CONTRATAPA

El sobreviviente

 Por Javier E. Núñez

El agua, turbia de sangre, le llegaba a los talones. Apartó las ramas que le golpeaban el yelmo y avanzó. Los últimos salvajes se habían retirado, perdiéndose de nuevo en la selva que lo rodeaba, espantados por el feroz estampido del arcabuz. Miró hacia atrás una vez más. Varios cuerpos se esparcían por el suelo barroso, las diferencias desvanecidas en el instante postrero. Por un segundo alcanzó a entrever la ecuanimidad de la muerte: conquistadores y conquistados yacían por igual, la vida segada por la ferocidad de la batalla.

Se alejó con paso inseguro, torpe. Estaba herido en un brazo, con un corte superficial; el cuerpo le dolía como si hubiese llegado a las Indias a nado. Tras unos metros se sentó en la base de un árbol. El calor ofensivo caldeaba el hierro que llevaba puesto. No pudo evitar una añoranza súbita de la brisa marina de los últimos meses, de aquel frío amanecer de Cádiz en que partieron, del invierno junto al Guadalquivir. Pero estaba lejos, muy lejos, en esa tierra que lo había atraído con su promesa de oro y plata para recibirlo con su inhóspita espesura.

Se quitó el yelmo y el peto y los arrojó al suelo. La camisa empapada se le pegaba al cuerpo. De pie sobre una raíz que sobresalía de la tierra, oteó el horizonte. Entre el follaje alcanzó a divisar, a lo lejos, la arboladura de la nave y retazos de las velas blancas. No parecía una gran distancia. Sin embargo, nada en el mundo lo obligaría a cruzar por ese trecho de selva donde los habían emboscado.

Miró en derredor, buscando una referencia para guiarse. Descartó la arboladura del barco: tres pasos bastarían para perderla de vista. Miró al cielo. Tal vez de noche, suponiendo que pudiera ver entre aquella bóveda de ramas, pudiera guiarse por las estrellas. Pero no podía esperar. Avanzó, asumiendo el riesgo de extraviarse para siempre. Confiaba en su instinto y en su sentido de la orientación. Bastaba con avanzar recto un trecho largo, en paralelo a la costa, para después torcer hacia la derecha y continuar hasta el mar. El olor a sal podía ayudarlo. Dejó abandonados el yelmo y el peto e inició el largo rodeo para llegar al barco en busca de refuerzos. La idea de vengar la afrenta indígena con el acero toledano y la furia de los arcabuces lo instó a seguir a pesar del cansancio.

Pronto llegó a una hilera de árboles que se erguían como guardianes. A pesar de las ramas y las enredaderas, pudo ver un aura dorada que se filtraba desde el otro lado de la fronda. Se abrió paso con la espada, intrigado y ansioso. Alcanzó un claro amplio con un estanque en el centro, en cuya orilla crecía un único árbol.

Lo miró maravillado. Era un árbol de tronco oscuro y rugoso, de hojas plateadas y frutos ovales, con cierta semejanza a las manzanas, de un dorado tan refulgente que parecían retoños de sol. Caminó hasta el árbol y acarició las hojas: eran pequeñas láminas de plata, duras y tersas, de un brillo que jamás había visto. Sus dedos avanzaron hasta el fruto y lo tomaron con delicadeza. Lo giró entre los dedos con cuidado. Era de oro, pero de una clase como no había visto jamás: cada línea era un destello incandescente, como si un centro ígneo lo dotara de un brillo propio. Arrancó el fruto de un tirón. Se sentó al pie del árbol y contempló la forma perfecta de aquel fruto: era imposible concebir una mano humana que hubiese intercedido en su creación.

Obedeciendo a un impulso acaso insensato, se lo llevó a la boca y lo mordió sin temor. El oro, que en sus manos era sólido y duro, se hizo pulposo entre sus dientes. Y se dejó seducir por el deleite que le llenó la boca y la lengua de una dulzura inédita, por ese gusto a infancia recuperada de cada mordisco. Un sabor a gloria, a piel amada, le llenaba el alma de un gozo jamás soñado. Fue como si todo lo demás dejara de importar; sólo él y el fruto en su boca. El mundo se desdibujó para dar paso a las sensaciones, los sonidos desfallecientes se perdieron en el placer sensual de cada mordisco, en esa amodorrada entrega a la delectación. Comió sin prisa, dilatando el goce. Se sumió en un letargo de ensueño que desvaneció los rastros del cansancio y la batalla, perdido en ese preludio del reposo que acompañaba cada mordisco. Comió hasta saciarse el hambre y el corazón.

Cuando se levantó, dispuesto a reemprender su marcha, notó que no le había costado encontrar el camino. Avanzó, abriéndose paso con la espada cuando el camino se volvía tupido. Caminó sin detenerse durante un rato: la brisa salobre anticipaba ese momento en que la selva se agotara para que la vastedad del mar se extendiera hasta el horizonte. Entonces lo acometió una inquietud repentina, casi una intuición. Algo no estaba del todo bien. No podía definir qué era, pero algo había cambiado alrededor. Era como si los sonidos de la selva hubiesen disminuido, como si aún estuvieran, pero más bajos, tenues. Y un murmullo, un sonido indefinido instalado ahí detrás. Avanzó entre la última hilera de los árboles. El sonido crecía, se sostenía por encima del rumor del mar.

Salió de la espesura de la selva. Donde pensaba encontrar la carabela anclada, el velamen recortando el cielo terso y azulado, vio la playa repleta de gente: hombres, mujeres y niños desnudos, apenas cubiertos en sus partes íntimas. La playa minada de sombrillas de colores, un enorme barco de hierro y metal sin velas ni mástiles, gente que nadaba en el mar.

Y el murmullo constante de la playa continuó a pesar de aquel sobreviviente aturdido, embestido por la historia.

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