CONTRATAPA

Roma

 Por Miguel Roig

Llegué a Fiumicino ya entrada la tarde. Roberto leía un periódico italiano que le habían dado en el avión y sostenía un lápiz entre los dedos que sustituía al cigarrillo. El frío que hacía fuera del aeropuerto disuadía el ansia de fumar. Al verle, antes que él se diera cuenta de mi presencia, pensé que a los ojos de la gente pareceríamos parte de la tripulación que acompañaba a Shackleton, ya que nuestra indumentaria era casi polar y esto se debía al frío que pasamos en Dublín la navidad anterior y bajo ningún motivo queríamos arriesgarnos a volver a pasar en Roma, a pesar de que se trata, supuestamente, de una ciudad con un clima más benévolo. La masa baja de nubes y la prematura oscuridad no albergaban ninguna esperanza de que esto fuera a ser así. ¿Nevará?, fue lo primero que pensé ni bien el avión tocó la pista.

Todos los años, al menos una vez, nos reuníamos Roberto, José y yo. Roberto vivía en Barcelona y José en Vicenza. La elección de Roma fue propuesta por Roberto para facilitarle el traslado a José, que estaba a unas pocas horas de tren, pero sabíamos que sería casi imposible que se reuniera con nosotros ya que tenía problemas con el trabajo; tampoco vino a Dublín al año anterior. Suponía que Roberto, ante esta perspectiva, había insistido con Roma porque en el fondo quería ver el Inocencio X de Velázquez que está en la galería Doria﷓Pamphili. Hace algunos años que ha ido regresando, poco a poco, a la pintura; una habitación de su piso se ha convertido en estudio y cada vez que lo visito encuentro algún cuadro nuevo apoyado en el suelo ya que las paredes están completamente cubiertas de pinturas. Yo abrigaba el anhelo de ver nevar, de ver caer la nieve dentro del Panteón, pero alentar este deseo era tan peregrino como hacerlo en Madrid, donde en veinte años solo vi la nieve un par de inviernos.

Salimos a la intemperie y tomamos un autobús que nos dejó en la Piazza della Repubblica a pocas calles de nuestra pensión. Era un cuarto amplio en una tercera planta y con un enorme ventanal que daba a una calle tranquila. Roberto abrió el ventanal para fumar y el invierno ocupó todo el sitio.

Cuando salimos a cenar ya era noche cerrada y apenas eran las seis. Bajamos por la Via Nazionale y mucho antes de llegar a la Piazza Venecia nos internamos por pequeñas callejuelas dejándonos ir sin dirección. Entramos en una vieja osteria de cuatro mesas y un ambiente cargado con el aire de la cocina que estaba pegada al salón. Pensaba en una escena de Nos habíamos amado tanto, cuando comparten una comida Gassman, Manfredi y Stefano Satta Flores mientras Roberto me explicaba sin dejar de llevarse los spaguetti a la boca lo que ocurriría al día siguiente en la galería Doria﷓Pamphili. El milagro, según él, consistía en que una vez en la pequeña sala donde se exhibe el Inocencio X, hay que darle la espalda al cuadro y buscar su reflejo en un decrépito espejo rococó. Entonces, dice Roberto mientras mastica y la mirada alcanza el arrebato de un místico, vemos la imagen deformada, estirada del papa Inocencio, como si saliera propulsado hacia arriba: es un Bacon, dice, la versión que hizo del cuadro Francis Bacon, quien juró no haber estado allí nunca, pero sí está en el espejo su obra enfrentada a la de Velázquez. ¿Sabías que Bacon murió en Madrid?, dispara antes de apurar el vaso de vino. No, le digo. Pues, sí, venía a Madrid a visitar un antiguo amante, un banquero, ya mayores los dos, pero lo que de verdad le hacía viajar hasta allí era Velázquez; se pasaba los días de estancia en la ciudad paseando por el Prado. Lo seguí, bebiendo en silencio, admirado por su capacidad de construir sentido alrededor de la pintura, de llenar el agujero existencial a través de la sublimación artística.

Tomamos un taxi porque el frío no permitía dar un solo paso. Ya en la habitación me tiré en la cama para leer pero el cansancio y el sopor de la cena no me dejaban concentrar; apagué la luz de la mesita. Roberto fumaba apoyado en el marco del ventanal y junto con el frío entraba el resplandor del alumbrado municipal. Ningún ruido llegaba ni de coches ni de pasos siquiera de alguien con prisa para vencer la helada. "Me llamo Pichón Garay", dijo Roberto. Me puse a reír pero Roberto siguió recitando de memoria la narración de Saer sin dar lugar a broma. "Algo hay en esa telaraña de recuerdos que recordaba el organismo vivo, el cachorro moribundo que se sacude un poco, todavía caliente, cuando uno lo toca despacio, para ver qué pasa, con la punta de un palo o con el dedo. Después la cosa dejó de fluir y el animal quedó rígido, muerto, hecho exclusivamente de aristas y cartílagos. Me llamo, digo, Pichón Garay. Es un decir". Siguió fumando, de espaldas a mi, mirando a la noche a la que parecía hablarle. Iba a decir: "Calle de las Escuelas, número 13", para hacerlo enojar y sacarlo del pozo pero no puede, me lo guardé.

Cuando salimos a la calle, a la mañana siguiente, el cielo seguía cargado de nubes bajas y oscuras. Fuimos caminando hasta la Piazza Venecia pero el frío nos hizo detener en un bar para tomar café. En una de las esquinas de la plaza se erige el palazzo de los Doria﷓Pamphili, un imponente edificio del diecisiete que ocupa toda la manzana. A la manera de un claustro, todo el conjunto respira en un patio central cuadrado. Atravesamos un salón de baile con instrumentos musicales, paredes con cuadros hasta el techo que por su altura era imposible de observar y, finalmente, un pasillo con decoración barroca y lleno de pequeñas esculturas nos condujo hacia la pequeña sala donde, delante del cuadro de Velázquez, iba a producirse el milagro. Ante la puerta del cubículo vimos la pintura a unos metros y delante de él, observándolo inmóvil, una mujer nos daba la espalda. Roberto dio un paso y yo me quedé rezagado porque el pequeño espacio no permitía una primera línea de tres personas. Entendí, ante la malévola mirada del papa, aquello que al parecer le dijo a Velázquez al ver su retrato: troppo vero. Vi, entonces, que la mujer desplazaba la mirada del cuadro al rostro de Roberto. Tenía un perfil agradable recortado por una melena pelirroja que le caía lacia hasta los hombros y sus ojos se quedaron detenidos en el perfil de Roberto que ella veía con la misma atención que le habría otorgado al cuadro, aunque esto lo supuse porque eso no lo había visto. Finalmente Roberto giró hacia esa mirada que lo reclamaba, y su boca, apenas abierta de cara al Inocencio X, se abrió un poco más al fijarse en esa cara de mujer y no se cerró cuando al fin dijo: ¿Adriana? En algún momento comenzaron a murmurar más que a conversar, haciendo casi inaudible el diálogo, y yo retrocedí unos pasos para salir a la galería ya que era tal la intimidad que se había generado entre ambos que me excluyó, haciéndome sentir incómodo. Al girar para cruzar la puerta mis ojos se toparon con el viejo espejo que alargaba la figura del papa y, era cierto el milagro, recordaba a Bacon. También se reflejaban, estirados, como queriendo salir de ese encierro, Roberto y la mujer.

Atravesé toda la galería hasta llegar a la sala que, en el otro extremo, prometía un par de cuadros de Caravaggio. ¿Quién era esta mujer? Miraba el rostro de la Magdalena de Caravaggio, una campesina de cara limpia e intentaba ver a ¿Adriana? La interrogación afirmativa que dejo en suspenso Roberto me la hacía a mí mismo porque ese rostro no me era ajeno. Recordé entonces a una Adriana que se había ido a vivir a Quilmes o Bernal y a la que, muy de tanto en tanto, Eugenio, otro amigo nuestro, iba en su busca por el conurbano bonaerense. ¿También era pelirroja aquella Adriana? ¿Y si era la misma? Entre conjeturas tontas y triviales, quizás las únicas que nos hacemos cuando la realidad nos desbarata el guión con un imprevisto pasó un buen rato y al fin decidí volver a la sala del Inocencio X pero al llegar, para mi sorpresa, vi que ya no estaban allí ni Roberto ni la mujer. Deambulé por la galería, sin prisa, salón por salón, y no di con ellos. Miré el móvil y no tenía ningún aviso. Se habrán ido a tomar un café, pensé, recuperé mi abrigo y salí a la calle. Caminé un rato por la Vía del Corso, demasiado transitada por vehículos y con las aceras atestadas de gente que apuraba las últimas compras navideñas. Decidí girar en una esquina para abandonar el caos y, a los pocos metros, me encontré en una pequeña calle estrecha, donde parecía que, abrigado por el silencio, había cambiado no solo de ciudad sino de tiempo. Era extraño caminar solo, sin la compañía de los romanos ni la voz de Roberto explicando un detalle arquitectónico o señalando una cornisa adornada con algún demonio medieval. Me llamó la atención, de repente, un pequeño espacio verde. Era un jardín con un camino central marcado por columnas, entre las cuales se improvisaba una galería hecha con buganvillas y que parecía muy largo, pero una segunda mirada me advirtió que en realidad lo que veía al fondo no era la continuación infinita del jardín sino la ilusión óptica que producía un trampantojo perfecto. Un mural pintado sobre la pared que delimitaba el jardín, simulaba de manera feliz la continuidad de este. Recordé entonces la cita de Saer que había pronunciado de memoria Roberto y me pregunté si acaso la maraña de recuerdos moribundos no se erigen en el muro de nuestra existencia para crearnos la ilusión amarga de que el dolor es infinito. ¿Adriana?

Seguí caminando, pasé por una plaza donde me topé con un elefante de mármol con un obelisco sobre su espalda y, al fondo, por una de las puertas de la plaza se veía la parte de atrás del Panteón. Me acerqué lentamente a pesar del viento helado que me cortaba la cara. Entré y una vez más me sentí arrebatado por esa cúpula enorme con un orificio a través del cual se puede ver el cielo. A pesar de las capillas y cruces que le fueron adhiriendo y que nada tienen que ver con su origen y con Adriano, su creador, conserva la singularidad original porque es un sitio para regresar a uno mismo bajo ese cielo que no nos llama sino que, al contrario, nos sitúa en la tierra. El aire frío hacía incómoda la estancia pero no conseguía desbaratar el placer de la contemplación, sin embargo, de repente, se sumó a la ceremonia ya que, inesperadamente, comenzó a nevar. Los copos de nieve entraban por el orificio de la cúpula y giraban arrastrados por el viento dándonos la sensación de estar en esas esferas navideñas que cuando se las sacude nieva. Otro milagro, pensé. Casi como en un cuento de navidad.

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