CONTRATAPA

Bailando sola (Cuerpo de mujer y locura)

 Por Sonia Catela

Se trata del control practicado sobre mujeres mediante medicación y encierro, hasta años tan recientes que nos lamen los pies, y que continúa aunque con ropajes aggionardos. En la peculiar historia de Zelda Sayre, bisagras aceitadas permiten una aproximación al modo en que se le calza a alguien el sombrero de loco. Historia ni ajena ni tan lejana.

No sabríamos nada de Zelda. Pero a los 20 años, se casa con Francis Scott Fitzgerald, autor que creará esa famosa novela canonizada: El gran Gatsby. La correspondencia que la pareja mantuvo durante dos décadas, revela cada paso hacia el perenne peregrinaje de Zelda por manicomios. Cuando están a punto de casarse, ella escribe: "Seremos felices siempre... como la princesa de la torre que tanto te obsesionaba". Pese a haberse comprometido con Francis, Zelda flirteaba aún con otros hombres, y Fitzgerald le avisaba hasta hartarla, que "ahora comprendía por qué encerraban en torres a las princesas". Encerrar en la torre a la princesa para que se porte bien. Comentario que revela un rumbo.

En carta a una conocida, Francis culpaba a Zelda: "Zelda no es precisamente intachable. Cualquier chica que en público disfrute francamente y cuente historias escandalosas, que fume sin parar y comente que ha 'besado a miles de hombres y piensa besar a otros tantos' no puede ser intachable. (...) Todos mis amigos me han aconsejado unánimemente que no me case con una chica insensata y amante de los placeres como Zelda".

Ya casados, recluida ella en alguna clínica, Fitzgerald le machaca cada "desorden" que le atribuye a su personalidad: "Según tu propia confesión (y por la que nunca te hice reproches) habías sido seducida y provincianamente rechazada. Yo me di cuenta la noche que nos acostamos por primera vez".

Y pese a su admitido alcoholismo, Francis acusa: "La borracha eras tú, famosa ya a los diecisiete años, antes de que te conociera. (...) Éste es el artículo sumamente dudoso que adquirí y que tu madre pide que devuelva, por alguna vaga razón". Scott reconoce y asume: "No he bebido nada aquí, ni una gota, pero soy esclavo de la cafeína de día y del cloral de noche, que prácticamente es igual de nocivo para los nervios". Y sin embargo la descalifica: "Dejé cartas sin abrir, cartas completamente insultantes de tu familia. (...) Porque si fueras capaz de organizar algo, Zelda, lo harías ahí en la clínica. ¡Qué no daría yo por el derecho al ocio! no pensar en impuestos ni seguros ni la salud de otras personas. (...) Ahora no te compadezco, te envidio". Desafortunadas imágenes: envidia, derecho al ocio. Y más rechazos: "A veces eres un encanto, pero por desgracia no has dado ninguna muestra de que seas capaz de algo más. Y ser un encanto no basta".

Con obsesiones patológicas (imaginaba padecer tuberculosis, sufría adicciones), Fiztgerald mantuvo, pese a todo, firmeza en cuanto a conservar recluida a su esposa: "Zelda me escribió diciéndome que está confinada. He hecho tan poco por ella en los últimos diez meses. (...). Lamento mucho no poder hacer nada". Y por la misma época: "Mientras estuvimos en el campo (y no está mejor hoy que entonces), hubo episodios gravísimos, que parecían no tener 'base alguna', accesos de cólera, violencia, irreflexión. Supongo que ahora estamos de acuerdo en acallar cualquier deseo de ella de salir al mundo".

En tanto Zelda, bailarina de ballet, pintora y escritora, pedía: "Me gustaría bailar en Nueva York este otoño, pero ¿dónde recuperaré estos meses que se pierden entre las remolachas del huerto de la clínica? Ya tengo las piernas fláccidas". "Quiero que me dejes salir de aquí". "Estás en un error si crees que voy a pasarme el resto de la vida vagando sin felicidad, reposo ni trabajo de un sanatorio a otro". "Cada día es más difícil pensar y vivir y no entiendo el objeto de consumirme aquí sola, en una amargura abrumadora".

Ese desequilibrio psíquico de Francis y la reversión del mismo sobre Zelda, recibió cuestionamientos; de los padres de ella en primer término: "Me gustaría descubrir la más leve base de la acusación de tu familia de que yo te volví loca", le dirá a Zelda veinte años después de conocerse.

Pero también de los propios médicos. En una carta enfurecida Francis rebate la terapia dada a su mujer y que lo acusa directamente a él. Bufa: "El tratamiento de Forel era muy distinto al empleado por el doctor Meyer y el primero contaba con todas mis simpatías. Con Meyer sólo una vez conseguí que me explicara su punto de vista. Parecía creer: 1) que Zelda no debía obsesionarse con el sanatorio. 2) que yo bebía demasiado, lo cual agravaba todo el problema. 3) que yo era un caballo de tiro suizo con el sistema nervioso de un campesino suizo". "Al parecer Meyer nunca fue capaz de comprender que mi trabajo de escritor era más importante que el de ella sin lugar a dudas, debido a los años de preparación y a la experiencia profesional, y porque mi escritura hacía girar la noria mientras que la de Zelda pertenece al comercio de artículos de lujo. Él fomentaba el dichoso deseo femenino de expresarse como si no hubiese fracasado en ese punto ya dos veces". "En cuanto hizo lo que pudo, sencillamente me cargó con Zelda durante dos años del trabajo más tremendo de mi vida, se negó a readmitirla y propuso en su lugar las conversaciones triangulares singularmente estériles. Al cabo de un año yo estaba medio loco y entonces empezó la bebida excesiva". "¿Cómo podía yo amenazar a Zelda, a menos que utilizara la fuerza bruta, si no tenía derecho de decirle que si se negaba a hacer lo que fuera tendría que volver a la clínica?" Tener el derecho de obligar a alguien a hacer lo que fuera bajo amenaza de encierro. Vaya. Y: "Zelda convenció al Meyer que su vida era socialmente tan útil como la mía". "Me devolvió dos veces a una mujer que parecía tener más control sobre sí misma, y menos tensa, y el doctor supuso que si estas condiciones no persistían en casa, el elemento culpable tenía que ser yo".

En 1939 Scott y Zelda hicieron un viaje a Cuba; él bebió mucho y necesitó hospitalizarse. Zelda reingresó sola al centro Highland. No volverían a verse.

"Parece extraño que alguna vez hayamos sido una pequeña familia amorosa, segura en un hogar", reflexionará ella. "Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor", suplicaba a Scott desde la clínica.

Pero él le comentaba epistolarmente al doctor Forel, psiquiatra de Prangins: "Descubrí que una cantidad moderada de vino -cuando me lo permitía-, hacía que la vida dejara de resultarme un trabajo pesadísimo para mantener a una mujer cuyos gustos cada día tenían menos que ver con los míos". "El vino me resultaba casi imprescindible para aguantar sus largos monólogos sobre pasos de ballet".

Y Zelda: "Cuando viste que me hacía feliz dar clases de baile, te disgustó. Te enfurecían los ensayos". "No trabajabas. Estabas siempre borracho. Decías que era culpa mía por bailar todo el día. No me hacías ningún caso". "Me sentía confusa emocionalmente. Ni siquiera sabía lo que quería. Entonces fuimos a Africa y cuando volvimos empecé a darme cuenta de qué ocurría. No me deseabas. Dos veces dejaste mi cama diciendo: 'No puedo, no entiendes' No entendía. Supongo que puesto que he llegado hasta aquí, podré hacer el resto del camino". "No te importaba, así que seguí bailando sola".

Medicar, encerrar, mantener a alguien en tratamiento cuando ya no lo necesita. En un salto al 2009, en los psiquiátricos públicos de Argentina hay unos 18.750 pacientes internados, de los cuales el 60 por ciento tiene alta médica pero no puede irse. Siguen allí por razones no médicas sino sociales: carecen de un lugar donde alojarse. Recluidos, su salud mental se deteriora aún más.

La internación de los enfermos psiquiátricos del país se prolonga eternidades. En Capital, la media de internación de los pacientes psiquiátricos suma nueve años. Demasiado tiempo para una pesadilla con semejante libreto.

*Zelda estuvo internada por depresión nerviosa en clínicas de Malmaison, Francia; Valmont, Suiza. Nyon, Suiza. En el Psiquiátrico Phipps, Baltimore; el Hospital Sheppard Pratt, Baltimore; la Craig House, Nueva York y Hospital Highland, Ashville.

*Fuente: Cartas de amor y de guerra (1919 1940) El espejo de tinta, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1994

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