CULTURA / ESPECTACULOS › VUELVE EL HOMBRE MONO CON LA LEYENDA DE TARZAN, DEL ESTADOUNIDENSE DAVID YATES

Correcto pero sin alma de historieta

Entre selvas y animales digitales, Tarzán renueva sus desafíos en la piel de Alexander Skarsgård. Indígenas, esclavos y negros liberados. Los diamantes, la explotación, y los rosarios. Todo en su lugar pero sin riesgo de aventura.

 Por Leandro Arteaga

La leyenda de Tarzán
(The Legend of Tarzan - Estados Unidos, 2016)
Dirección: David Yates.
Guión: Stuart Beattie, Craig Brewer, John Collee, Adam Cozad, sobre las novelas de Edgar Rice Burroughs.
Fotografía: Henry Braham.
Música: Rupert Gregson-Williams.
Montaje: Mark Day.
Reparto: Alexander Skarsgård, Margot Robbie, Christoph Waltz, Samuel L. Jackson, Djimon Hounsou, John Hurt, Ella Purnell, Simon Russell Beale.
Duración: 110 minutos.
Salas: Monumental, Hoyts, Showcase, Village.
6 (seis) puntos.

Tarzán, mito moderno del siglo pasado. Si hay que elegir entre personajes clásicos, con versiones en cine fundamentales, uno de ellos es Tarzán. En tal caso, y entre los demás nombres -Buster Crabbe, Lex Barker, Ron Ely o Christopher Lambert-, el que sobresale es Johhny Weissmüller. "The best of the mall" decían los viejos trailers de sus últimas películas. Con más panza y menos agilidad, su Tarzán era irrebatible.

Es decir, cuando se le veía nadar, campeón olímpico al fin y al cabo, Weissmüller era Tarzán. En estado puro. No es un dato menor, el cine del hombre mono ha sido uno de los desafíos mayores. El verosímil de la selva podía ser impostado, en estudios y con plantas de plástico, pero las peripecias debían dar credibilidad. El truco, entonces, no dejaba de ser fotográfico. De manera tal que cuando el actor se soltaba en el aire, liana en mano, las acrobacias debían estar a la altura de los sueños. El cine, por esto, era la máquina perfecta.

En otro orden y como gran ejemplo, cuando el director francés Jean Epstein decía que el cine es algo más esencial que las piruetas de Tarzán, no sólo tenía razón -el movimiento demoníaco del cine ha despertado una manera de ver inédita, aducía Epstein-, sino que también engrandecía, involuntariamente,al personaje. Tarzán, mezcla de hombre y simio, continúa fascinando con sus lecturas encontradas.

Esta es, de hecho, la premisa de La leyenda de Tarzán. Entre la civilización y la selva se debate la nueva encarnación del simio blanco de Edgar Rice Burroughs. Como si fuera consciente del siglo de historias que le preceden, con sus pleitos ideológicos, este Tarzán procura resolver tal angustia para definirse a sí mismo. El film comienza en Inglaterra, con Tarzán vuelto John Clayton, legítimo heredero de título nobiliario y fortuna familiar. La Corona tiene para él una misión en el Congo. Pero atención, mientras Clayton escucha y toma el té, una de sus manos descansa como garra sobre el mantel blanco.

Será un enviado de Washington quien le convenza de encarar la misión. Hay algo más profundo, que tiene que ver con la explotación del Africa y es eso, finalmente, lo que decide a Clayton a reclamar su antiguo nombre. Los flashbacks que rememoran su historia: la muerte de sus padres, el cuidado de la mona Kala, el odio de Kerchak, el descubrimiento de Jane; son oportunos porque no sólo descubren la historia para el espectador desinformado, sino también por acentuar la dicotomía en la que está encerrado este hombre salvaje.

Será útil recordar el desenlace de la ya añeja versión con Christopher Lambert, donde Tarzán volvía, irremediablemente, al verde selvático. En el caso actual, el hombre mono parece haber demorado su vuelta al nido, casi convencido de que lo suyo es tomar brandy y simular sonidos de la selva (acá, un guiño hacia el film de Lambert). Acompañado de su amada Jane (Margot Robbie) y de George Washington Williams (Samuel L. Jackson), Tarzán vuelve a su mundo de la infancia, para ser llamado como siempre, entre animales que le miman y waziris que le claman.

De acuerdo con la aventura encarada, la película de David Yates -responsable de las últimas Harry Potter-, postula una dupla protagónica, compartida por Tarzán y Washington Williams, donde reitera el lugar común del héroe y partenaire, blanco y negro, serio y bufón, pero sin caer nunca en lo políticamente incorrecto. Es más, puede decirse que este Tarzán sabe muy bien cómo desmarcarse de cualquier lectura malintencionada, para situarse del lado del débil y así rebelarse con el mundo que se dice civilizado.

Es esta réplica entre el mundo blanco y el mundo africano la que construye al nuevo Tarzán fílmico. Ya no fílmico. Ahora digital. Un Tarzán ambientado en los albores del siglo XX pero de cuño hipertecnológico: capaz de lanzarse a tareas ímprobas con la agilidad de un hombre araña, antes que mono. Casi un superhéroe. Es éste el malestar que aparece durante la película. La aventura ya no es lo que era, no vale la pena añorarla porque no tendría sentido. Pero lo que surge destila una pericia técnica que ya no es física, aun cuando el atlético Alexander Skarsgård detente sus abdominales. Como le ocurre al nuevo Superman: una mole humana que no se condice con las piñas dinámicas.

Igualmente, el Tarzán de Skarsgård posee una mirada ensimismada que recuerda a Lambert, junto al rostro jovial de Lex Barker. Un punto a favor. Si bien sujeto a la construcción digital de los planos, sin explosión física verdadera: algo que resuelve casi siempre el montaje. La mayoría de las secuencias de acción se atribuyen la necesidad de una supuesta grandiosidad, con acumulación de animales y espíritu de video juego, pero sin ilusión de historieta. Este último aspecto es el que más se extraña: la aventura por la aventura, sin demasiado preámbulo.

No es que el film de Yates la esquive, sino que no sabe cómo recrearla, no la siente, no hay pasión por el personaje y por su entorno. El guión, desgajado, es correcto, recapitula sobre el mito -como la reelaboración de las joyas de Opar-, tiene una mirada ideológica premeditada, pero no hay una puesta en escena sentida, que conviva con el personaje, que sea capaz de lanzarse de manera física a esta aventura interminable y amada por tantos: desde Ray Bradbury al dibujante Carlos Meglia.

El rol villano compuesto por Christoph Waltz rinde pleitesía a sus caracterizaciones ya acostumbradas -hay un serio peligro de encasillamiento allí-, con un detalle que dice bien, de cara al rosario con el que acompaña uno de sus puños. Hay que ver cómo Tarzán resuelve, justamente, el enfrentamiento con el cínico Leon Rom, capaz de usar esta arma bendita de maneras insólitas. Es por eso que el guión de Tarzán está lleno de buenos momentos, casi sorprendentes. Pero que destellan sin un alma que, sin bien atenta a los adelantos técnicos, tenga también puesto el sentimiento en esta historia de temple, tal el título del film, legendario.

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Tarzán ambientado en los albores del siglo XX pero de cuño hiper tecnológico.
 
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