CONTRATAPA

La rosa púrpura

 Por  Miriam Cairo

Alma que se ahueca

Un dolor atónito, consciente apenas de la partida de su amante, anda por el universo, extraviado, y yo lo busco para enterrar su esqueleto de mariposa, en el jardín de agapantos dormidos.

Desplegando el suspiro

A veces, cuando estoy en un suspiro y me acuerdo de que en aquel bar se reúnen a leer mis viejos amigos, quisiera ir hasta allá, porque soy muy aficionada a las grandes expediciones. Pero siempre es la una de la madrugada, y yo no estoy lejos, en otra ciudad, no tengo que atravesar insalvables distancias. Entonces, me quedo en casa y ocurre algo extraño y frecuente: empiezan a invadirme las palabras, esas que empujan hacia adentro del misterio, esas que necesitan mis manos para crear sus sueños.

Lo humanísimo

Llamemos a esto lo bellísimo. Puede resultar severo pero lo bellísimo sería aquello que no podemos explicar todavía. Como una bella mujer que cae en lo insensato y a solas pasea por su cuarto, y mientras se alisa el cabello distraídamente, pone un disco de Martirio.

Lo bellísimo sería una manera de percibir que no puede ser apreciado por los ojos trillados del mundo. Un beso desautomatizado que nos arranca del tedio. Una manera de llenar la tinaja gris del cuerpo. Un recurso para ser excluidos de las inhumanas felicidades del cielo.

La hija inalterable

Yo no creo en la vida de los que escriben ni en la muerte de los que no escriben. Digo que soy un escribir.

Un corazón como una nervadura

Antes de quedarme dormida, el cuerpo que habito se pone a mascullar ¿me ama? ¿no me ama? Examino los crímenes del sueño, repito las canciones que ese hombre me hace escuchar, busco reposo para el pensamiento, envío un mail a Dios pero lo recibe el demonio y acude.

Desde un rincón del alma, el demonio me observa dando sendos sorbos del ron. Llamo por su nombre a todos mis fantasmas. Me rodean con ampulosos gestos de ternura y admiración mientras el alma come el cuerpo bocado a bocado, como un dios que se nutre de su propia gloria.

Penumbra y ensueño

Para bajar al pozo donde duermo con la luna, bebo una botella de ron. Entre subidas y bajadas recuerdo a aquel que estuvo aquí vivo y ahora está muerto en su silencio. Mi luna es el principio de todas las cosas. Cuando pregunta: ¿quién es ese tercero que anda siempre a tu lado? Se refiere a mi amante del que siempre le hablo, vuelto a ser el hombre del que no hablo.

La luna suelta su largo pelo negro después del atardecer. Es el manto de la noche con el que cubre mi sueño. Los sueños de amor no dañan a nadie. Los tremendos sueños de amor no dañan a nadie. La amorosa luna ardiente no daña a nadie. En ella dibujo mi huella de corriente submarina.

El camino del héroe

Conocer la felicidad, glotonamente, segundo a segundo. Milímetro a milímetro. Asirla en el instante que viene desde la otra ciudad, con una mentira a cuestas. Pagarle el taxi, darle de beber, desnudarla al son de la garganta de Martirio, descorrer las cortinas como una amante dulce descorre el prepucio pertinaz. Inclinarse como una contorsionista extasiada que boca abajo bebe la felicidad que sale a borbotones.

Cuerpo bordeado por un sueño

Lo que yo guardo para mí, es la idea de que en cualquier momento pueda darme un dolor de cabeza, un hechizo glorioso, un desmayo de muerte, un deletreo final.

Desde el silencio al que siempre retorno, desde las sombras de las que nunca salí, sueño con que siempre haré una escritura como obra de mi deseo.

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