CONTRATAPA

¡SI QUIERO!

 Por Natalia Massei

Vacaciones de invierno. Matías pasea por peatonal Córdoba con Mario, su papá, y Laura, su mamá. Un señor se les acerca mientras compran chipacitos en un puesto al paso. Le ofrece un panfleto a Mario y le explica por qué defiende el matrimonio igualitario. ¡Qué linda bandera papá!, irrumpe Matías. Me gusta más que la que tenemos en la escuela: es más divertida. El señor del panfleto sonríe. Pero Mario sanciona de inmediato: ¡No digás pavadas, Matías! Lo arrastra del brazo y siguen caminando en silencio. Laura los alcanza corriendo con tres bolsitas de chipá en las manos. Unas cuadras más adelante, Mario tira el volante en un cesto.

¿Qué decía ahí, papá?

Nada hijo, nada.

-¿Son malos esos señores? ¿Por qué te enojaste tanto?

Mario no sabe qué contestar. Por fin llegan al cine y sacan tres entradas para ver Shrek, las aventuras de un ogro buenazo enamorado de la princesa Fiona. Mario no consigue concentrarse en la película, algo lo inquieta. Como Shrek, Mario no es lo que parece ser a los ojos del mundo. Y éste es un mundo jodido.

Hace apenas quince días, se debatía, en el Senado de la Nación, el proyecto de ley que hoy extiende a las parejas homosexuales el derecho de matrimonio, hasta ese momento privativo de las uniones heterosexuales. Quince días y una era transcurrieron desde ese miércoles catorce de julio.

Numerosas voces se habían proclamado en contra de esta iniciativa igualitaria: algunos, como la señora Mirtha Legrand, hablaron desde el prejuicio y la ignorancia. La conductora manifestó su preocupación sobre el supuesto riesgo de abuso sexual por parte de las parejas gays que adoptaran niños comentario repulsivo, más aún viniendo de una mujer que como madre debería haber sabido comprender y defender. ¡Y yo que pensaba que lo natural en una madre es amar a sus hijos!

Otros eligieron ocultar su homofobia tras el manto de la hipocresía: el senador Horacio Lores pidió que se tengan en cuenta los derechos de los que han adoptado el matrimonio heterosexual, remarcó que ellos también tienen derecho a que se respete su elección. Y agregó que, en ocasiones, los homosexuales han sido perseguidos, encarcelados y hasta torturados por su condición. Para el senador, en este sentido, ha habido un avance importantísimo, incluso más relevante que el marco legal o institucional que se discute ahora. O sea, si se me permite un lenguaje más coloquial, interpreto lo siguiente: que se conformen con que no los caguen a palos por putos y se dejen de joder.

¿Dónde ubicar a la senadora Chiche Duhalde quien planteó que "el día que la Argentina garantice todos los derechos humanos básicos, podemos plantear los derechos de los homosexuales"? Entonces, si entendí bien, primero garantizamos los derechos de los ciudadanos como Dios manda y después vemos qué hacemos con los de segunda. Como ironizó mi amigo, Nico Aimetti: ""Una vez que esté planteado el tema de los derechos de los homosexuales, seguiremos con los de los negros, los judíos, los peruanos, los bolitas y así, hasta que Argentina sea el país que nos merecemos". Sólo eso le faltó decir.

Los más ortodoxos optaron por la vía del fanatismo: el cardenal Bergoglio invocó al mismo Satanás quien, aparentemente, estaría en el origen de todo esto. "No seamos ingenuos: No se trata de un mero proyecto legislativo sino de una movida del Padre de la Mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios", aseguró el cardenal.

Hubo también quienes apelaron a la lógica, como la senadora Sonia Escudero quien explicó que, en términos legales, la madre es la que dio a luz, mientras que el padre se presume por el matrimonio: padre es quien está casado con la madre. Entonces, razona la legisladora, si la madre se casa con una mujer esa mujer es el padre: ¡es ridículo!, concluye.

Por último, llegaban rezagados los que, directamente, derraparon. Los más insignificantes en este debate, pero tan dañinos como los anteriores. Verónica Baro Graf, representante de la Red de la Familia, despachó: sigan alimentando esta hoguera que alguno va a morir en esto.

Lo que usted acaba de leer son dichos reales. Cualquier semejanza con la ficción es pura coincidencia. Y no. Todavía no se inventó la máquina del tiempo así que habrá que asumir que estas barbaridades forman parte de nuestro presente: la edad media sigue donde la dejamos aunque algunos hagan tantos esfuerzos por traerla de vuelta.

La gran mayoría de los detractores de este proyecto igualitario coincidían y coinciden en que el matrimonio entre personas del mismo sexo no es natural: ¿Acaso lo es el matrimonio mismo? ¿Lo es el trasplante de órganos? ¿Lo es la propiedad privada? ¿Lo es tu corte de pelo, tu teléfono celular, tu dentadura postiza?

Camila tiene tres años. Cuando vio la película Shrek preguntó si la princesa Fiona heroína ogra, verde y fortachona era mala. Como comprendía muy bien la trama, pudo deducir solita que la princesa no era mala, sino todo lo contrario. Reformuló su duda: ¿Mamá, es fea la princesa Fiona? Más allá de la evidencia, necesitó que se lo corroborara: cómo concebir que la princesa no fuera esbelta, nívea y radiante como le muestran todos los cuentos de hadas. Fiona es diferente y en nuestra sociedad hay poco lugar para la diferencia: lo diferente es lo malo. No obstante, la princesa Fiona es verde por naturaleza. Claro que la naturaleza no siempre es perfecta y a veces uno puede darle un empujoncito para mejorarla un poco. Quizás Fiona necesite un poco de Botox, una lipoaspiración, un blanqueamiento de piel a lo Michael Jackson para parecer más natural en el sentido que todos esperamos. Este es un mundo cruel.

¿Qué es natural en lo social? ¿No había quedado ya bien la clara la diferencia entre seres humanos y animales? La sociedad no es un hecho natural sino una convención, un orden arbitrario: un invento del hombre, ser pensante y complejo, capaz de recrear su entorno y de recrearse a sí mismo mucho más allá de su propia biología. El matrimonio es una institución histórica, social y cultural. No hay nada de natural en él. Si quieren volvemos a las cavernas, pero después no se quejen de no poder usar el microondas.

Muchos son los que se han manifestado en contra del matrimonio igualitario, es cierto. Muchas opiniones, pero hasta el momento ningún argumento. Seguiré esperando escuchar alguno, tratando de entender el por qué de tanto odio. Mario también seguirá esperando temeroso. Tal vez pensará en su padre y recordará el sopapo que le dio la vez que lo sorprendió con Roberto. Rememorará la vergüenza como un fuego inquisidor que arde desde adentro. La misma que sintió el día de su matrimonio, en lugar del alivio que esperaba. Esa que habría sentido, secretamente, si el veredicto del Honorable Senado de la Nación hubiera determinado que las uniones homosexuales no eran dignas de ingresar en los cánones de la moral y la normativa burguesas. ¿Y Matías? Matías, por ahora, mira la película sin sospechar las quimeras por las que sufre su padre.

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