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Domingo, 28 de febrero de 2010

CULTURA / ESPECTáCULOS › "A CUáNTOS HAY QUE MATAR", TERCERA NOVELA DE REYNALDO SIETECASE

Cadáveres en un mapa del odio

Sietecase cruza realidad y ficción sabiendo bien que la realidad es la que escribe y el autor realista es quien toma nota. El argumento parece extraído de la dramaturgia de Shakespeare. Pero al autor le faltó garra y le sobró decencia.

 Por Beatriz Vignoli

¿A cuántos hay que matar? Entre los periodistas jóvenes de los años 90, responder al pedido de una nota con esta frase era un chiste predilecto. La imagen resultante, mezcla de cinismo y obsecuencia, resultaba graciosa por lo distante que estaba entonces de la realidad de un trabajador de la prensa. El periodista, poeta y novelista Reynaldo Sietecase (Rosario, 1961) eligió esta frase como título y como comienzo de su tercera novela. Publicada por Alfaguara en febrero de este año, A cuántos hay que matar narra en sus 214 páginas la historia de un periodista que se corrompe en nombre del más repulsivo de los idearios: el de la pena capital por mano propia (o ajena, pero bien pagada, como en este caso). La ominosa omisión de los signos de interrogación transforma la burlona pregunta en una sombría afirmación, que parecería insinuar como respuesta: "A todos".

La presentación del libro en Rosario tendrá lugar este viernes, a las 19.30, en el Centro Cultural Ross (Córdoba 1345, planta alta). Además del autor, participarán dos antiguos compañeros de Sietecase en Rosario/12: Roberto Caferra y Gerardo Rozín. Y hay que ir, porque el espacio de Ross siempre abre el micrófono para el final de la charla y el libro despierta muchas preguntas. Una: ¿Por qué uno de los asesinos le regala a un tal Patricio, junto con un literal "bombón asesino", Viaje al fin de la noche, la novela de Ferdinand Cèline que inspiró Una puta mierda, la novela sobre Malvinas del también rosarino Patricio Pron? Dos: ¿Por qué si los otros asesinos escuchan de modo bastante verosímil a Los Palmeras, no aprovechó el poeta atrapado en el cuerpo del periodista y novelista esta ironía, que venía servida?

A cuántos hay que matar es una soberbia máquina trágica que lo tenía todo para ser una gran tragicomedia de crímenes fallidos y agachadas exitosas al mejor estilo del cine de los hermanos Coen. Pero quiso ser El Padrino 4 y se quedó a mitad de la cancha, tensando la cuerda entre Coppola, Francis Ford y Coppola, Guillermo. Fuera de broma, el cantautor español Joaquín Sabina hace un discreto pero simpático cameo en la página 63, y san Expedito no cesa de reaparecer desde la 133 en adelante. El libro es sin embargo un best seller decente, escrito sin excesos, bien investigado, bien llevado, muy respetuoso del lector de clase media argentina que aún puede comprar libros y que es su destinatario.

La idea es buena. El argumento parece extraído de la dramaturgia de Shakespeare y no de los diarios. Pero a la hora de agarrar el teclado, a Sietecase le faltó garra y le sobró decencia. Una decencia mal entendida como sentido común pequeñoburgués, que es lo mismo que decir ideología fascista (si hemos de creerles aún a Nicos Poulantzas o a Gramsci) y aquí va la tercera pregunta de la noche: el libro, cual alfajor de maicena envenenado, ¿encierra acaso entre sus páginas, entre las 196 a 261 más exactamente, una apología de la pena de muerte, lo que equivale a decir: una apología del homicidio?

Narrada en tercera persona salvo cuando habla el periodista, la novela da a entender que éste es un alter ego del autor. Otra interpretación más interesante, indicaría más bien que se trata del ego del autor. Periodista in celula, junto al reo, da Capote. No menos. En A sangre fría el reo aguardaba su ejecución por obra del Estado; aquí, espera una venganza de poderes oscuros y la recibirá de quien menos se imagina. O no: el final es compasivamente abierto, aunque lo desmienta un gesto medio inverosímil pero muy cinematográfico al final. Pero nada hay aquí de la desgarradora ambivalencia amor/odio con ribetes homoeróticos que destruyó al bueno de Truman cuando allá por 1961 firmó aquel famoso pacto con el diablo: el periodista argentino y ficcional de A cuántos hay que matar lo firma contento. Su ambición lo justifica todo. Las vacilaciones y remordimientos de su entrevistado, un remisero devenido en datero de unos sicarios improvisados, lo vuelven al reo un santo en comparación.

El alter ego de Sietecase, en esta saga que configura la presente obra junto a su predecesora Un crimen argentino (Alfaguara, 1002), es el abogado penalista Mariano Méndez. Plagiado a la realidad, Méndez existe. Disolvió a su víctima fatal en ácido sulfúrico allá por 1981, en lo que es el tema de Un crimen argentino y otro "plagio", a su vez, del concepto central en los métodos de la dictadura militar de la época: hacer desaparecer los cadáveres. Reciclado convenientemente en otros tiempos crueles más cercanos, Méndez ahora es "un profesional" que va y viene con elegancia a través de la frontera entre el bien y el mal, suponiendo que algo semejante exista en el corrupto universo donde se mueven los marginales y los políticos de estas dos novelas.

El acierto más brillante de Sietecase en estos libros es haber captado con fina y alerta sensibilidad por dónde navega el imaginario de las masas irritadas, anclando la trama en los puntos neurálgicos de este mapa del odio. Una sensibilidad similar, pero en clave mucho más visceral, tuvo el empresario argentino Juan Carlos Blumberg cuando mataron a su hijo. Los lamentables hechos de conocimiento público que configuran el llamado "caso Blumberg" son el cadáver en el que A cuántos hay que matar, ya desde su provocador título, clava su pico carroñero y extrae algunas tripas de interés general.

Por supuesto que los nombres están cambiados: el no ingeniero responde al de Federico Bauer. Su hijo se denomina Alejandro. Hay una mujer en la banda que lo secuestra quien, a su manera, pone lo suyo para endulzar la trama. Hay además una prostituta bella que parece escapada de algún dibujo del Negro Gómez. Le dicen "La Rusa", acertando correctamente en el ratoneo masculino local evocado por la Zwi Migdal. Hay un sicario profesional que viene del Mossad y antes estuvo en la pesada socialista. La fórmula ensayada por Sietecase en este libro no cesa de evocar a la jugada de Ricardo Piglia en la infame Plata quemada. Los diálogos son de cine, y también lo son los personajes. "Señor Bauer, jugar a Dios es un gusto que le saldrá caro", dice Méndez en el capítulo 1 con un glamour que invita al gran angular y al filtro dorado. Probablemente estas negociaciones no sean así en la realidad, pero ¿qué importa? Lo son en el sueño de las masas, a las que parece ser más rentable seducir que despertar.

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Sietecase contruye diálogos que son de cine, y también lo son los personajes.
 
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