CONTRATAPA

LOS FULANOS NO LLORAN

 Por Miriam Cairo

Nina es una mujer caliente. Tan caliente que todo aire que ella no haya respirado ha muerto. A Nina la reconocemos por muchas cosas. Porque aprieta su cuerpo entre dos líneas anchas hasta formar una letra. También, porque cuando baila el vals de los desesperados, con sus pies barre todo lo que toca. Las campanas suenan sin razón y nosotros también.

Horizontal ver. Alguien va al encuentro de Nina. Alguien no es un pájaro. Es un fulano que apenas puede abrir las alas de su cuerpo. Por Nina, un fulano se vuelve capaz de traspasar la cresta de la noche. Un fulano, que sale a penas del cascarón y huele a tabaco negro, llega hasta Nina con la mente en blanco. Toca la puerta con movimientos regulares. Debajo de la remera del fulano hay un pequeño aire de molusco inmovilizado. Nina abre la puerta. A Nina la admiramos por muchas cosas. En especial porque cuando abre la puerta la ansiedad viene a sostenernos con una sola mano.

El fulano, que no es tostador de café, es menos moreno y sutil de lo que Nina o cualquier otra mujer pudiera merecer. Pero el fulano, arrastra sus pies hasta Nina, como un orador hacia el templo. Los fulanos no lloran, aunque los fulanos deberían llorar para convertirse en hombres.

Cuando Nina abre la puerta, el fulano mueve los labios pero a Nina sólo le llega el silencio de unas ramas movidas por el viento. No hace falta que un fulano llene la casa de Nina con sus palabras hipertróficas, sus muletillas hipnotizadas. En la casa de Nina el silencio vale por mil palabras. El fulano mueve los labios otra vez y lo que dice cae como algo inútil desde un canasto roto.

De este fulano nos faltan datos, detalles que no entraron por la puerta. Estamos en todo nuestro derecho de pensar que Nina lo ha inventado, pero aun así Nina lo deja entrar y si Nina lo recibe como si existiera, entonces, el fulano existe. El fulano mueve los labios nuevamente, dice algo envuelto en el papel estrujado de un embalaje deshecho. Nina no lo escucha, atornillada como una flor en el ojal de la noche.

El fulano, con sus incautas manos hace un gesto de último hombre y se sienta sobre la cama. Nina, que tiene devoción por todas las cosas inanimadas, lo recuesta. Nina se arrodilla al lado del cadáver. Con la mano izquierda se toca los ojos. Conocemos esa señal. Por esa señal y porque abre la puerta, la adoramos. Aves rapaces vuelan alrededor de la cabeza del fulano que existe porque Nina lo permite. Nina espanta esos pájaros de mal agüero con la mano izquierda. El fulano no sabe cómo seguir. Quiere mover los labios otra vez y Nina le tapa la boca. Los fulanos no lloran, pero deberían hacerlo.

Hierba de color oscuro. Sensación de chupar una ciénaga. Desde la calle llega un ruido de sirenas borrachas que anuncian crímenes y muertos. Los dedos de Nina comienzan a moverse. Cuando Nina mueve los dedos una nueva historia empieza a escribirse. El cabello de Nina cae en cámara lenta. El fulano no recuerda el eslabón que lo une a la cadena. En ese preciso instante se abren las puertas de los abismos y se lo tragan como a un ser vivo. Nina afina el instrumento. La torpeza recalentada del fulano se transforma en un temblor de lirio. El fulano podría llorar, si supiera hacerlo.

Nina acerca su cuerpo y el fulano, aunque no es todo lo moreno y todo lo sutil que Nina o cualquier otra mujer merecería, puede sentir un calor de luna a través del aire. Nina toma con las dos manos el instrumento. Lo agita de arriba abajo. Música innatural. Ritmo de mucosas. Telitas de cebolla que se cubren y se descubre. De la habitación surge un olor a sexo de ángeles quemados. Nina se detiene. El fulano es una nimiedad atómica. Si el fulano pudiera verse a través de los ojos de Nina encontraría el diamante de su alma oculto en el corazón del mundo. Nina vuelve a empezar. "Ahora boca abajo", dice con su voz de camelia fulminante. A Nina la reconocemos por su voz y porque nadie baila como ella el vals de los desesperados.

Nina sacude el instrumento con la ternura de un lobo o con la furia de un cordero. El fulano quiere mover los labios y Nina con la mano libre dulcemente le cubre la boca. ¿Qué podría decir? Nina lo salva de despellejar palabras. No hace falta más que un pequeño gemido. Un mínimo gesto de polizón en el navío de la suerte.

Nina pegada contra la línea recta del fulano baila el vals de los desesperados. El rap de los desesperados. El reggaeton de los desesperados. Nina mitad fisura, mitad saliva, mitad estrofa se deja caer sobre el cuerpo del fulano.

"Ya está", dice Nina, otra vez con voz de pájaro. Y el fulano mueve los labios inútilmente porque Nina no lo escucha y nosotros tampoco deseamos escucharlo. ¿Qué podría decir?

El fulano sale corriendo a buscar un taxi para llegar a horario. Mientras corre, se parece a un hombre. Nina cree que tiene grandes posibilidades de serlo. Pero el fulano sube al taxi con ese gesto de último hombre y una vez más la nada rubrica al mundo.

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