CULTURA / ESPECTACULOS › A NO GUIARSE POR EL TITULO QUE LLEVA LA PELICULA DE JOCELYN MOORHOUSE EN ARGENTINA

La venganza femenina viste de rojo

Un western en clave femenina, con ecos claros de algunos films de Clint Eastwood, con trauma por resolver y madre de temer. Lugares comunes reformulados y una venganza que es disparo estético. Disfrutable y extrema, con predilección por el rojo.

 Por Leandro Arteaga

El poder de la moda
(The Dressmaker - Australia, 2015)
Dirección: Jocelyn Moorhouse.
Guión: Jocelyn Moorhouse y P. J. Hogan, sobre la novela de Rosalie Ham.
Fotografía: Donald McAlpine.
Montaje: Jill Bilcock.
Música: Deavid Hirschfelder.
Reparto: Kate Winslet, Judy Davis, Liam Hemsworth, Hugo Weaving, Julia Blake, Shane Bourne.
Duración: 118 minutos.
Salas: Monumental, Del Centro, Hoyts, Showcase, Village.
7 (siete) puntos.

Lo primero será cuestionar para desatender el título ridículo que significa El poder de la moda. Está en la línea del supuesto por Regreso con gloria para Trumbo. Tanto un caso como otro, son "traducciones" que conspiran contra las películas. En el caso de la primera, El poder de la moda la hace suponer cercana al mundo de la alta costura, peor aún, la rubrica como ámbito de consumación femenina. Al respecto, basta una de las primeras escenas para desmentirlo: "¿Dior?", pregunta el policía a Myrtle. "No, es una versión mía", responde.

En otras palabras, y con su título original, The Dressmaker es la vuelta al cine de Jocelyn Moorhouse, la directora de films como La prueba y En lo profundo del corazón, versión en clave rural del Rey Lear de Shakespeare, con protagónicos de mujeres insustituibles como Jessica Lange, Michelle Pfeiffer y Jennifer Jason Leigh. En una misma línea se inscribe la extraordinaria Kate Winslet en The Dressmaker, quien llega a su pueblito natal, ubicado en la Australia de los años '50, con la convicción de una cowgirl predispuesta a enfrentarse con viejos cuatreros.

Así es como Myrtle (Winslet) arriba a su pueblo y a su historia, varada en un momento casi lejano, tanto como para que no se la recuerde demasiado. Su presencia golpeará de a poco, como si se tratase de fichas de dominó que comenzarán a caer lentamente, mientras procuran mantener el equilibrio.

En este sentido, la operación estética que juega la directora al situar a la mujer en un rol de preeminencia masculina, logra que su película dialogue con otros films de índole similar, como la última Mad Max y la anterior Rápida y mortal, el western feminista de Sam Raimi. En The Dressmaker -título que suena como si se tratara del apodo de una killer- resuenan los ecos del Clint Eastwood de La venganza del muerto, aquella película donde un jinete fantasma -para la desgracia de todos- volvía al lugar de donde alguna vez había partido.

Al llegar, lo inmediato que hará esta chica de temple de acero y silueta robusta, es recuperar el vínculo con su madre. De manera tal que The Dressmaker, sobre todo, es el reencuentro crítico y molesto entre dos mujeres. Un duelo que dispara sobre el género western desde la relación entre una madre y una hija a la que no recuerda o no sabe bien quién es. Mejor aún, la gran actriz en cuestión es Judy Davis, y lo que pasa entre ella y la Winslet es de antología: casa venida a menos, mugrienta, así como esa madre ajada que no guarda reparos para sus palabrotas y ademanes. A la rastra, entonces, para meterla de cabeza en la bañera y ver si las ideas se aclaran.

Pero, ¿qué es lo que ha sucedido para que Myrtle sea tan despreciada? Las imágenes del inicio permiten inferir apenas, ya que tampoco ella lo recuerda demasiado bien. Sabe que se la ha acusado de manera infame, y que tuvo que irse cuando era una niña. Acá la paradoja lúcida, al dotar al personaje de un plus que no invalida la necesaria huida de pueblo semejante, algo que también hacía Edward Bloom en El gran pez, al relatar a su hijo, de manera idílica, cómo él y el amigo gigante eran despedidos con vivas y festejos; mentira: Edward no podía tolerar un día más ese pueblito de hipócritas, quienes seguramente le hayan ignorado o apedreado. Su grandeza estaba en eliminar ese rencor en el relato que hacía a su hijo. Pero Myrtle no es Edward, y su arribo al pueblito traumático no puede ser mejor: "Estoy de vuelta, bastardos".

¿Es un western? Es un western. Acá no hacen falta armas de fuego, sino hilo y aguja: herramientas para despabilar los cuerpos femeninos y cambiar al mundo. Desde esta habilidad que Myrtle trae de París, pero antes todavía del hogar materno, se traba entonces una minuciosa redada que hará sucumbir de a poco los lugares instituidos. Como regente de este orden está el policía que interpreta admirablemente Hugo Weaving, él es quien identifica como Dior a la prenda de la Winslet. Nada más irónico: un policía que guste de la moda es raro.

Es más, el policía será una especie de eje sobre el que va y viene el derrotero del argumento. Cuanto más se sienta éste liberado, más cerca estará el film de su consumación: del sentir disimulado de la textura de las telas hasta la reprobación del uniforme azul cotidiano. El policía saldrá de closet, y con él toda la película.

Es por esto que The Dressmaker es un western inclasificable. A recordar: la acción se desarrolla en Australia y en los años '50, con moda importada de París, y una historia de amor que inevitablemente nace. Por este tipo de gestos, el film de Moorhouse orienta para desorientar. Allí cuando todo pareciera encastrar, lo que sucede es la pronunciación de una misma herida. Myrtle deberá sufrir de manera repetida hasta que la absolución de su pena sea total. Allí estará la consumación de la venganza.

En el film ya citado, Eastwood terminaba por pintar al pueblo de rojo, como un infierno. Con la Winslet pasa algo similar: su primer llamada de atención la hace, de hecho, con vestido rojo. Y desde una puesta en escena que no dudará en extrañarse para desovillar la tontería del final feliz con parejita de telenovela, en un rol que concientemente lleva adelante Liam Hemsworth. Al tomar una decisión argumental y plástica semejante, The Dressmaker dispara también sobre esa fórmula donde la mujer es rescatada para ser llevada al altar. Así que nada de blanco, mejor el rojo. Es un desafío magnífico, porque engaña al espectador desde las mismas coordenadas de tanto cine adocenado.

Por todo esto es que no hay ningún poder puesto en la moda sino, en todo caso, en esta mujer, capaz de tomar al mundo en sus manos y de hacer que la misma moda trastabille y quede a sus pies. ¿Hacia dónde irá después? ¿Quién sabe? El destino nunca fue preocupación para las andanzas de ningún cowboy, tampoco lo será para esta chica. No es para menos, se trata de Kate Winslet, una de las mejores actrices del cine contemporáneo. ¿Cuál será su próxima película?

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De vuelta en el pueblo, esta chica de temple de acero recuperará el vínculo con su madre.
 
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