CONTRATAPA

Por favor yo

 Por Nicolás Manzi

1.

La gente pone fotos de perfil de su infancia. Les agarró como una manía de mostrar sus dotes de belleza en la tierna edad. Yo mismo tengo una en mi cuenta de Facebook, pero todavía no la pongo de foto de perfil. Aunque ya la he puesto en el pasado. Es una foto donde estoy vestido con el uniforme del equipo de fútbol del Club Centenario. Se presta a confusión aunque claramente es una señal de lo predestinado: la camiseta de Centenario es la misma que la de Rosario Central. Feliz coincidencia, ese chico, de pie en el patio de su casa, con una pelota blanca y celeste detenida en la planta de su pie derecho. Los colores de la foto se han desteñido, como todas las fotos que tienen más de dos décadas, o siempre fueron así el cielo, la luz del sol. Tiene puestos unos botines, seguramente dentro de esos botines tendría unas plantillas para el pie plano, pero a él no le interesaba la plantilla, ni el centenario, ni la pelota, ni la foto. El pibe está mirando la cámara, y está pensando en otra cosa, en otra cosa que voy a decir dentro de un par de párrafos, porque ahora quiero detenerlo. Quiero que te quedes quieto ahí.

Ni por puta se me hubiera ocurrido que era feliz o infeliz, o que recién salíamos de una dictadura, o que había habido una guerra de verdad. Ese pibe, el de la foto, jugaba en el patio baldío (seguro que no era un baldío, pero esa luz, la de la foto, la reconozco, es la luz del invierno, y el pasto en ese lugar del mundo, en esa época del año, se toma el exilio, se pega el palo, y los terrenos, sea cual fuera, quedan al desnudo, las canchas de fútbol son de polvo, tierra y nada más, sea cual fuera). El patio de esa casa era de baldosas. Tenía una pared, que alternativamente podía llamarse Burruchaga, Giusti, Abramovich, o el rubio que jugaba en Boca y en Independiente, que ahora no me acuerdo el apellido.

¿Qué les pasa a las fotos de la infancia? No éramos, tanto como no somos. La vida automática, impensada, no revestía deseo. O bien, a ver cómo se dice esto, el deseo era otra cosa, más sencilla. Era un objeto mucho más conciso, real, claro. Ese chico, horas después, en la ducha, sacándose la mugre de un día de fútbol, sin pensar siquiera en la mugre, ni en el fútbol, ¿qué pensaría? ¿Cómo ya saberlo? Se ha perdido. Sin embargo algo persiste, en la foto. Queda la foto, la congeladora de la belleza, de la ternura, de una manera de sentir, con la pelota en la planta del pie. Los goles hechos, los goles salvados. Las asistencias, el juego, todo, se ha perdido.

Pero no importa cuando el mundo es vasto y el tiempo sigue su curso, no importa desde la perspectiva de la humanidad, para la que somos apenas una migaja del pan arrojado a la basura de la insignificancia.

Pero ese pibe en la foto, lo escribo para mí, soy yo.

Era defensor.

Esa mirada clavada en el arco. El pibe piensa en un gol. El pibe piensa en los abrazos, y en cómo salta Maradona cuando mete el gol, con el puño para arriba, y diciendo gol, con el músculo de la cara y con bíceps y tríceps significando goal, goal. Ese pibe, al que le quitaron el sueño de ser arquero y salvar el penal arrojándose como ave eterna, hacia la izquierda, ese pibe que ahora pisa, en mis sueños, otro campo de juego, que entra haciéndose la señal de la cruz sin que le importe demasiado, que lleva una ramita de ruda en la media de la pierna derecha, ese pibe que en el vestuario del equipo, el jueves a la tarde, lo nombraron entre los titulares y no entendía de qué le hablaban, ese pibe que se saca la foto, vestido de Rosario Central con la camiseta de Centenario de Venado Tuerto, ese pibe que era quizás yo, tiene, cuando mira a la cámara, entre ceja y ceja, un gol.

Y me lo ponían de defensor.

Igualmente el viejo le decía que Passarela, que era defensor, también metía goles.

2.

Please please me de los Beatles en Argentina se llamaba Por favor, por favor yo. Era un problema en mi vida de infante, yo no era un gran hablador, pero jamás se me hubiera ocurrido utilizar una expresión semejante. "Mamá, por favor, yo", no, era inviable. O los tipos hablaban mal aún siendo unos genios musicales, o yo no lograba captar qué pasaba.

No me desvelaba este hecho, a mí me importaba solamente el fútbol.

Yo había inventado una creencia. Al principio fue la curiosidad por los relojes; mi papá miraba el partido y yo controlaba que el segundero del reloj que acababa de aprender a leer controlara los minutos a la perfección, para que no se jueguen ni más ni menos que 45 minutos. "Pasó un minuto", le decía a mi padre, y él controlaba que fuera correcto. A los 10 minutos de control ya estaba extenuado, y el partido seguía cero a cero.

Después aprendí a ver el fútbol concentrándome en lo que pasaba en el televisor. Qué bien que se veía. El asunto, era que los nuestros eran los buenos y los otros los malos. Ahí fue que tuve que inventar a dios.

Una vez, ya de más grande, pateé un penal.

Lo metí.

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