rosario

Viernes, 15 de julio de 2011

CONTRATAPA

La vergüenza de quererte

 Por Guillermo Paniaga

Mi mundo también es la vieja e inmediata vergüenza de quererte. Desperté con esta frase en la cabeza. Desperté por esta frase. En sueños, se la decía a alguien y a la vez que la pronunciaba me daba cuenta de que estaba soñando y que era necesario salir de ahí para no olvidarla. Abrí los ojos y sé que sonreía por saberla un pequeño tesoro. Claro, no era una sonrisa facial; era una sonrisa que caminaba a la par de la frase en ese otro lugar inasible que no es aquí ni es allá. Quise memorizarla para arrastrarla hasta este lado, porque sentía una enorme pereza y no terminaba de aceptar el hecho de que tendría que salir de la cama para anotarla. La repetí diez veces para no perderla, como me había pasado tantas veces antes. Pero apenas empezó invadirme la inconsciencia otra vez, advertí que las palabras se hacían humo como antes el sueño que me las había traído. Salí de la cama y escribí la frase en el recibo de las expensas.

Mi mundo también es la vieja e inmediata vergüenza de quererte. Mientras mordía la segunda tostada, ya empezando a despertar, la pronuncié en voz alta por primera vez. Traté de recordar a quién se la había dicho y bajo qué circunstancias, pero sabía de antemano que sería un esfuerzo inútil. Jamás recuerdo los sueños. ¿Por qué vieja? ¿Por qué inmediata? Y, sobre todo, ¿por qué la vergüenza? Además, "mi mundo también es", por sí solas, me daban la idea de un reproche; sin embargo ese reproche no era un ataque, sino más bien una defensa; una respuesta a una acusación injusta o tal vez a un reclamo que consideré abusivo.

Quién podría avergonzarme así. ¿Quién y durante cuánto tiempo? La vergüenza fue inmediata y era de larga data. El amor, si es que se trataba de amor el sentimiento (pero, qué otra cosa podría ser si no), era presente. Quererte, le dije; no "haberte querido". Quererte. La vieja e inmediata vergüenza de quererte. Pronuncié esta parte de la frase en voz alta y, en el espacio que media entre el pecho, los brazos y el mentón sentí el vacío de un abrazo imposible y necesario. En el transcurso de la mañana me fui formando la idea de que se trataba de una mujer. El abrazo hueco era la prueba; mi mentón acusaba la ausencia de una cabeza en la cual apoyarse primero, antes que las mejillas y los labios. Era una mujer y era, además, un amor. Abrazarla y sentirla ahí donde ahora el hueco, el mentón apoyado y los ojos cerrados. El corazón rebotando en la venas. La inclinación leve de la cabeza, el paso del mentón a la mejilla izquierda. Las manos que despejan el abrazo para subir, suaves, hasta la cara de la mujer. Apartarla apenas, lo necesario para mirarla y no decirle --pero sentirlo para mí mismo-﷓ que la amo. Y entonces sí besarla. Besarla con agradecimiento, porque esa mujer es la vida y es dios; es el qué, el por qué y el para qué de toda absurda existencia. Y lo será durante la eternidad de días, meses o años que resista el sentimiento. Pero nadie puede enterarse de ese amor; la vergüenza está aquí también, en la recreación de la vigilia, y no alcanzo a comprender por qué.

Arriesgo que es el mismo amor lo que me avergüenza, a mí, que lo acuso siempre de tramposo incluso cuando estamos en los mejores términos. ¿Aceptar el amor me avergüenza, entonces (como también me avergüenza escribir la palabra amor y escribir historias de amor; abiertamente de amor)? Tal vez. Sin embargo el argumento no me convence para la historia. Lo tiro. Si no es el amor lo que me avergüenza, ¿es la persona que me lo inspira? No, imposible. Puede ser (y esto lo acepto inmediatamente, me tienta creer que por resabios del sueño mismo) que me avergüencen las circunstancias bajo las cuales surgió y se mantiene ese amor. Aunque... No, tampoco.

Nada de esto es seguro. Ni siquiera es seguro que la frase se la haya dicho a un ser humano. Lo único seguro son las palabras. Y también el abrazo vacío; pero esta sensación que tomo como prueba, debo reconocerlo y tenerlo siempre en cuenta, pertenece al lado de acá. Es el reflejo de un reflejo de mi sueño en la vigilia.

Mi mundo también es la vieja e inmediata vergüenza de quererte.

Tenía que empezar mi día de una vez y no podría hacer nada de lo que tenía pendiente si mi atención recaía únicamente en unas palabras soñadas. Transcribí la frase, que había anotado en el recibo de las expensas, en un cuaderno que reservaba intacto para cuando llegara una ocasión como ésta: la de sentir el impulso y las ganas --y no la falsa obligación-﷓ de escribir. Mi mundo también es la vieja e inmediata vergüenza de quererte. Con estas palabras arrancaría la nueva historia, ya estaba decidido. El título también: La vieja e inmediata vergüenza de quererte; o tal vez, simplificando, La vergüenza de quererte. La trama debía buscarla en las preguntas que me asaltaron durante el desayuno (por qué vieja e inmediata, por qué la vergüenza); ahí estaba oculta. Intenté durante largo rato encontrar algún indicio, pero sólo pude repetir la bendita frase una y otra vez. Empezaba a fastidiarme conmigo mismo. Cerré el cuaderno con la creencia de que, al caer la tapa sobre las hojas, mi mente quedaría libre de palabras y liviana de pensamientos. Y salí de mi casa con la esperanza de que al cerrar la puerta me olvidaría por un rato del proyecto que incubaba mi cuaderno... Qué iluso. Pero qué iluso que llego a ser.

Un amor que me avergüenza, repito mientras camino y piso distraído los soretes de los perros. Un amor que me avergüenza, ¿cómo puedo, entonces, llamarlo amor? No, de ninguna manera. Los amores se gritan o se callan por renuncia o por temor. Se consumen, se pudren o se secan. Pero no se los manifiesta vergonzantes. Trágicos, dementes, insustanciales, falsos, caprichosos, pero nunca vergonzantes... Mierda, me duele la cabeza y el asunto es demasiado complicado. Creo que esta mañana hubiese sido mejor confiar otra vez en mi pésima memoria y seguir durmiendo. Olvidarme de la frase. Olvidarme del amor. Olvidar toda vergüenza. Seguir la vida tranquila hasta un día morirme. Pero antes pensar en escribir unas líneas cuyo título sería La desvergüenza de quererte; más fácil. O mejor: La pereza de quererte; y luego de haber escrito el título, ni una palabra más. No pensar, no sentir, no desear. Y que me despierten a las siete para ir a trabajar. Requiescat in pace... Pero esto tampoco es cierto.

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