CONTRATAPA

Otro periplo por la autopista duarte

 Por Por Eugenio Previgliano

¿Otra vez por la Autopista Duarte? -dice- ¿no te cansa -agrega- manejar sin rumbo todo el tiempo por la Autopista Duarte? ¿No aprenderás que ese deambular hacia el destino no te cae bien, te endurece el corazón y sus arterias coronarias, te disimula la amargura tras esa sonrisa estúpida, te agrega años y opaca las celebraciones de fin de año?

Yo la oigo hacer preguntas pero pienso sin embargo que en la próxima salida, o quizás en la segunda bajada hacia la izquierda, pasando el puente azul del tren rápido, debo tomar el carril de descenso si quiero alcanzar de una vez mi destino. Antes nos hemos detenido a cargar combustible, comer un bocadillo y mirar el mar. Las tres cosas -pienso- me alegran el corazón y más me lo alegrarían -sigo pensando- si desde lo alto de la parada no se vieran esas dos torres horribles que se alzan a lo lejos y mucho más aún me alegraría si la vista de los buques que navegan a la distancia no me recordara mi trabajo, que alguna vez me pareció al trazar alegres derrotas a bordo y señalar las rutas de navegación, grato y pleno pero que se ha vuelto, con el tiempo, una especie de rutina cerrada y recurrente que desarrollo con unos hombres toscos que hablan guaraní -lengua que no entiendo- y hacen gestos exagerados para ofrecerme el chaleco salvavidas cuando salgo a la cubierta sin que yo me ofenda, como si yo mismo tuviera alguna chance de apartarme de las férreas normas de seguridad que rigen para todo navegante al asomarse hacia las bordas.

Deberías -sigue ella diciendo- considerar que esta cosa de deambular enteramente por la Autopista Duarte te está llevando la vida y saber de una vez y para todas que la Autopista Duarte no conduce a muchas partes: todos los lugares que has visitado -dice- los abandonaste, te decepcionaron, o tuvieron un fulgor pasajero que se dilapidó en el tiempo, en el espacio o en esa cosa que llamamos recuerdo pero que en ti -aclara- parece no tener peso a pesar de los años. Es necesario -dice en tono de pregunta- que cada vez que te vea te recuerde que es muy probable que jamás des por terminado el viaje por la Autopista Duarte y que por mucho que te esfuerces nunca llegarás a destino.

Yo callo, pienso y fumo dentro del automóvil alemán -¿debería decir europeo?- que vengo manejando y mientras tanto recuerdo, a pesar de lo que ella dice, el tramo de autopista que hemos recorrido bajo algunos túneles, iluminados de una luz difusa que hace de los otros automovilistas que guian su máquina por la Autopista Duarte una especies de fantasmas sin voluntad que viven en un universo de autómatas donde todo lo que no es pasado ni futuro entra en una nebulosa gris que sólo se puede calificar de presente cuando hay otro que recibe una señal, un rayo de luz, algo que se pueda pensar como causa de los efectos que el otro observa, una señal que lo mueve a apartarse del camino que seguía de forma refleja, sin pensar en moverse de carril hasta encontrar su destino, siempre a la misma velocidad, esquivando el bulto de los otros coches en movimiento, sin reparar en la mirada de otros conductores que guían con la misma pasión sordomuda a una velocidad preestablecida dentro de los andariveles señalados horizontalmente sobre el bitumen.

Ya basta -exclama- de guiar exiguamente por la Autopista Duarte como si te llevaran los peores demonios, ya basta -reitera- de perseverar en este camino que sólo conduce a la Autopista Duarte, ya basta -exagera- de insistir en adelantarte o atrasarte respecto de otros coches sin hacer ninguna seña que pudiera poner en crisis tus irreflexivos objetivos: has pasado mucho tiempo -dice- guiando por esta autopista, es hora que dejes esta obsesión por recorrerla, por ganar kilómetros, por mirar el paisaje romo y sin variantes que se repite en cada curva, en cada loma, en cada encrucijada.

Yo la oigo repetir su cháchara vacía una vez más y pienso en todas las paradas que he hecho a lo largo de este interminable viaje; pienso en el clima tormentoso que reinaba los días de la revolución, recuerdo los tramos deteriorados de la autopista en zonas de abandono, siento en mi corazón los fuertes latidos de las veces que pensé que recorría un tramo para mí desconocido que me daría sorpresas, ilusiones y alegrías; evoco los días nublados, el viento que me desorienta la dirección, los rizos que el bitumen hace cuando la amplitud térmica es demasiado marcada, pero finalmente hay una sola palabra de ella que me distrae de mis elucidaciones.

Ahí -dice ella- está el puente azul del tren rápido, si bajas por esta salida podemos ir a casa a almorzar, y descansamos.

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