CULTURA / ESPECTáCULOS › CINE. LA VENTANA, DE CARLOS SORíN ELIGE EL TONO íNTIMO A LA MANERA DE ANTON CHEJOV

Una mirada que atraviesa la espera

El talentoso director de Historias mínimas se aleja esta vez de los paisajes patagónicos para contar la vida de Antonio, un anciano escritor que aguarda la llegada de su hijo desde Europa. Un relato crepuscular de delicada composición.

 Por Emilio A. Bellon

La ventana. (Argentina-España, 2008)

Dirección: Carlos Sorín

Guión: Carlos Sorín y Pedro Mairal

Fotografía: Julián Apezteguia

Música: Nicolás Sorín

Intérpretes: Antonio Larreta, Jorge Diez, María Del Carmen Jiménez, Arturo Goetz, Emilse Roldán, Luis Luque, Carla Peterson.

Duración: 80 minutos.

Salas de estreno: Del Siglo, Monumental, Showcase y Village.

8 (ocho) puntos

Frente a los dilatados caminos que atraviesan el cine de Carlos Sorín, que nos han llevado en más de una oportunidad a recorrer un desolado sur, con su característico viento blanco, su último film elige hacer alto en un punto de aquellos viajes y ubicarnos frente a una casona de campo que detenta el nombre "San Juan" para luego internarnos y asistir, con calma, de manera pausada, a esas últimas horas en la vida de un anciano.

Y el tono y el ritmo que Sorín ha preferido, entre los tantos que un altisonante y un estridente paradigma le marca, es el de los relatos de Anton Chejov. Allí está, para afirmarlo, el libro que en los primeros momentos de este sosegado relato lee, frente a la ventana de su habitación, Antonio, un veterano escritor en el ocaso de sus días, a quien Borges en alguna oportunidad lo definió en su dedicatoria, en aquella primera edición de Historia Universal de la Infamia, como "una joven promesa".

Don Antonio habita esa casona cuyas paredes son de un desvaido color rosa con un ama de llaves y una joven criada llegada del noroeste. Ese espacio es visitado diariamente por su médico y uno de sus peones sigue de cerca el movimiento de su entorno. Ese día se proyecta hacia una celebración, un reencuentro: al final de la tarde llegará su hijo, ahora ya un reconocido pianista que vive en Europa. Por lo tanto, ese día el piano deberá volver a sonar como en los viejos tiempos.

En declaraciones a la prensa, en los días previos al estreno, Carlos Sorín señalaba que no sólo los climas de Antonio/Anton Chejov habían motivado este film, igualmente la lectura meditada de algunos cuentos de Raymond Carver, particularmente Tres rosas amarillas, en el que se relatan allí las últimas horas en la vida del escritor.

La ventana recorre huellas literarias y simultáneamente las mismas van trazando nuevos cruces, dilatando la luz del horizonte. Como ese escenario que Don Antonio observa desde su habitación sentado, con la mirada asomada a ese mar de hierba. El film de Sorín se puede seguir como la melodía de algunos de los valses tristes de Chopin y ese sueño de Don Antonio, que ahora le escuchamos narrar, se nos revela fantasmáticamente a la luz de La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares.

Las mujeres de la casa asisten a Don Antonio, presa de algunos olvidos, con sus cuidados y sus recetados y alimentos. En otro lugar, un afinador viene de lejos intenta rescatar y recuperar la sonoridad de antaño. En el film de Sorín hay cercanos ecos del cine de Víctor Erice y Abbas Kiarostami, por su profunda y detenida mirada en el interior del encuadre, porque adivina el silencio detrás de las palabras.

Cercano a la pintura y a una composición musical, La ventana es un film que va descubriendo otros espacios en el caminar fatigoso pero elegante de Don Antonio. Mientras tanto, la tarde misma se prepara para recibir a su hijo, quien llegará acompañado por su mujer, retratada irónicamente a través de ciertos comportamientos.

En otra de las entrevistas, Carlos Sorín comentaba con pudor y nostalgia que La ventana se comenzó a insinuar como borrador días después de la muerte de su padre. Su film es como una narración velada que ha elegido el tono crepuscular, que no osa elevar la voz, que se interna en la intimidad del dolor. Sostenido y cauto es el ritmo de esta obra, que podría pensarse como otra de sus historias mínimas, con personajes que en ocasiones son actores no profesionales como el caso de las dos mujeres que protegen celosamente con cuidado y atención maternal a este hombre en ese umbral del adiós.

En el interior de la casa, que escenifica un tiempo detenido, el péndulo de un reloj repite insistentemente su presencia. Las sombras proyectadas desde el exterior anticipan la calma de una partida. La creación de Sorín convoca al espectador desde numerosos ángulos y hasta los sonidos ambientales despiertan lo trascendente.

Don Antonio ha guardado por más de cuarenta años una notoria botella de champagne. Esa noche, la noche de la llegada de su hijo, esa botella va a ser descorchada. Habrá quizás un brindis y las teclas del piano volverán a escucharse. Esa noche, igualmente, la música de aquel sueño se hará presente y la ventana de esa habitación, posiblemente, se abra y descubra un cielo estrellado.

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El anciano espera la llegada de su hijo. Mientras tanto, una mujer lo cuida celosamente.
 
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