CULTURA / ESPECTACULOS

Blotta, el que vistió la ciudad con sus monumentos

Los bustos de Beethoven, José Hernández y Dante Alighieri en el
parque Independencia y el de Alberdi en Rondeau al 2100 son parte
de la obra de Erminio Blotta, a quien Rosario le adeuda un homenaje.

 Por Por Beatriz Vignoli

Ayer se cumplieron treinta años de la muerte del escultor Erminio Blotta, autor de unas 700 obras, más de 300 de las cuales se hallan emplazadas en espacios públicos de Rosario. Los monumentos a Beethoven, a José Hernández, a Rosalía de Castro y a Dante Alighieri del Parque Independencia, de la plaza José Hernández y del bulevar Oroño llevan su firma, lo mismo que el monumento a Alberdi en Rondeau al 2100, a pocos metros del ex pasaje Mercado, que hoy se llama Blotta. También es obra suya el Monumento a la Madre, del que hay copias en la Maternidad Martin, el Hospital de Niños y muchos otros lugares, y para el que posaron Beatriz Carmen (cuarta de sus cinco hijos) y su nieto Luis Antonio Blotta. Hace poco se le atribuyó la sola autoría de El Auriga que corona la ex Jefatura de Policía pero que realizó en colaboración con Guillermo Gianninazzi, lo mismo que el Monumento a Alem en el parque del mismo nombre. Innumerables placas funerarias del cementerio El Salvador fueron esculpidas (con terminación por Pedro Cresta y fundición de Carlos Mauri) por Blotta, quien raramente las firmaba, por lo cual es preciso confiar en los archivos fotográficos, que legó el escultor a su familia, si se quiere identificarlas.

Según Luis Blotta, quien está llevando adelante el catálogo razonado de sus obras, tampoco hay casi registros de compraventa de sus trabajos, que cuando le eran encargados por instituciones públicas él raramente cobraba: "regalaba". A lo sumo, le financiaban parte de los materiales.

Andrés Ivern cuenta que, para resarcirse, hacía copias para vender que después "le quedaban de clavo". Como pudo comprobar esta cronista, en su casa taller del pasaje Marcos Paz 3160 quedó, además de otros bustos ilustres, la Eva Perón original en yeso que sirvió en 1973 para rehacer y reemplazar las copias arrasadas por el golpe de 1955.

Más allá de inexactitudes debidas a que Blotta se proclamaba rosarino y "se sacaba años" --según recuerda su hija Beatriz Carmen--, en la partida de nacimiento consta que Erminio Antonio Blotta habría nacido el 8 de noviembre de 1892 en Morano Calabro (Italia).

Fue el segundo de nueve y el mayor de los siete hijos que llegaron a la edad adulta de Giovanni Blotta Rímolo y de Anna Filomena Mainieri, y aparte de un primogénito muerto de bebé (Antonito), fue el único nacido en Italia. Con Erminio de meses, la familia se embarcó rumbo a Rosario, ciudad donde Giovanni prosperó con su oficio de zapatero. De adolescente Erminio dejó el estudio formal por el trabajo; abandonó además, más o menos por la época en que murió su pequeña hermana Carmen, la casa paterna. Entonces, como aprendiz en el Ferrocarril Central Argentino, descubrió sus habilidades como escultor. "Me habían puesto a modelar la arcilla con que se tapaba la boca del horno donde se fundía la 'guisa', y con ese material yo modelaba toda clase de figuritas: perros, caballos...", le contó en 1970 a Luis Ernesto Aguirre Sotomayor.

En otra entrevista, añade: "zafadurías" y cuenta del regocijo de sus compañeros, que lo alentaron a seguir esculpiendo. Aprendió así a realizar ménsulas y escudos en el taller de un yesero. Luego, de regreso en Rosario al cabo de unos años de vida bohemia en Montevideo (1909 y parte de 1910) y en Buenos Aires (1911 y 1912) fue aprendiz en el taller de medallas de Marcos Vanzo, donde "a los dos o tres años de empezar a modelar en arcilla ya me trenzaba con bloques de mármol más grandes que yo".

En Montevideo vivió con el exiliado político argentino Alejandro Vázquez y se relacionó con el poeta Angel Falco. En Buenos Aires frecuentaba la peña de Alberto Ghiraldo que se reunía en el café Paulista de la calle Maipú. Ya en Rosario, se hizo amigo de César Caggiano, Gustavo Cochet, Santiago Minturn Zerva, Alfredo Munné y otros artistas jóvenes con quienes se reunía en el café La Brasileña, donde años más tarde estuvo el bar La Fragata.

Con su amigo Abel Rodríguez, también del "clan", intercambiaba los libros que alrededor de 1913 inspiraron sus primeros bajorrelieves: Tolstoi, Baudelaire, Rimbaud... El de Tolstoi se exhibió en la librería de Georgino Linares (luego convertida en el café Sorocabana) y lo compró por cien pesos el ingeniero Lampe, quien luego lo donó a la Biblioteca Argentina Dr. Juan Alvarez, donde aún está. Hoy, la biblioteca Alberto Ghiraldo tiene una copia de su Kropotkin.

En 1915 el Colegio Nacional Nº 1 le encargó un busto de Sarmiento que imprimiría un giro afortunado a su carrera. Cuando estaba comprando el mármol de Carrara para hacerlo, oyó en la marmolería de Scarabelli una potente voz de bajo que entonaba un pasaje de La Bohème. Era Felipe Romito, lustrador de mármol que llegaría a ser un prestigioso cantante de ópera gracias a la protección de Blotta, quien le gestionó clases gratis de armonía y contrapunto en el Conservatorio Beethoven, de los hermanos De Nito. Agradecido, Blotta les hizo un busto de Beethoven, que fue visto por Rubén Vila Ortiz; éste llevó a El Círculo la idea que terminó convirtiéndose en el monumento a Beethoven inaugurado en el Parque Independencia a mediados de 1917, segundo en el mundo después del monumento al músico en su ciudad natal de Bonn (Alemania).

Otro de sus númenes fue el escritor David Peña, patrocinador de una idea que a Blotta le costaría literalmente un ojo de la cara: un monumento a Alberdi, cuyo bosquejo y presupuesto Blotta presentó ante Luis Sívori, presidente de la Comisión de Fomento del entonces Pueblo Alberdi, y quien firmó la resolución aprobatoria en 1915. Tras dos años arduos de trabajo in situ, en octubre de 1917 al marmolista José Lombardi le saltó una esquirla que le rompió a Blotta los anteojos. Le entró vidrio y mármol en los dos ojos. Quedó "ciego y desesperado", y así hubiera seguido de no ser porque el eminente oftalmólogo porteño Pedro Lagleyze logró salvarle un ojo, mediando los buenos oficios del doctor Artemio Zeno. (De esta experiencia surgiría luego su obra Ansia de luz, premio adquisición Salón de Otoño 1922, y también su costumbre de usar siempre gafas ahumadas). Con Lelio Zeno, Blotta viajó a Villeta (Paraguay) para reponerse. Allí, perdido, se topó con un misterioso señor de barba blanca que resultó ser don Daniel Delgado Rodas, padre del pintor Modesto Delgado Rodas.

Los Delgado Rodas le brindaron generosa hospitalidad en su casa. Al poco tiempo conoció a Carmen Prieto Ruiz, sobrina nieta de un héroe paraguayo de la guerra de la Triple Alianza. En septiembre de 1918, en la ciudad paraguaya de Emboscada, Blotta se casó con Carmen. Vivieron en Luque, de donde tuvieron que volver a Rosario ante la noticia de que había sido saqueado el taller que Blotta había logrado construirse con esmero desde 1915 en Pellegrini esquina España. Regresó muchas veces a Paraguay, país que lo designó ciudadano honorario y donde hay varias obras suyas. Un detalle: el equipo de fútbol del Club Sportivo Luqueño lleva los mismos colores de Rosario Central, cuadro del que Blotta no se perdía un partido, tranvía mediante.

Es muy marcado el contraste entre los honores recibidos en el país vecino y el trato que le dispensó su ciudad. Según Ivern, para gestionar una pensión graciable municipal (que al fin obtendría) un ya anciano, enfermo y empobrecido Blotta redactó una lista: "el Pasteur que está frente a la Facultad de Medicina", "el San Martín que está en el patio de esta Municipalidad", etcétera. Indignado ante el burócrata de turno que pretendía verificar estatua por estatua su firma, Blotta se apersonó ante los funcionarios municipales con un ejemplar de la Gran Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe (1965) de Diego A. de Santillán, donde buscó inútilmente los nombres de todos hasta dar con el suyo propio, que encabezaba una entrada de dos páginas. "¿Controlar, qué?" exclamó. "¿Comprobar quién soy?, ¿qué hice? ¡Ellos son los desconocidos!".

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El escultor Erminio Blotta en una imagen de juventud. En la víspera se cumplieron treinta años de su muerte.
 
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