotel, lleno de críticos y curadores de bajo presupuesto (mi zambullida en el Cipriani se la debo a un amigo capaz de permitirse la exorbitante tarifa), me encontré con un conocido para este trago ritual en el bar de un hotel con terraza al Gran Canal. Entre las mesas al aire libre divisé varias caras familiares del mundo del arte de Nueva York, Los Angeles, Londres y Berlín. “El es lista C. Ella es lista B”, decía mi conocido, señalando gente. “Nick Serota es lista A”, me aclaró. “Yo antes paraba en el Gritti Palace, pero después me pregunté: `¿Dónde se aloja François Pinault?’.” A continuación me obsequió con un tratado sobre la inigualable discreción de Bauer Il Palazzo, un hotel-boutique del siglo XVIII, que no es lo mismo que el Bauer moderno, inferior pero aun así lujoso y cinco estrellas. Con 34.000 pases VIP y de prensa emitidos para el evento de cuatro días, la Bienal de Venecia es la mayor congregación mundial de participantes del mundo del arte y sus observadores. Como resultado, las reuniones oscilan entre lo idiosincráticamente inclusivo y lo cruelmente exclusivo.

En el otro extremo de la terraza estaba David Teiger, el coleccionista al que había estado siguiendo en Art Basel. Me acerqué a saludarlo y, como insistió en servirme una copa de champagne, me senté a su mesa, en una silla de hierro fundido. Teiger me explicó su estrategia para los siguientes cuatro días: “Planifico todo cuidadosamente y después me desentiendo del plan y me dejo llevar”, dijo. “La Biennale es como una reunión de ex compañeros de la secundaria, donde a todos les fue bien en la vida. No es el mundo real.” Teiger ha comprado importantes obras de arte en bienales anteriores, y en esta ocasión estaba buscando “seria, discreta y respetuosamente”. En la Biennale, me explicó, “entras en una maratónica búsqueda de una nueva obra de arte. Quieres ver una cara nueva y enamorarte. Es como ese sistema de citas rápidas”. Teiger contempló la fila de góndolas atracadas afuera, más allá de la balaustrada blanca. Luego me advirtió: “En Venecia, puedes llegar a enamorarte de un poste de alumbrado”.

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La figura de Murakami es uno de los grandes desconciertos que Thornton enfrenta en el libro: “Había oído que Murakami se refería a su trabajo con Louis Vuitton como ‘mi urinario’, y se me ocurrió ver cómo reaccionaba su jefe de proyecto. Cuando logré ubicarlo por teléfono, Marc Jacobs estaba en su oficina, en la sede central de París de Louis Vuitton. “Soy un gran admirador de Duchamp y sus ready-mades”, respondió tranquilamente. “Cambiar el contexto de un objeto es, en y por sí mismo, arte. Suena como un desprecio, pero no lo es. Dado que el urinario de Duchamp es una de las obras más influyentes del siglo XX, se podría decir que Murakami está glorificando su asociación con la marca.”
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