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Domingo, 18 de octubre de 2009

> FILOSOFIA BARATA Y ZAPATOS DE GOMA (1990) Y DEMASIADO EGO (1999)

Fui lo que creí, soy lo que está pasando

 Por Juan Ignacio Boido

En 1990 yo escuchaba Charly García y quería tener una novia. No cualquier novia: quería a la novia de otro, a la que yo quería como si fuera mía. En vez de novios, éramos amigos. Hablábamos por teléfono, iba cada tanto a comer a la casa (cuando no iba el novio, si es que alguna vez iba), y su hermano y su hermana me profesaban un cariño y –claramente– una predilección por sobre el novio que no iba. El hermano, cuatro o cinco años más grande que yo, era el bajista de una banda que no llegó a nada, pero que en ese momento prometía todo. La hermana, seis o siete años más grande, estaba de novia con un tipo al que nunca vi (las hermanas, parece, tenían predilección por los novios invisibles), pero del que escuché hablar mucho. No tengo hermanos mayores y fue a través de esos hermanos de la novia que no tenía que me fui armando un mapa hecho de nombres que iba pescando: Fernando Noy, Bolivia, De Loof, Batato Barea, Prix d’Ami, la Lugones, las escaleras del San Martín, el primer disco de Los Twist, la novela que había inspirado “Dos Romeos” de Calamaro... La novia que no tenía me hablaba de todo eso y yo –sin decirle nada: algo de orgullo me quedaba– buscaba. De a poco –la novia que no tenía me duró cinco años hasta que fue mi novia– me fui dando cuenta de que ese mapa de nombres que yo escuchaba y después buscaba en la ciudad, iba dibujando un universo, ese universo se llamaba “Los 80” y el centro de ese universo era Charly García.

Así fue como empecé a escucharlo: empecé para acercarme a ella y terminé acercándome a mí. Para el ‘90 ya había leído y preguntado todo sobre las presentaciones de Clics modernos y Piano Bar, me había comprado mi primer compact con Parte de la religión, había conseguido un casete pirata con la prueba de sonido de Ferro ‘82 (caía de rodillas ante ese verso improvisado: “Ahí va Peperina, en una foca azul rumbo a las Malvinas”), no entendía cómo alguien le podía dar la espalda a Cómo conseguir chicas (“el amor cambia tu sangre”, cantaba en el año en que Federico Moura y Miguel Abuelo morían de sida) y ahora llegaba Filosofía barata y zapatos de goma. Era 1990: había ganado Menem, Charly venía de llamarlo “Nemen” y hacer campaña por Angeloz, la híper traía pobreza disfrazada de histeria, los militares se alzaban con ganas de voltear y en medio de “este torbellino donde nada importa” salía un disco nuevo de Charly. Todavía me acuerdo de Mónica y César presentando con preocupación cívica las polémicas repercursiones de la provocación en que venía envuelto el disco: una versión del Himno Nacional. Había denuncias, se olían amenazas. Por aquel entonces todavía se usaba mucho la palabra patria. Filosofía barata..., me di cuenta entonces, era mi primer disco de Charly García con la Historia en vivo.

Y, como siempre, Charly lo iba a presentar en vivo. Fueron más de una decena de Gran Rex, y no fui a ninguno: la novia que no tenía iba con su novio invisible, yo primero no conseguí plata, después no conseguí entradas y después no conseguí nadie que me acompañara. A veces las cosas salen así. En cambio, fui averiguando todo lo que podía de esas noches. Sabía que la banda sonaba bien y tocaban casi todo el disco, Charly hablaba entre las canciones, acá y allá cambiaba un poco una letra de alguna canción (“la chica que perdí era infinita / como el beso que te di”, era un verso de “Curitas”, que no estaba en el disco). Pero de repente, entre los partes intrascendentes pero para mí preciados de esas noches, el paquete se comía el regalo: una noche, no me acuerdo cuál, se cortó la luz del teatro. Con el Himno no se juega, era el mensaje. O al menos lo que se entendía. Esa noche, sin embargo, Charly siguió tocando el piano en la oscuridad. Otra noche, de la nada, un tipo subió al escenario y lo apuntó con una pistola en la cabeza. Años después me insinuaron que eso estaba arreglado. Puede ser, pero esa noche su respuesta, apenas los de seguridad se lo sacaron de encima, me pareció una muestra de que siempre hay que caer con humor: “Esto me pasa por ser el Lennon del subdesarrollo”, dijo.

Sólo después pudo verse que esos shows clausuraron una década (musical, política, nacional) e inauguraron otra. La performance se abría paso, y lo que pasaba entre las canciones era tan importante como lo que pasaba en ellas. Tal vez –pudo verse después– todo estuviera cifrado en esas palabras con las que presentaba la canción “Filosofía barata”: “¿Alguna vez oyeron hablar de la política de los insectos? Bueno, yo tampoco. Los insectos no tienen política, no tienen compasión, son brutales. Yo era un insecto que soñaba que era un hombre, y lo amaba. Pero ahora el sueño se fue y el insecto está despierto. Y el mar nos dice que ahora empieza otra cosa”.

Se puede buscar en YouTube. Y pensar en la década que empezó Charly García a la luz, a la luz oscura, de esas palabras, puede iluminar mucho buena parte de lo que quiso decir.

Durante la década siguiente dio muy buenos shows y de los otros (siempre más recordados), pero, en todos, los gestos de García –como los de los insectos, que bailan si hay polen, que atacan si se los acorrala, que buscan siempre el modo de salir si se los encierra– hablaron tanto como su música. El pelo teñido de rubio en un recital improvisado en el hall del San Martín cuando se mató Kurt Cobain. Su entrada al escenario de Ferro en ambulancia. Su entrada en silla de ruedas al escenario del Opera en las presentaciones de La hija de la lágrima. La inspiración y el fastidio en River durante la vuelta de Seru Giran (con una canción, quizá la más linda del disco, llamada justamente “Hundiendo el Titanic”). Las uñas pintadas en las trasnoches del bar Júpiter (“me pinto las uñas para que los chicos me miren tocar”). Sus gestos, como sus declaraciones, eran mensajes elocuentes y nítidos, pero incómodos en una década que veneraba el confort y la música para volar.

Me acuerdo de una noche, creo que en el Opera, en el que ya llevábamos casi dos horas de espera y el telón todavía estaba cerrado. Finalmente se escuchó tocar los primeros acordes de Say No More del otro lado de la pana roja. Cuando de pronto (no habían pasado quince segundos) la música paró, Charly asomó la cabeza por el telón y preguntó si alguien sabía cómo empezaba el disco. Algunos le dieron el nombre de la primera canción, otros le gritaban “¡Genio!”, otros lo celebraban por todo eso que no se podían celebrar a sí mismos. Pero nadie le respondió lo que esperaba. Entonces simplemente dijo: “Empieza con Los Beatles. Ahora se van a su casa, lo escuchan y vuelven mañana”. Y se terminó el show.

Pero hubo momentos más radicales todavía. Me acuerdo de un Obras en el que se vendían esos brazaletes negros y rojos de SNM en la puerta: en medio de una canción, Charly de vuelta paró todo, se paró en el borde del escenario y alzó su brazo derecho extendido. El brazalete y el saludito nazi juntos eran impresionantes. Enfrente, buena parte del estadio le respondió el saludo. Las connotaciones de un estadio con los brazos en alto ante un líder en un escenario eran escalofriantes hasta para el humor más negro. Entonces Charly, sin bajar el brazo, dijo: “Ahora, arrodíllense”. El aire se volvió helado. Nadie sabía qué hacer. De pronto se habían dado cuenta de que Charly los había llevado del otro lado del límite. Nadie se movió. Entonces Charly sonrió con una sonrisa muy seria y dijo: “Menos mal”. Y siguió tocando.

Durante esa década, lo que Charly decía era tan importante (o más) que lo que cantaba. Y el verano del ‘99 prometía cerrarla, y cerrar algo más: la ilusión de la Alianza estaba en ascenso y el ocaso del menemismo se vivía como el fin de una dictadura de impunidad moral. Cuando Yoko Ono estuvo en la Argentina, Charly le había dicho que estaba confundido, que no sabía qué hacer, que sentía que el país vivía en un paréntesis. En el verano del ‘99, el paréntesis (otro más) parecía cerrarse. Después de una década de tocar en espacios cerrados como bares y teatros, Charly iba a tocar a cielo abierto: la ciudad (entonces de la Alianza) lo invitaba a un ciclo de Buenos Aires Vivo. Charly aceptó y prometió algo más: si efectivamente se respiraba el fin de una época oscura, la década de los indultos, los atentados, los crímenes mafiosos, el robo impúdico y la falta completa de solidaridad, Charly proponía salir al aire libre y sacar, también, todos los muertos del placard. Un show imponente y catártico, tal vez como lo fue Ferro ‘82. Esta vez, en lugar de una ciudad desmoronándose mientras sonaba “No bombardeen Buenos Aires”, su idea era desempolvar una canción de Sui Generis que terminó prefigurando el tenebroso destino nacional de vivir entre asesinos: mientras sonara “El show de los muertos” (“tengo los muertos todos acá, ¿quién quiere que se los muestre? / Unos sin cara, otros de pie / todos muertos para siempre / elija usted en cuál de estas muertes se puso a llorar”), un puñado de helicópteros sobrevolarían el río a espaldas del escenario dejando caer maniquíes que rememoraban los vuelos de la muerte de la última dictadura, tal vez los crímenes más bestiales de historia bestial y criminal de este país. La idea –que tal vez cometió el error de anunciar– no fue bien recibida. Algunas organizaciones de derechos humanos se opusieron. Hubo un encuentro con Hebe de Bonafini. Finalmente, Charly respetó el pedido de las Madres de Plaza de Mayo y evitó los helicópteros. Una década después del Himno, García había tocado los límites por derecha y por izquierda. El show fue poderoso, tuvo buenas críticas, dio un disco en vivo y al escenario subieron las Madres mientras sonaba “Kill my Mother”. Una vez más, era tan importante lo que pasaba en las canciones como alrededor de ellas. Yo lo vi todo desde el fondo, uno más en la orilla de ese mar de 250 mil personas. Hacía poco había vuelto a hablar con aquella chica. Me dijo que hacía años había dejado de ir a escuchar a Charly García. Me pregunté si esa noche ella también no estaría por ahí, de vuelta en el mundo, a cielo abierto. Una vez más, ahí afuera, Charly García lidiaba con la Historia.

Ahora pasaron diez años más, Charly vuelve a tocar a cielo abierto y mi novia tiene un hijo que todavía no tiene diez años, pero ya quiere tener una banda de rock. El otro día me dice que quiere tocar con su banda una canción de Charly García. Vamos al equipo de música y le pongo algunos discos. Escucha. “Esa”, dice. “O ésa.” “O ésa.” Al rato, levantando la cabeza, me mira y me pregunta: “Juan, ¿mamá te hace promesas sobre el bidet?”. No sé qué decirle. Su madre lo llama desde el otro cuarto y se va corriendo. Y yo sigo la sombra de su bebé.

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