CULTURA / ESPECTACULOS › CINE. EL CAPITAL HUMANO, NUEVA OBRA DEL ITALIANO PAOLO VIRZI

Un escenario de ambición y decadencia

En su último film, premiado con siete David de Donatello, el
director de La Prima Cosa Bella ofrece una visión desoladora
y escéptica sobre las marionetas de los grupos de poder.

 Por Emilio A. Bellon

El capital humano: 10 puntos

(Il capitale umano. Italia/Francia, 2013)

Dirección: Paolo Virzí

Guión: Francesco Piccolo, Paolo Virzí y Francesco Bruni

Fotografía: Jerome Almerás y Simone Beaufils

Música: Carlo Virzí

Intérpretes: Fabrizio Bentivoglio, Valeria Bruni Tedeschi, Fabrizio Gifuni, Valeria Golino, Luigi Lo Cascio, Matilde Gioli

Duración: 111 minutos

Sala: Cine Del Centro

El capital humano, último film de Paolo Virzí --nacido en Livorno en marzo del 64, de quien hemos conocido hace aproximadamente cuatro años La prima cosa bella (que permaneció, contra todos los pronósticos, meses en cartelera)-- sale al encuentro de temáticas que ya están presentes en gran parte de su filmografía, tales como Tutti i santi giorni, Caterina va a Roma y otros que se han dado a conocer en salas alternativas al circuito comercial que, en algunos casos, han pasado al formato DVD. Al respecto, recordamos Tutta la vita davanti, Baci e abracci y La bella vita, entre los más conocidos.

Mirar a la sociedad de nuestro tiempo parece ya ser una temática propia de las cinematografías europeas, de algunos escasos realizadores estadounidenses ligados al cine independiente, como de ciertas obras de las cinematografías latinoamericanas que no llegan, por lo general, a nuestras salas. Acercarse a ciertos comportamientos sociales y económicos a partir de las perversas directrices que imponen los personeros del poder (no sólo a los grandes funcionarios de sistemas políticos, sino también a los directivos de los grupos empresariales) es algo que reconocemos en la base de esas problemáticas argumentales. Ver cómo la vida humana se mide en términos de beneficios para terceros, o bien valuada a partir de una póliza de seguro, en caso de accidente y fallecimiento.

Y es que desde principios de los años noventa, en estas políticas económicas de exclusión y descarte el vocablo "humano" sólo parece pensarse en función de un rédito económico; desde las consignas de eficiencia, alienación, a partir de lo que se ha dado en llamar racionalización y reestructuración del ámbito laboral, con imperativos de descarte. Acuden a mi memoria en este momento dos films de Laurent Cantet: Recursos humanos y El empleo del tiempo, y uno que no ha trascendido, particularmente olvidado, La cuestión humana de Nicolas Klotz.

Ahora, lo que acontece en El capital humano de Paolo Virzí es análogo, en cierta medida, a lo planteado en el párrafo anterior, ya que estas temáticas se juegan en el cruce de intereses de dos figuras que se ubican en un mismo espacio: un agente inmobiliario y un inversor en el mundo de las finanzas, ambos movidos por una desbordada y cruel ambición, que los transforma en seres patéticos, en grotescas marionetas de una desaforada maquinaria. La acción se abre en una noche de invierno, antes de la Navidad. En ese momento, un empleado de un restaurant, regresando en su bicicleta por la autopista, es atropellado.

El cómo ocurrió y quién fue el responsable son los disparadores de lo que se irá construyendo como una imbricada trama que se teje desde diferentes puntos de vista, cercano al admirable film rumano La mirada del hijo, de Calín Peter Netzer, que seguía de cerca el recorrido de una mirada. Aquí basculan sospechas, coartadas, contradicciones, desde decires diferentes, desde una disparada investigación. Y en torno a esto la reconstrucción de un artificio, de una operatoria de engaños, en función de ese orden material, de esos bienestares de un mundo de apariencias que por mandato de clase se deben preservar. Dos hombres, cabezas de familia, los Bernaschi y los Ossola, corroídos por la ausencia de todo sentimiento solidario, que miran con desprecio el vocablo "humano", son presentados aquí en su depredador accionar.

De esta manera, Virzí nos acerca un retrato gélido escenificado en los espacios de la Lombardía, que desoculta los intereses más mezquinos, empujados por el desprecio hacia los otros, a partir de la novela homónima de Stephen Amidon, publicada en el 2004 y que cuenta con un guión construido por tres voluntades, tres nombres que enarbolan el concepto de compromiso: Francesco Piccolo, escritor italiano, Francesco Bruni y el mismo realizador.

De construcción poliédrica, cada uno de los puntos de vista apunta a dar una visón refractaria de lo que el orden de las apariencias presenta. Nada escapa a la farsa y a la mentira, de ahí que al film se lo haya calificado de "nihilista", en algunas páginas periodísticas. En este film que reúne un conjunto de simuladas voces, de maquillados sentimientos, lo que irrita e incomoda es el patético diagnóstico sobre la sociedad actual que sus autores logran plasmar de manera hierática, a través de una fría luz que los congela en sus despreciables conductas, que nos hacen llegar sus voces desde las ruinas de un viejo teatro, que lejos de reabrise, pasa a ser el escenario de especulaciones inmobiliarias y de un denigrante acuerdo.

Elijo del guión del film una de las expresiones que escuchamos de boca de la siempre notable Valeria Bruni Tedeschi, de quien hemos visto hace algunas semanas, en carácter de directora y actriz, Un castillo en Italia. En un pasaje del mismo, ella, Carla Bernaschi, expresa, dirigiéndose a quien está a su lado: "Bravo, ustedes apostaron a la ruina de este país y lo lograron". Y en otro momento, la escuchamos decir, a su hijo: "Dentro de veinte años quizás comprenderás porqué suceden estas cosas. Me encontrarás patética, pero al menos comprenderás".

Cómplices conscientes de una maraña de mentiras, de una mascarada de burdas respuestas, los personajes de este film no contemplan en ningún momento (salvo uno) el dolor y la situación del joven ciclista, empleado de un famoso restaurant cinco tenedores. A partir de este hecho, tres puntos de vista y un cuarto capítulo, de tres personajes de diferentes edades de esta clase de la alta burguesía. Tres puntos de vista que parten del mismo lugar geográfico, del mismo espacio, lindante con una desbocada cancha de tenis.

En declaraciones a la prensa, cuando su estreno, Paolo Virzí comentaba sobre este film (ambientado en la Lombardía, región que ha pasado a ser el símbolo de los cambios y de la alarmante metamorfosis de la Italia de hoy): "Me acerqué a estos lugares como lo hizo Ang Lee, director de Secreto en la montaña, respecto de Estados Unidos en Tormenta de hielo; lo hice con el espíritu de un explorador en un lugar exótico. Pensé en Fargo de los hermanos Coen, en La hoguera de las vanidades de Brian de Palma y en el film de Pietro Germi, Señoras y Señores. Y elegí filmar en esta región porque allí el peso de la economía está por encima de la vida de las personas".

Y en relación con este más que recomendable y necesario film, premiado con siete David de Donatello, incluyendo mejor realización, trato de volver sobre otra de las obras de este director, ya señalado en el primer tramo de esta nota: Tutta la vita davanti, del 2008, en el que una joven graduada de Filosofía debe comenzar a trabajar en un call﷓center; espacio que nos es mostrado en todos sus aspectos, desde diferentes miradas y en el que las protestas gremiales van emergiendo ante los silencios y atropellos patronales. Film a destacar, con un notable cartel actoral, en el que encontramos a Valerio Mastandrea, Isabelle Ragonese, Elio Germano, Massimo Ghini y Sabrina Ferilli, entre otros.

Y es precisamente ella, Sabrina Ferilli (igualmente actriz de Tu ríes de Paolo y Vittorio Taviani y La grande belleza, entre otras de una extensa filmografía), quien protagonizó aquella ópera prima de Paolo Virzí del 94, La bella vita, film en el que asume el rol de Mirella, una joven mujer casada con Bruno, quien de manera inmediata será despedido de su trabajo. Ante ello ocurren una serie de incidentes que marcarán un giro en la vida cotidiana de esta pareja, que habita un pequeño espacio en la ciudad de Piombino. Crisis y dolor, pero también la posibilidad del diálogo y la esperanza.

En este nuevo film de Virzí no hay esperanzas respecto de los se mueven de esta manera. Y traigo a los lectores, con gran pesar, uno de los parlamentos que nos llega con una gravitante y desoladora fuerza, desde la cínica voz de un padre a sus hijos: "Los queremos ganadores a ustedes. Queremos verlos felices. Todo lo que hicimos lo hicimos por el bien de ustedes. Y por eso somos los mejores padres del mundo. Por ustedes nos hemos jugado todo. Incluso el futuro de ustedes".

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La siempre notable Valeria Bruni Tedeschi en una de las escenas del film de Paolo Virzí.
 
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