CONTRATAPA

Hay que esperar

 Por Luciano Trangoni

-En la heladera hay algo de fiambre -dijo Elena-. Podés prepararte un sándwich si querés. Por Mariela no te preocupes que ya comió.

La niñera movió la cabeza y sonrió mirando a la niña.

-Si quiere ver la tele, dejála, no hay problema -continuó-, ya hizo la tarea.

-Ahá.

-Si llega a tener hambre, cosa que dudo, dále fruta. Hay unas bananas y una manzana, creo. Y naranjas.

Hubo un silencio de miradas.

-¿Dónde están?

-¿Qué cosa?

-Las frutas. Digo, por las dudas.

-Ahí.

-Entonces hubo otro silencio de miradas. Un silencio más denso, un silencio de búsqueda.

-Ni se te ocurra abrirle a nadie -dijo Elena arrugando la frente.

-No, ¿cómo se le ocurre?

-A nadie...

-No, quédese tranquila.

-Eso quiero, quedarme tranquila. ¿Mi celular lo tenés?

-Sí.

-Perfecto. Dejá encendido el tuyo, por cualquier cosa...

-Sí, claro.

-Bueno, me voy. Vuelvo tarde. O eso creo. ¡Y no te duermas!

-Vaya tranquila.

Elena caminó hasta la puerta de calle, la abrió, y antes de salir giró sobre su hombro e hizo una mueca parecida a una sonrisa y luego cerró la puerta detrás de sí.

La niñera oyó el sonido de la llave girar dentro de la cerradura y suspiró. Mariela estaba en pijama y la miraba con cara de sueño, de pie a unos tres metros de ella.

-¿Me vas a contar un cuento? preguntó la nena.

-Más tarde -respondió la niñera arrastrando la voz.

El bar estaba casi lleno cuando entró Elena. Eran las once menos cuarto y ella recorrió con la mirada cada una de las mesas, sin reparar en ninguna en especial. Después eligió una mesa junto a la ventana y allí se sentó hasta que el mozo se acercó a ella.

-Espero a alguien -sonrió Elena.

-El mozo tenía la mirada perdida en la escena de la calle que se dejaba ver, a esas horas de la noche, a través del ventanal. Por la vereda caminaban dos muchachas que llevaban sus cabezas cubiertas por gorros de lana tejidos a mano. Quizás fueran estudiantes. La que caminaba del lado del ventanal llevaba un libro apretado sobre el saco, y arrugó la nariz y miró sin ver hacia el interior del bar.

-¿Perdón? -preguntó el mozo, inclinándose sobre Elena.

-Que espero a alguien -repitió ella, esta vez sin repetir la sonrisa.

Quince minutos más tarde abrió la puerta del bar un hombre canoso, de barba candado y traje azul marino con botones dorados. Llevaba un maletín y caminaba con la otra mano abierta sobre el vientre, luciendo un anillo de oro en el dedo anular.

-Hola, amor -dijo cuando estuvo frente a Elena. Perdonáme por la demora.

-Está bien -dijo ella-, no hay problema.

El mozo se detuvo junto a ellos con los brazos cruzados detrás de la cintura.

-¿Qué tomás? -preguntó el hombre canoso y de barba candado, mientras se quitaba el saco y lo apoyaba sobre las espaldas de su silla.

-Café.

-Perdonáme por la demora pero no encontraba estacionamiento. Es una locura venir al centro con el auto -dijo-. Un café y un whisky.

-¿Alguna marca en especial? -preguntó el mozo.

El tipo arqueó los labios en una mueca de indiferencia.

-Un escocés -dijo-, con dos hielos.

Una carcajada se dejó oír desde una mesa multitudinaria y cercana, en la que festejaban un cumpleaños.

-Hablé con El Turco -dijo después el tipo de barba candado, con la mirada clavada en la espalda del mozo, que se alejaba en dirección a la barra. Al oír esto, Elena sonrió. Sonrió y se acomodó en la silla. Enderezó la espalda, clavó ambos codos en el borde de la mesa y apoyó el mentón sobre sus manos entrelazadas, esperando en silencio, sin parpadear, mostrándole una sonrisa al hombre canoso y de barba candado.

-Contáme -dijo ella.

El tipo movió la cabeza y arrugó la frente, negando con la mirada perdida en un pucho aplastado bajo la mesa de al lado.

-Dice que hay que esperar -murmuró-. ¿Para qué te voy a mentir?

Esperar, pensó ella, tratando inútilmente de sostener la sonrisa en sus labios, una sonrisa que se deformaba como el rostro de una muñeca entre los leños de una hoguera.

-No es tan fácil, ¿sabés? -continuó él-. El Turco no es ningún boludo, eso ya te lo expliqué, es un tipo que sabe lo que quiere, sabe lo que es bueno. Lo que pasa es que está esperando el momento justo, ¿entendés?, y tiene que tomar sus precauciones... Y tiene razón, es lógico.

-Es lógico -repitió ella.

-Es un tipo con experiencia. Años de experiencia, ¿te das cuenta?

-Perfectamente.

El mozo pidió permiso y sirvió el café de ella y el whisky de él, e inmediatamente después giró sobre sus pasos y volvió a mirar a través de la ventana que daba a la calle. Ni siquiera oyó el débil gracias que pronunció ella cuando recibió su café. En la vereda un inspector multaba a un coche estacionado.

-Pero no nos volvamos locos... -dijo el tipo-. Pensemos: yo al turco ya le hablé de vos, y se muere por conocerte. Dale, no me pongas esa carita... Nada más hay que esperar...

-¿Cuánto? -dijo ella.

-¿Cuánto, qué?

-¿Cuánto tengo que esperar?

-No sé... supongo que unos días. Unas semanas, en todo caso, pero no más que eso.

-Meses -dijo ella.

-¡No, mi vida! ¿Meses? -sonrió. No, menos... ¡Mucho menos!

-O años... -continuó ella. O nunca...

-Pero, ¿qué estás diciendo, mi amor?

-Y no me digas mi amor, que me das asco.

-Pero, Elena...

-Mejor callate. No digas nada más, por favor, que me tenés podrida. Dejame pensar, a ver si entiendo. ¿Te regalé mi cuerpo para nada?

-Elena, no grites.

-Dos meses, hijo de puta... Fueron casi dos meses. Dos meses. Para nada.

-Elena, por favor, hablá despacio.

Elena se puso de pie y le arrojó el vaso de whisky en la cara. En la mesa de al lado una muchacha cortaba la torta mientras los demás brindaban con champagne.

luciano [email protected]

Compartir: 

Twitter
 

 
ROSARIO12
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2020 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.