CULTURA / ESPECTACULOS › "TRESCIENTOSCINCUENTA", FILM DE DIEGO FIDALGO

Los juegos de la memoria

La película de Fidalgo replantea el concepto del documental a la luz de los más notorios realizadores, por su capacidad de instalar y definir una mirada propia y de otros.

 Por Emilio A. Bellon

¿De qué manera el oficio del artista continúa con una línea de militancia; y en relación con una toma de postura personal, en qué medida desde lo particular se da cuenta de un trazado que nos compromete en un acto de reflexión, frente a una sociedad, la nuestra, que en su mayoría aceptó cómodamente las adulaciones de un indulto? Tal parecen ser algunos de los nobles interrogantes que nos despierta este mediometraje del director rosarino Diego Fidalgo, co--autor, por otra parte, junto a Jorgelina Hiba y Germán de los Santos del film Ultimo tren a Treblinka, presentado y galardonado en varias muestras y festivales en el 2003, y que nos lleva al encuentro y recuerdo de una de las obras del Profesor y artista plástico, defensor desde la primera fila y primera hora de los Derechos Humanos, Rubén Naranjo, autor de Janus Korkczak, maestro de la humanidad, biografía dada a conocer hace cuatro años.

En la edición del pasado jueves 20 de octubre, en diálogo con Edgardo Pérez Castillo en esta sección de este diario, Diego Fidalgo nos acerca algunos aspectos que definen este admirable film que, desde su título, Trescientoscincuenta, trata de identificar --en la sociedad del número-- un revés oculto: el que permite que las siglas N.N, que definen todo un capítulo de los años de persecuciones, secuestro y torturas, se fusionen en un elemento cotidiano, de valor instrumental, que permite desplazamientos, tránsitos; y que, desde el propio relato que nos hace el artista plástico Fernando Traverso, la figura de la bicicleta caída, sin la presencia de un sujeto a su lado, quede de inmediato asociada a la fuerza de lo ausente, de quien ya no está; de alguien a quien los mercenarios de un sistema caníbal le han arrebatado sus sueños.

Pero lejos de ser una crónica en un estilo llanamente documental, el film de Diego Fidalgo explora, desde un relato que integra diferentes voces --sin que por esto debamos pensar en un film encuesta-- los recorridos de un discurso que plantea los juegos de la memoria, la que se activa desde escenas que ofrecen imágenes reposadas, que nos interpelan de una perturbadora manera de "retratar" los espacios urbanos de nuestra ciudad; la que se va resignificando desde las siluetas de esas bicicletas, representadas en tamaño real, y que llevan en su parte inferior ese número que nos va recordando, que nos golpetea en silencio, un nombre de uno de los que ya no están.

Conocedor de toda una estética que rehuye lo literal y lo redundante, Diego Fidalgo transforma el espacio urbano en una zona a redescubrir, desde los movimientos que el propio tiempo bosqueja, desde los diferentes registros en los que se fija la imagen, desde la latencia de un recorrido que se pone en acto desde la propia mano del artista y que transforman a toda la ciudad en un espacio de la memoria, fragmentada, que tiende a huir, desdibujarse. La mano activa de su artista, su acompañamiento fuera de su propio taller para internarse en su otro trabajo, sus recorridos diarios a bordo del trole, van ofreciendo todo el planteo de un largo, prolongado travelling de acercamiento que nos lleva a todo un planteo conceptual sobre el tema de la identidad saqueada y, paralelamente, de nuestra propia identidad. La voz en off del director, las imágenes de películas caseras en Súper 8, las luces que nos devuelven desde su ambar opacidad la propia idea de un tiempo interior, transforman este relato en un film que abre un diálogo entre ambas épocas: la de los violentos y depredadores años 70 con la de hoy, que pretende, desde dádivas hipócritas silenciar las voces de tantos genocidios.

El film de Diego Fidalgo cede su voz a quienes la historia oficial desplazó de sus capítulos y nos propone recorrer la ciudad, no únicamente desde sus bondades edilicias, desde sus cuidados paseos, sino también desde los imperativos de una ética que hoy ha sido ultrajada y violentada en sus definiciones. Esto me lleva a pensar, este proyecto de topografía del recuerdo, en la plaza central de Bologna, en la que en uno de sus más extendidos murales están las fotos de quienes, en su momento, en los años de ocupación nazi, murieron defendiendo la dignidad humana. Por ello estimo, que un nuevo mapa de la ciudad, de los que provienen de las oficinas públicas, debería contemplar (si es que esto ya no se ha concretado) estas elocuentes imágenes que permiten ir construyendo otra idea de futuro.

Realizado por Calanda Producciones, con la participación colectiva de sus integrantes, Pablo Romano y Rubén Plataneo (igualmente realizadores), Trescientoscincuenta es un film que replantea el concepto del documental a la luz de los más notorios realizadores, por su capacidad de instalar y definir una mirada propia y de otros, por la actitud experimental de incorporar diferentes registros, por comprender la historia como un permanente movimiento espiralado (como el mismo narrador señala), por abrir posibilidades de lectura que nos llevan a replantear nuestras miradas. Porque desde la figura y la silueta de la bicicleta asoman generosamente los nombres de aquellos militantes del Neorrealismo, De Sica, Rossellini, De Santis, Visconti, entre otros, quienes, como señala Pier Paolo Pasolini, le otorgan voz, le permiten hablar a quienes en los años del fascismo estaban amordazados por decreto. Y de pronto, despiertan en mi memoria algunos versos del poema de José Pedroni, "La bicicleta con alas", que muchos de mi generación escuchamos por primera vez a principios de los años 70, desde un long play homenaje.

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El film de Fidalgo cede su voz a quienes la historia oficial desplazó de sus capítulos. Es de destacar la actitud experimental de incorporar diferentes registros.
 
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